"Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?": una película que nos hace preguntas

“Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?”: una película que nos hace preguntas

Alícia GuidonetPhilippe de Chauveron es el director y coguionista, con Guy Laurent, de esta película. El filme se convirtió, al poco tiempo de su estreno (2014), en un éxito de taquilla en toda Europa. El interrogante de partida irá desvelando la incongruencia que supone vivir la diferencia como algo esencial, la superficialidad a la que nos lleva actuar incoherentemente con nuestros valores, y las dificultades para aprehender espacios de realidad, para alcanzar campos de visión cada vez más amplios.

Chauveron inspira su creación en la experiencia. La experiencia de vivir en un país en el que uno de cada cuatro matrimonios es mixto. Su historia también surge de la vivencia personal: el director explica que en un momento de su vida la coincidencia hace que tanto él como su hermano tengan parejas de orígenes diversos. Así pues, el contexto en el que Chauveron se caracteriza por la diferencia. Un espacio, por otra parte, que suscita en el artista interrogantes tan vitales como el que titula esta película. Esta diversidad con la que convive y que, en ocasiones, traspasa la frontera del encuentro formal, es decir, del encuentro que se caracteriza por la tolerancia, por la educación, por la politesse… Aquellas relaciones en las que nunca pasa nada porque las interacciones se mueven bajo unos marcos bien definidos. Todo bajo control.

El argumento de la película se centra en la familia Verneuil. Católicos, de clase social alta, viviendo en province… Pero… ¡ay !, tres de las cuatro hijas han ido contrayendo matrimonio con hombres que no comparten datos sociológicos con sus suegros. Uno de ellos es de religión musulmana, el otro es judío, y el tercero, de origen chino. ¿Qué pasará con la cuarta hija?

No deja de ser interesante ver que la narración gira en torno a dos hechos sociales y culturales de mucha importancia en cualquier contexto: el matrimonio y la alimentación. El matrimonio constituye el nudo central de la historia que Chauveron quiere contar. La importancia de este hecho radica en la naturaleza de la alianza y la pregunta de fondo que suscita: ¿con quién me mezclo? ¿Con quién comparto mi vida, con quién tengo hijos, quién forma parte de mi familia, cuáles son los lazos de sangre que establezco? Por otra parte, es destacable que los encuentros familiares se produzcan alrededor de una mesa en la que se comparten alimentos no sin conflictos evidentes. Y es que las prácticas alimenticias no son banales para ningún grupo humano. ¿Qué es comestible y qué no lo es, con quién comparto mesa, cuándo como y donde lo hago? “Somos lo que comemos”, dice el dicho. De tal manera nos identificamos con los alimentos que ingerimos. Otro hecho, por tanto, que nos identifica fuertemente como grupo. Y es que alimentarse y emparejarse son dos prácticas humanas profundamente íntimas. Por ello, en cualquier sociedad las encontraremos fuertemente reguladas, claramente normativizadas.

A pesar de que nuestra sociedad europea se caracteriza por una aparente anomia, hay fronteras que difícilmente se traspasan. Y si lo hacen, provocan que los miedos más atávicos se disparen. Como por ejemplo, el miedo al otro. Sobre todo cuando ese otro se presenta como alguien cargado de diferencias. Y en el caso que nos ocupa, como acabamos de ver, la propuesta de acercarse al otro implica un grado de proximidad tan elevado (formar familia) que, obviamente, los miedos generados son también muy acusados.

Lo que expone Chauveron es un encuentro familiar entre personas que se diferencian, en principio, en función de su adscripción religiosa o su origen. Cristianos, musulmanes, judíos y chinos se sientan a la mesa. Y si digo “en principio”, es porque enseguida se hace patente que el juego de encuentros y desencuentros puede surgir a partir de cualquier hecho diferenciador: la religión, la edad, el origen, la profesión, el género, la ideología… De alguna manera, el director nos presenta un hecho altamente provocador (emparejamiento entre desiguales), para llegar a explicarnos que, de hecho, cualquier diferencia, tratada desde la superficialidad, puede generar una rotura del entendimiento. Esto ocurre, por ejemplo, cuando la película nos muestra como el ritual de entrada a la comunidad judía de uno de los nietos de los Vernueil se convierte en un hecho tan anecdótico como hilarante. El desconocimiento, por parte del matrimonio cristiano, de la profundidad de la vivencia del Brit Milá (pacto de circuncisión), los hace incapaces de leer esta práctica más que como una colección de incongruencias. Una cuestión planea sobre las secuencias que desarrollan este tema: ¿qué ocurre cuando ignoramos la cultura del otro? ¿Qué puede pasar cuando convivimos con otras religiones desconociendo cuál es la espiritualidad y la teología de fondo que las anima? Y más allá, ¿qué ocurre cuando lo que nos domina es el autocentramiento, la incapacidad para salir de nuestros espacios confortables y seguros donde todo está bajo control, donde el esfuerzo más acusado que tenemos que hacer es mostrar una corrección de modales bien aprendida y poco comprometida? Esta crítica se evidencia cuando, como apuntaba anteriormente, el juego de incomprensiones se mueve en todas direcciones y abarca cualquier diferencia.

Cabe decir que la historia narrada muestra sentido común en sus planteamientos, una buena dosis de realismo, al presentarnos la narración como una serie de momentos en los que alternan el encuentro y la tensión. A veces intentamos acercarnos al otro… pero gana el conflicto, nuestra profunda incapacidad para ir más allá, para atravesar capas, para lograr espacios esenciales. El realismo abrumador también queda reflejado en la crítica feroz que Chauveron refiere a un discurso excesivamente optimista, en este caso, protagonizado por el proceso que hace la madre de la familia. El “todo va estupendamente bien” puede ser una fuga de la necesidad de entrar en y de vivir el conflicto.

Uno de los aspectos centrales del film es el cómo se cuenta la historia. Phillipe de Chauvernon y Guy Laurent eligen el sentido del humor para vehicular los contenidos de su narración. En general, el uso de este género comunicativo provoca diferentes respuestas. En este caso, el chiste es motivo para poner en evidencia nuestros estereotipos, nuestras alergias, lo que pone trampas, qué desfigura, qué ciega. Los guionistas construyen las diferentes situaciones de una manera tan grotesca que los personajes acaban sintiéndose ridículos, y esto les permite reír. Lo mismo ocurre con el espectador. Se trata de reírse del otro, de reírnos nosotros mismos. Un dato significativo es que, tal y como los mismos actores y actrices explican, la risa se prolongaba después del rodaje e, incluso, a veces las escenas tenían que detenerse ante la imposibilidad de continuar rodando como consecuencia del ataque de risa del que había sido víctima alguno de los personajes. Y es que cuando tomamos distancia de algunas de nuestras actitudes es  cuando caemos en la cuenta de que es el absurdo quien las guía. El absurdo se hace protagonista, y, ante el absurdo, no queda otra opción que reír. Un dato significativo es que el sentido del humor se comparte. Crea comunidad. Ante esto nos podríamos hacer la siguiente cuestión: ¿existe alguna comunidad que comparta todos los gags que construyen el hilo de la narración? Pues no lo parece: nos encontramos ante un pequeño microcosmos que nos hace participar, en ocasiones, de los gags, pero que otras veces nos coloca en el grupo de los que los reciben. Un aspecto relevante del film, que nos anima a buscar cruces de significados compartidos.

La película no desvirtúa la diferencia. Más bien la resalta. La subraya de manera que consigue crear este pequeño cosmos en crisis que acabo de mencionar. La casa familiar de los Verneuil se convierte en un espacio en crisis. Una imagen de la gran diversidad que podemos encontrarnos hoy en día en Europa. ¿Cómo gestionarla? ¿Cómo gestionar este microcosmos donde el hecho ya no es convivir en la misma ciudad o compartir barrio … sino formar familia juntos? Tarea difícil. Pero la crisis puede ser oportunidad. Toda situación de desorden permite imaginar un futuro mejor. En la película, esto queda reflejado en todos aquellos momentos en los que el encuentro se hace posible. Se da, por ejemplo, cuando la pareja de la cuarta hija -católico (finalmente), pero… ¡subsahariano! – juega a identificar a sus futuros cuñados. Tiene claro quién es de origen chino, pero, como él mismo dice, “no hay nada que se parezca más a un semita que otro semita”… Podríamos discutirlo, está claro, pero no deja de ser un guiño a la posibilidad de buscar parcelas comunes. Algunas de ellas tocan aspectos más esenciales. Pasa cuando el padre Verneuil hace algo parecido a un viaje iniciático con su futuro -y último consuegro-. Allí, en el bosque, perdidos y en una situación de igualdad, después de medir fuerzas y discutir (por ejemplo, sobre la posibilidad o no de mezclarse a partir de visualizar lo que ocurre entre el café y la leche y el agua y el aceite …), allí, decía, se encuentran. Se encuentran en lo más esencial, que, en su caso, es la felicidad deseada del hijo y la hija. Preservar este valor se convierte en el objetivo común, en el motor de la paz que nace entre los dos. También lo es el hacerse conscientes de que la coherencia entre lo que pensamos y lo que hacemos es de capital importancia para construirnos como personas, como comunidad de vida que hace camino, esta vez no hacia el absurdo, sino hacia la Verdad.

Dios mío

Imagen extraída de: De Valldoreix

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