La alegría culta

La alegría culta

Jorge PicóCuando vino a verme una de las mejores dramaturgas que hay en Cataluña, Helena Tornero, porque había que hacer algo con y para los refugiados, especialmente con los niños, pensé en el gran maestro de actores, y desterrado él mismo, José Estruch. Este valenciano que acompañó la Barraca de Federico García Lorca por su paso por Alicante tenía como referente las Misiones Pedagógicas de la Segunda República que nacieron ante las diferencias culturales existentes entre las ciudades y los pueblos y aldeas de España. El aislamiento fue el origen de las Misiones y su fundamento la justicia social.

Pepe se pasó seis meses en el campo de concentración de Sant Cyprien, al que llegó andando a pesar de su cojera, antes de llegar a Inglaterra y cuidar allí a unos niños evacuados de España durante la guerra civil. Cuenta Herminio, uno de esos niños que “teníamos todas las papeletas para convertirnos en delincuentes, y por el contrario se nos enseñó a pensar, a responsabilizarnos de nuestros actos y de nuestra vida, en un entorno no siempre fácil”.[1]

Cuando vino a la Escuela de Arte Dramático de Valencia a darnos un curso sobre verso nos hizo un ejercicio que consistía en que una barra imaginaria nos atravesaba la cabeza hasta fijarse al suelo. “¿Veis, ya no podéis moveros como queréis?”-explicaba-. “Pero todavía tenéis muchas posibilidades de movimiento para expresar con el cuerpo. Esto es el verso, no puedes hablar como tu quieres pero en la limitación nacen las posibilidades creativas”.

Pepe supo responder al drama absoluto de los refugiados españoles con la alegría culta que supone inventar juegos, ejercicios para no olvidar. Me preguntaréis qué es lo que no hay que olvidar en un campo de refugiados. En su tiempo este maestro ayudó a través del teatro a unos niños a que no olvidaran su lengua materna. “Cualquier vida es hermosa y jugosa. El quid está en el propio convencimiento de las cualidades únicas que uno vive”, escribía desde el campo de concentración francés. Amaba a Valle Inclán, a Calderón y sobre todo a Lope de Vega porque pensaba que, como en La dama boba, un alma oscura puede ser curada por amor. Para Pepe, como para Antonio Machado “difundir la cultura no es repartir un caudal limitado entre muchos para que nadie la goce por entero, sino despertar las almas dormidas y acrecentar el número de los capaces de espiritualidad”. En Pepe sentimiento y entendimiento requerían educación.

A Helena y a mí nos han propuesto que escribamos sobre este drama de los refugiados. Incluso participar en proyectos con ayudas europeas, pero nos pasa como a Médicos Sin Fronteras que ha rechazado fondos de la UE por su política migratoria. El Teatre Lliure de Barcelona se hará eco este septiembre con un ciclo titulado de Damasco a Idomeni y ojalá despierte más y más conciencias. Y ojalá también la Cultura se haga cada día más fuerte en respuestas buscadoras de justicia y se aleje de la subvención vacía de contenido y llena de escaparate.

Pero Helena ha preferido reunir un equipo e irse para allá porque el conocimiento y la escritura teatral son costosos, necesitan del compartir, necesitan problematizar la mirada, mancharse de humanidad para que no corran el riesgo de ser voz impostada. El proyecto se llama Paramythádes que en griego significa contador de historias o narrador. ¿A qué pueden ayudar los relatos que escenificarán Helena y su generosa trouppe? Nos recordarán que en el desierto mandaban los narradores, que eran los jefes de tribu, los que sabían transmitir al lenguaje la pasión del cambio, de lo imposible posible, del humo que se deja atrapar en caricias. Y le recordarán a esta Europa incapaz de arriesgar su modo de vida privilegiado, de apretarse para hacer hueco a las víctimas, que la ficción -los Paramythádes- son gratuidad, derroche de sentido, exceso, charco y pliegue de humanidad, telar y manos femeninas, marcas todas de las que carece nuestra política de refugiados actualmente. Estas son las noticias que nos mandan los voluntarios que ayudan desde Grecia: “Los niños. Se ha de hacer algo con estos niños. Nadie se ocupa de ellos. Nadie les propone actividades. Se agarran a tu pierna pidiendo atención, caricias, un beso”.

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[1] Vene Herrero, José Estruch: el teatro como nexo identitario, Editorial Fundamentos, Madrid 2015, pág 169.

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Imagen extraída de: La pizarra de Yuri