Laudato si’ y la “ecología integral”

Laudato si’ y la “ecología integral”

Jaime Tatay. Aristóteles decía en una de las frases más repetidas de la historia de la filosofía que “el ser se dice de muchas maneras”. De muchas maneras, sí, pero fundamentalmente –matiza un filósofo contemporáneo tratando de aclarar la enigmática frase del pensador griego– como sustancia, es decir, como aquello que no se da en un sujeto sino que es ello mismo sujeto.

Menudo lío, ¿verdad? Pues sí, un auténtico lío que exige estudio y una buena explicación para poder ser resuelto.

Al término ecología, al que también nos referimos “de muchas maneras” en nuestra época, le sucede algo similar a lo del polisémico concepto del ser: es tan maleable como ambiguo. De lo ecológico se habla, y mucho, hasta desgastar su significado. Por eso, al final, cuando hablamos de ecología (o de sostenibilidad o de medioambiente) no sabemos ya muy bien de qué estamos hablando.

Parafraseando el título del conocido libro de Haruki Murakami, bien podríamos preguntarnos: ¿De qué hablamos cuando hablamos de ecología?

A esa pregunta trató de dar respuesta el Papa Francisco ahora hace un año al promulgar la histórica encíclica Laudato si’. Sobre el cuidado de la casa común (LS), el primer documento pontificio de la historia que aborda explícitamente la problemática medioambiental como cuestión moral. Una cuestión a la que se trata de dar respuesta mediante la propuesta de la “ecología integral” (LS 137-162).

Pero la palabra ecología, aunque aparece hasta 80 veces en LS, no es definida en ningún momento. Francisco, como Aristóteles respecto del ser, habla de ecología “de muchas maneras” tratando de acercarse a su significado (su sustancia) por aproximación, sin llegar a ofrecer una definición.

En LS se habla de ecología humana, de la vida cotidiana, cultural, económica, social, ambiental, etc. Pero la expresión que engloba todas estas dimensiones –como si de un paraguas conceptual se tratase– es la ecología integral, el concepto heurístico que vertebra el capítulo IV. Ahora bien, ¿qué contribución se realiza a un término –ecología– ya de por sí fluido, al adjetivarlo con otro término –integral– que abre también múltiples significados?

Para clarificar la propuesta de Francisco, puede ayudar compararlo con otros intentos previos de aproximación, por ejemplo el conocido modelo de desarrollo sostenible expresado mediante el Diagrama de Venn.

Diagrama de Venn

En 1987, el Informe Brundtland definió el desarrollo sostenible como aquel que permite satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro para atender sus propias necesidades. Esta ha sido la definición más aceptada y divulgada.

Desde entonces, el desarrollo sostenible corresponde a la zona de intersección de tres ámbitos: el ecológico, el económico y el social.

El Informe Brundtland adjetivó, por tanto, un término complejo –desarrollo– con una palabra poco precisa–sostenible–, lo que ha conducido a la ambigüedad respecto a las propuestas concretas y los modos de alcanzar ese supuesto modelo ideal de desarrollo.

El septiembre pasado, tras años de deliberaciones, la comunidad internacional hizo un nuevo esfuerzo de formulación y actualización del paradigma del desarrollo sostenible al definir los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), después de evaluar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Los ODS se enmarcan en la conocida Agenda 2030.

ODS

En este contexto de reflexión global, Francisco asumió “la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad” (LS 207) y promulgó, con la clara intención política de influir en la agenda internacional, su histórica encíclica.

Llegados a este punto, resulta inevitable preguntarse por la expresión ecología integral y su significado: ¿nos conduce también –como el desarrollo sostenible– a un terreno inspirador y “heurístico”, pero irremediablemente ambiguo? ¿Se concreta al menos en una serie de objetivos, cuantificables y medibles, como los ODS?

Ni una cosa ni la otra: a diferencia del Informe Brundtland, Francisco no ofrece una definición; y a diferencia de la Agenda 2030, no establece unos objetivos cuantificables. Intenta articular una visión de la ecología esbozando los trazos o dimensiones que la conforman.

Un modo posible de representar la propuesta de LS sería mediante el modelo de los círculos concéntricos, situando en el centro la dimensión personal, la “ecología espiritual”, y en el círculo más externo la “ecología natural o científica”, englobada a su vez por la ecología integral como categoría omni-abarcante.

De este modo, partiendo de lo que sucede en el interior de cada persona, la acción humana se vincula con lo que acontece en las relaciones sociales y económicas, con la cultura y, por extensión, con la biosfera entera. Como repite el mantra que recorre la encíclica, “en el mundo todo está conectado”.

Este modelo podríamos denominarlo la visión católica de la sostenibilidad.

círculos concéntricos

Es cierto que esta visión –representada aquí de forma muy esquemática y un tanto simplona– no plantea, como señalan los más críticos, ni propuestas económicas claras ni recetas políticas inmediatas. Pero las encíclicas nunca han tratado de hacer ninguna de las dos cosas. Su objetivo es abrir y posibilitar –y este es uno de los principales objetivos de LS– un espacio de diálogo entre diversos actores, invitándolos a todos a interaccionar y a considerar dimensiones ignoradas en sus análisis sectoriales o disciplinares.

Para Francisco, por tanto, la pregunta por la ecología (o la sostenibilidad) lleva a mirar en primer lugar a la globalidad, al conjunto de la biosfera, a lo que está pasando a nuestra casa común. Pero al mismo tiempo conduce a mirar al interior de cada uno –subrayando algo obviado en la mayoría de planteamientos ecologistas– reconociendo la importancia de la ascesis, el equilibrio, los sentimientos y las relaciones cuidadosas con nuestro cuerpo, con nuestro prójimo y con la naturaleza más cercana

Este doble acercamiento –desde arriba y desde abajo, de lo más exterior a lo más interior– quizás pueda abrirnos los ojos y cambiarnos los corazones a todos –en eso consiste la conversión al fin y al cabo, en abrir los sentidos– a las consecuencias de nuestras decisiones sobre las futuras generaciones, sobre las relaciones económicas y políticas, sobre el conjunto de seres que habitan esta única casa común.

En síntesis, la “conversión ecológica” (LS 216-221) a la que se nos invita, y a diferencia de lo que a menudo pensamos, es una conversión que afecta no sólo a lo económico y lo político, sino también a todas las dimensiones de la condición humana: la relacional, la social, la afectiva, la epistemológica y hasta la espiritual.

Ojalá la visión católica de la sostenibilidad nos oriente y nos guíe, personal y comunitariamente, para alcanzar, junto a otros, los objetivos que la humanidad se ha planteado en su Agenda 2030.

ecología integral

Imagen extraída de: Pixabay

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