Constructores de fraternidad en una sociedad fragmentada (II)

Constructores de fraternidad en una sociedad fragmentada (II)

Rosa RamosEn el número anterior compartíamos partiendo de la realidad de fragmentación de la sociedad actual, el  apremio a ser constructores de fraternidad al estilo de Jesús y desde el principio de Encarnación. Hoy aportamos otras dos pistas. (Recuerdo a los lectores de Cristianisme i Justícia que esto es una síntesis apretada de una presentación en el Encuentro Nacional de Laicos realizado en Montevideo, Uruguay, el 28 de mayo de 2016).

Llamados y enviados al seguimiento comunitario.

¿Cuál fue el camino elegido por Jesús para predicar “el Reino de Dios está cerca”, para hacerlo visible? Jesús elige vivir, moverse, actuar, rescatar, en comunidad. La novedad de Jesús como Maestro es el movimiento que provoca con su prédica itinerante, siempre rodeado de una muchedumbre. Para su misión convoca a los Doce para estar con él y darles poder de expulsar demonios” (Mc 3, 13-19 y paralelos) pero lo siguen numerosas discípulas (Lc 8, 1-3), en tanto que otros amigos lo reciben en sus casas, y otros salen a los caminos para escucharlo, para ser mirados y tocados por él.

Esta es una clave fundamental para el seguimiento, la fe cristiana es comunitaria, seguimos a Jesús como Pueblo de Dios (categoría elegida por el Concilio Vaticano II). Vivir la fe en forma comunitaria, no es marginal, sino central en el proyecto de Jesús. Además el Dios en el que creemos es Trinidad, comunidad de personas.

Aprendemos a conocer y a seguir a Jesús en pequeñas comunidades donde se lee la Palabra y se comparte la vida, se construyen vínculos cara a cara, se disciernen las batallas contra la fragmentación y a favor de la vida y la dignidad de todos.

Otro aspecto a destacar en este punto, es la necesidad de “escrutar a fondo los signos de los tiempos”, como nos dice el Concilio: “Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza…” (GS 4; ver también 11). Y agrega que la expresión “signos de los tiempos” debe usarse para los signos positivos que construyan la historia, y no para los negativos. También plantea que deben afectar a todos los hombres, cristianos o no.

Los seguidores de Jesús estamos llamados a descubrir esos signos en las semillas de  vida y esperanza, a alegrarnos y cultivar esos brotes donde aparezcan. Junto con los signos dolorosos de fractura social, también hay múltiples ensayos de construcción de fraternidad, son los “milagros” que hoy nos alientan. Parafraseando a Eduardo Galeano son como fueguitos de resistencia y construcción de dignidad con otros, -un mar de fueguitos-, a veces dispersos aquí y allá. No importa si son encendidos por cristianos o por “otros”, son signos de los tiempos que anuncian ya en arras que “otro mundo es posible”. O dicho con Isaías, Dios siempre está haciendo brotar algo nuevo, sólo hay que notarlo (Is 43, 19)

Se trata de estar atentos al vuelo del Espíritu, para seguirlo; sentir su soplo y animarnos a caminar con dirección: pues no es lo mismo caminar que deambular (J. Sobrino). La misma complejidad histórica nos exige pensar en comunidad, como Pueblo de Dios, y aprender juntos y juntas a ser sabios competentes en arte de descifrar estos signos de vida y esperanza.

Invitados a ser seguidores desde una fuerte vida de oración.

¿Cómo contemplaba Jesús la realidad, desde dónde, con qué mirada? Los evangelios nos muestran una y otra vez que Jesús es un hombre de oración, que busca el rostro y la voluntad del Padre en la noche, en el silencio, en largos tiempos de “encuentro”. Las grandes decisiones las toma en oración, allí templa su espíritu en el Espíritu, podríamos decir, en el Amor que lo une al Padre. (Mc 1,35)

Pero la referencia es permanente, así también Jesús agradece con gozo al Padre revelar sus secretos a los pequeños (Lc 10, 21) o levanta los ojos al cielo para bendecir el pan que va a compartir con los suyos o con la multitud (Mc 6, 41; 11, 25; 14, 35). Jesús mira la realidad desde Dios, de ahí su capacidad para “ver” y su creatividad para ilustrar con parábolas llenas de poesía, a la par que sencillez, ese reino de Dios adviniente. Y tan identificado está con esa mirada que embellece la cotidianidad de amasar el pan, sembrar, buscar una moneda perdida, esperar un hijo que se fue… Así contempla Dios su creación y sus criaturas, pleno de ternura, alegría y/o compasión y así contempla Jesús, hombre de oración en la que se va descubriendo Hijo de Dios.

El seguimiento exige unidad con el Maestro, como los sarmientos a la vid (Jn 15, 5- 9) y esa unidad, ese hacerse uno con Jesús y su causa (el Reino), exige una vida de oración, que a su vez nos moverá al compromiso cotidiano, iluminándonos, alentándonos y sosteniéndonos en las dificultades, que las hay siempre cuando se vive en serio el ser cristianos. Oración comunitaria, participación en la liturgia y los sacramentos, pero también personal, “en lo secreto”…

Recordemos también que estamos llamados todos a la santidad en nuestro propio estado de vida (LG). Por tanto se trata de una santidad encarnada, histórica. Cultivar la santidad en nuestro estado, pide una forma de oración en íntima relación con nuestra vida y quehacer en el mundo. Rezar como laicos para afrontar los compromisos históricos y “hacer lo mejor que se puede, lo que se pueda. Más no se puede. Y hacerlo con alegría y paz” (versión libre de una expresión de Wittgenstein).

Así los laicos tenemos que aprender a rezar la cotidianidad, leyendo el diario, o analizando planes políticos y económicos; rezar nuestros trabajos y familias; rezar cuando amamos, y cuando llega el fracaso; en los días de ilusión y en las oscuras noches de enfermedad o cansancio. Rezar la propia vida, la de nuestro mundo fragmentado, y rezar para no dejar de soñar y construir  reino, fraternidad… Orar levantando los ojos, como Jesús, para alabar y ofrecerle todo al Padre, también para interrogarle y auscultar su voluntad…

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Imagen extraída de: Pixabay