Crónica de Atenas

Crónica de Atenas

Josetxo Ordóñez Echeverría[Web personal] Me preparo rápido por la mañana, nada más despertar. La primera cita del día es en la sede del Defensor del Pueblo griego. Llego acompañado de Anna, también abogada en Barcelona. Bajo el brazo llevamos once expedientes de otras tantas familias sirias y kurdas bloqueadas en el campamento de Eko, cerca de Idomeni y la frontera greco-macedonia. “Eko-camp” toma su nombre de la gasolinera de la autovía junto a la que está levantado el asentamiento. Estas once familias contactaron con los abogados en Barcelona gracias a unos voluntarios catalanes que pasaron por el campo. Hemos recabado autorizaciones expresas de estas personas, para presentar en su nombre quejas delante del Defensor, sus documentos identificativos y la constatación documental de que les ha sido imposible solicitar asilo en Grecia. En el campo, la única forma de presentar un asilo es reservar cita previa a través de una llamada por Skype, en un horario muy limitado de dos horas diarias. Sin embargo, ni estas once familias ni otros cientos de ellas en Eko-camp han logrado que alguien responda al otro lado del Skype. Desde hace más de un mes, también desde Barcelona hemos intentado establecer conexión por Skype, con el fin de comprobar lo que los refugiados nos explicaban. Y es cierto, por supuesto. Y es kafkiano: la imposibilidad fáctica de acceso al procedimiento de asilo provoca que las personas en Eko-camp no reciben ningún tipo de protección oficial, que ni para la Democracia Griega ni para la Unión Europea consten como otra cosa que migrantes irregulares e indocumentados.

En la oficina del Defensor del Pueblo no hay público, es silenciosa y pequeña. Nos atienden dos mujeres. Pero nos invitan a sentarnos en unas butacas. Hemos de esperar a que venga otra persona que pueda atendernos en inglés con solvencia. Al cabo de quince minutos una tercera mujer aparece y pide que le expliquemos nuestra demanda. Su rostro expresa aquel hastío que provoca el trabajo imprevisto al que habrá que hacer frente, aun de mala gana. Es evidente que no somos bienvenidos.

Después de escuchar brevemente, nos disuade de presentar once quejas. Nos alarga un formulario y no nos deja otra opción que realizar una única queja colectiva en nombre de las once familias. Mis conocimientos de bachillerato de griego antiguo, cultura clásica y el sentido común me permiten deducir las respuestas al formulario: anáfora es petición (o re-petición), átomo es persona física (por primera vez escribo mis datos atómicos en un papel), ónoma es nombre, epónimo es apellido, polis es ciudad, teléfono es teléfono…

Mientras interpreto el formulario y lo voy rellenando, la funcionaria de la oficina que nos atiende se queda dormida frente a la pantalla del ordenador, apoyada sobre la mano izquierda, por no cabecear. Previamente, se ha puesto una chaqueta de lana, para arroparse mejor.

Tras una hora y media, registramos nuestra queja múltiple. Durante ese tiempo, solamente otro ciudadano ha aparecido por allí para utilizar los servicios del ombudsman. La funcionaria, despierta de nuevo, nos informa de que al cabo de 10 días llamemos por teléfono y nos informarán del nombre de la persona que se hará cargo de la instrucción y tramitación de la queja. Sin salir de nuestro asombro, damos las gracias y dejamos atrás la tristísima oficina. La indiferencia ha sido completa. Ni siquiera nos han requerido que mostráramos las autorizaciones de parte de los refugiados o nuestra acreditación como abogados. Nadie se ha preguntado qué hacían dos abogados barceloneses ahí, cargados de papeles. Y yo me pregunto qué hace el Defensor del Ciudadano griego sobre Eko-camp, por ejemplo.

En la puerta del Defensor vemos pasar a buen ritmo una manifestación sindical en dirección a la plaza Syntagma. La forman cuatro o cinco cientos de personas. Cogemos un taxi que nos lleva a la Oficina Regional de Asilo del Ática. El taxi es un Skoda Octavia bastante desfigurado. No circulamos a más de 80 km/h porque algún problema tiene la caja de cambios y el taxista no puede embragar la quinta velocidad, aunque lo intenta varias veces. Pasamos junto al estadio de fútbol de Olimpiakos. Yo, por entablar contacto con el taxista, le pregunto si es aficionado a Olimpiakos. Él niega y dice que del Partizán. ¿Partizán de Belgrado?, pregunto. No, Partizán de Tirana. Es albanés. En los útimos años 80 y primeros 90, muchos albaneses fueron refugiados en Grecia, tras el desmoronamiento del último régimen estalinista de Europa, la dictadura de Enver Hoxha. Y muchos de ellos encontraron trabajo como taxistas en Atenas. Larga la historia de los refugiados en Grecia. Y mejor suerte corrieron los albaneses, por lo que veo, que los sirios, iraquíes, kurdos, afganos de nuestros días…

La oficina Ática de Asilo está a las afueras, a los pies de una de las autopistas de circunvalación de Atenas. Al querer entrar directamente, un policía nos lo impide. Nos identificamos como abogados extranjeros y pedimos hablar con el responsable de la oficina pues deseamos presentar solicitudes de asilo para once familias residentes en Eko-camp. Nos deja pasar. La oficina de atención y recepción de solicitudes se reduce a un espacio abierto en un patio entre edificios oficiales. Hay vallas, bancos de madera para aguardar turno y carpas y toldos para protegerse del sol y la lluvia. Hay muy pocos refugiados, no llega a la veintena. El lugar está desolado. Nos entrevistamos con una encargada que, muy amablemente, nos informa de que es imposible presentar una solicitud sin cita previa. Y que la cita la deben reservar los propios refugiados interesados a través de Skype… Después de mostrar nuestro escepticismo sobre el sistema de Skype, nos reconoce que nuestros amigos de Eko-camp pueden pedir asistencia de las ONG de una lista que nos entrega y que pueden ayudarles a reservar cita. Más intermediarios forzosos y no gubernamentales, para algo que parece sencillo: obtener día y hora para ser escuchado y atendido.

Una de ellas es el Consejo Griego para los Refugiados. Cuando nos desplacemos allí para averiguar más, la puerta del Consejo estará cerrada, con un aviso -en inglés- en la puerta que dice: “¡Atención! El Consejo Griego para los Refugiados ofrece servicios gratuitos a todas las personas y no es necesario el pago de cantidad alguna para ser atendido o incluso para entrar en las oficinas del CGR. Si alguien le pide dinero para esto, esa persona no trabaja en el CGR y usted no debería pagarle. Si le paga, no es seguro que usted vaya a ser atendido por el CGR”. Ahora entiendo lo que significa“mafias que extorsionan” a los refugiados. Y también entiendo que esas mafias existen al cobijo de procedimientos-obstáculo burocráticos, premeditados y culpables.

En la oficina de asilo no hay mucho más que hacer. Hasta los migrantes adultos que esperan sentados guardan silencio. Solamente los niños hacen de niños y alborotan, se persiguen y me atropellan deliciosamente mientras observo la desolación. Hay 50.000 refugiados estimados vagando en pena por Grecia. 6.500, en Atenas y El Pireo. Y no están ni pasarán por esta oficina.

Yo estoy agotado. Para descansar, casi a medianoche, decido ascender solo hasta la iglesia de Agios Georgios, en la cima de la colina Lykavittos, desde donde tengo una soberbia vista de Atenas, a media luz la ciudad, excepto por el diamante luminoso de la Acrópolis en medio de mi mirada. Acaba el día de hoy contemplando la ruina de Atenas. Mañana más.

Irudia14111

Imagen extraída de la web personal de Josetxo Ordóñez

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