Confesar el pecado social

Confesar el pecado social

Karen Castillo MayagoitiaAnte estudios recientes sobre el tema de la desigualdad brotan muchos sentimientos, empezando por la indignación de ver las proporciones de ricos y pobres. Pensar cifras inimaginables entre un grupo muy pequeño que concentra grandes cantidades y los miles de millones que tienen muy poco o no tienen siquiera lo más elemental. Sentir un dolor en el corazón ante lo absurdo que resulta que tan solo 62 personas tengan lo mismo quemás de tres mil millones.

Definitivamente estos datos mueven mucho y llevan a una reflexión seria. Pensando sobre los pasos sugeridos para una buena confesión pensaba que el gran pecado que verdaderamente afecta a la humanidad es precisamente el pecado social; el pecado que ocasiona, permite o se mantiene indiferente ante esta realidad. Por ello podemos decir que nuestra estructura social es una estructura generada por un grupo de ambiciosos, validada por muchos e ignorada por una gran mayoría que nos quedamos indiferentes ante el empobrecimiento, cada vez más inhumano, de gran parte de la población mundial.

Si se habla de un examen de conciencia como un primer paso para la confesión, ante el pecado social es necesario que este examen de conciencia sea un ver, un tocar, un conocer y analizar la realidad sabiendo que no puede hacerse desde afuera, sino siendo conscientes y reconociendo cómo influye nuestra manera de consumir, nuestro trabajo, nuestra indiferencia e incluso nuestra ignorancia, para que se hable de una realidad de pobreza y desigualdad como la que se está viviendo en todo el mundo, y es acentuada en países de América Latina.

Un examen de conciencia que implica no sólo revisar estos números y conocer entonces la situación de pobreza, sino un análisis de la realidad donde seamos capaces de meternos a las causas y poder denunciar desde estas estructuras todos los eslabones que forman parte de esta gran cadena que genera cada año mayor desigualdad. Cadena que se fortalece, pero que además encierra y esclaviza a gran parte, no quisiera decir de la población, sino de los seres humanos, de los hijos de Dios, de nuestros hermanos.

Por su parte el segundo paso, el dolor de los pecados, será verdaderamente dolor si nos reconocemos iguales y los cristianos nos reconocemos guardianes de nuestros hermanos. Si juzgamos e iluminamos esta realidad a la luz de la propuesta del Reino, a la luz del Evangelio, entonces juzgaremos si cada una de nuestras acciones está dando vida, si permite que los demás se vivan en dignidad, si no se está violando ningún derecho humano, si se busca y se alcanza vida en comunidad, si se está amando al otro y a la otra.

Sólo podremos dolernos de este gran pecado si somos capaces de descubrir en las Escrituras este llamado a ser y hacernos semejantes, releerlo en los padres de la Iglesia para trabajar por la justicia; o atender al constante llamado del Papa a las obras de misericordia.

El siguiente paso es el propósito de enmienda que en este caso tiene que conformar un claro compromiso social. Este actuar que favorezca relaciones más humanas, estructuras más justas, y una vivencia más auténtica de los principios de la Doctrina Social.

Necesitamos reconocer la dignidad de toda persona, trabajar por el bien común, ser solidarios, construir alternativas de vida comunitaria donde los bienes tengan un destino universal, se viva desde la libertad… necesitamos creer y hacer posible la utopía del Reino.

Ciertamente hay más pasos en una confesión, pero estos tres pasos nos llevan a este ver-juzgar-actuar que requerimos como sociedad y como Iglesia para poder transformar ese pecado social en gracia, en presencia del Espíritu, en certeza de resurrección y vida.

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Imagen extraída de: Pixabay