Hacer que sea fácil portarse bien (como consumidores)

Hacer que sea fácil portarse bien (como consumidores)

José EizaguirreUno de los pabellones de la Expo 2015 de Milán anunciaba: “Compra hoy en el supermercado del futuro”. ¿En qué consistía? Se trataba de un supermercado peculiar donde junto a los productos de alimentación puestos a la venta se ofrecía una información complementaria a la que hoy encontramos en las etiquetas y puestos de venta habituales. Además del precio, peso e información nutricional y de alérgenos, los letreros informaban de la procedencia del producto (o de sus ingredientes) y también –y aquí estaba la novedad– del impacto ambiental, medido en kilos de CO2 emitidos por cada Kg de producto, incluyendo el transporte hasta Milán.

En este supermercado era muy fácil, por ejemplo, darse cuenta de la gran huella de carbono de los productos cárnicos respecto a los vegetales. O de la que tienen los ingredientes procedentes de países lejanos. La decisión de la compra seguía recayendo en el consumidor, pero a éste se le facilitaba el poder tomar una decisión consciente respecto al impacto ambiental. ¿Ficción futurista o anticipo razonable de lo que acabaremos viendo?

A diario compramos productos de muchos proveedores y en muchos establecimientos. ¿Son respetuosos con el medio ambiente, con los trabajadores que los han elaborado y con nuestra propia salud? La verdad es que todavía resulta muy difícil saberlo. No tenemos nada fácil acceder a esa información. Hay sí, entidades que se dedican a seguir el rastro a lo que consumimos: el CRIC, el Observatorio de RSC y Carro de Combate son algunas de ellas, cuya labor debe ser justamente reconocida. Pero, en general, sigue siendo cosa de héroes el preocuparse por llegar a esta información. ¡Si nos lo pusieran más fácil!

Hace unos meses oí hablar de una aplicación APP para celíacos. El número de personas con intolerancia al gluten está creciendo mucho y a alguien se le ha ocurrido diseñar un programa informático para facilitar la información de, en este momento, 19.000 productos de alimentación a la venta en España. Resulta tan fácil como descargarse la aplicación en un dispositivo móvil que tenga cámara y captar el código de barras del producto para obtener inmediatamente la información que interesa: ¿contiene o puede contener gluten este producto? Los contenidos son proporcionados por los fabricantes de productos y la supervisión de los mismos es realizada por asociaciones de celíacos de España. Hay una versión básica gratuita y otra completa –que incluye el poder leer códigos de barras– por suscripción (actualmente, 20,00 €/año).

Cuando me lo contaron, pensé: “si alguien es capaz de montar una cosa así para informar del contenido de gluten de los alimentos, ¿no sería posible hacer algo parecido con otro tipo de información?” Me refiero a datos como la procedencia geográfica y social, la manera como se ha producido, el comportamiento de las empresas que han intervenido, la contribución a la salud de los consumidores y las repercusiones en el medio ambiente… ¡Si pudiéramos acceder a esa información con solo leer los códigos de barras de los productos!

¿Ficción futurista o anticipo razonable de algo que acabaremos viendo? Precisamente, ¡ya hay alguien que lo está intentando hacer! Se llama Tabaré Majem y es el inspirador de abouit, una plataforma para web y dispositivos móviles que quiere dar respuesta a esa demanda creciente de información responsable por parte de los consumidores, un comparador ético para saber qué estamos comprando.

De momento, la versión beta de abouit solo ofrece información de apenas 400 productos, muy pocos pero lo suficiente para comprobar cómo funciona: un triple indicador muestra la puntuación de cada producto en cuanto a salud para el consumidor, comportamiento social de la empresa e impacto medioambiental, además de la media de estas tres cifras, todo ello con un sencillo código de colores. De esta manera, con un simple vistazo podemos conocer esa información tan difícil de encontrar hoy. Se utilizan informes y metodologías de diferentes universidades europeasy en España, entre otras entidades, Economistas sin Fronteras y la Cátedra de RSC de la UNED, colaboran para aportar la información ética de los productos

Una ventaja que ofrecerá la web es que además de navegar por ella se podrán hacer compras, al igual que en otras plataformas de internet. Consultar la web es gratuito y descargar y utilizar la aplicación para móviles –aún no está disponible– también lo será.¿Cómo se financia entonces esta iniciativa? En el futuro, gracias a una comisión por las ventas que se produzcan a través de la web. Actualmente, gracias a las aportaciones de inversores que creen en la idea y contribuyen con su dinero a hacerla posible, a través de Crowdcube, una plataforma de financiación participativa. Se trata de un procedimiento en el que las aportaciones no son donaciones sino inversiones, pues se participa del capital. Una interesante manera de apoyar iniciativas de nuevas empresas como ésta.

Como recuerda Enrique Lluch, la Doctrina Social de la Iglesia define el bien común como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”. De eso se trata, de hacer que sea más fácil portarse bien (en todo, pero en este caso, como consumidores) que portarse mal, que sea más fácil contribuir al bien que contribuir a la injusticia.

Mientras tanto, sigue siendo cosa de héroes. Pero sigamos soñando y forzando el futuro, porque cada vez está más cerca ese anticipo razonable de lo que acabaremos viendo.

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Imagen extraída de: Pixabay

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