Retiro en la ciudad (II): En la noche oscura del sufrimiento, la violencia y la injusticia

Retiro en la ciudad (II): En la noche oscura del sufrimiento, la violencia y la injusticia

Pepa TorresLa vida no es una improvisación. Nuestras decisiones más importantes tampoco son espontáneas ni porque sí, sino que van precedidas de muchas otras pequeñas
y cotidianas decisiones que van configurando el momento de la definitividad. Así sucede también en Jesús. Su vida es inseparable de su ajusticiamiento, su muerte. Estos son consecuencia de su modo de ser y estar en la vida y con la gente, siendo misericordia en acción, misericordia en relación.

El Crucificado es la expresión máxima de la ternura entregada hasta el extremo
en la tarea de aliviar el sufrimiento de los últimos. Por eso la ternura es también subversiva, porque invierte el orden «colocando como primeros a los últimos» (Mt 20,16). La ternura vivida hasta el extremo, al modo de Jesús, tiene repercusiones sociales y políticas y por eso se les hace insoportable a quienes «hacen de su fuerza la norma de la justicia» (Sb 2,1-17) y «oprimen la verdad con la injusticia» (Rm 1,8).

Jesús es condenado porque su actuación y su mensaje sacuden de raíz el sistema organizado al servicio de los poderosos del imperio romano y de la religión del templo. La vida de Jesús se había convertido en un estorbo que era necesario eliminar como las vidas de tantas personas hoy que resultan molestas al sistema o que son consideradas efectos colaterales necesarios. Este es el misterio que hoy estamos contemplando.

«Jesús muere porque los hombres matan». La muerte de Jesús no fue accidental ni casual. Su muerte, como la de tanta gente hoy, son también de algún modo «crónicas de una muerte anunciada». Jesús no murió sino que a Jesús «le arrancaron de la tierra de los vivos» (Is 53,8). La crucifixión no era tampoco cualquier condena a muerte sino el patíbulo más deshonroso y cruel pues tenía entre sus fines aterrorizar a la población y servir de escarmiento, de ahí su carácter público. En ella se ajusticiaba a los esclavos que se sublevaban o a los antisistema. Su ritual exigía que los cadáveres permanecieran desnudos sobre la cruz para servir de alimento a las aves de rapiña y a los perros salvajes hasta que los restos finalmente eran depositados en la fosa común, de modo que su nombre e identidad quedaban condenados al olvido.

En la historia del cristianismo hemos tenido siempre dos grandes tentaciones: eliminar la cruz o exaltarla. La cruz no tiene la última palabra en el Evangelio pero es una página incómoda que no podemos saltárnosla, como tampoco podemos negar ni ocultar la densidad del sufrimiento. Negarlo es negar lo humano. Ser humano no es sólo positividad y bondad. La violencia y la injusticia generan víctimas y cuentan con nuestras complicidades. La Buena Noticia del Evangelio lo es desde el reverso de la historia y asumiendo la miseria, la debilidad humana, el límite físico y psíquico, el fracaso. Por eso el viernes santo nos revela también los aspectos más oscuros de nuestra condición humana.

Pero la exaltación dolorista del sufrimiento y la cruz como algo que Dios nos exige para alcanzar la salvación, tampoco es cristiana. La teología de San Anselmo ha dejado una profunda huella en nosotros exaltando el carácter sacrificial de la Cruz. Dios no necesita completar el sufrimiento de Cristo en ninguna otra persona, Dios no es un vampiro ni necesita la sangre de nadie para perdonar los pecados. No toda cruz es redentora ni el sufrimiento en sí mismo es un valor ni algo deseable.

A la teología de la política y a la teología de la liberación les debemos que nos hayan abiertos los ojos ante los crucificados y crucificadas y la impotente cercanía de Dios con ellos. También la teología feminista se ha tenido que preguntar: ¿puede el símbolo de la cruz ser liberador para las mujeres o legitima los roles de sumisión y sacrificio que históricamente se ha impuesto a las mujeres?

Como dice una compañera nicaragüense:

«No se trata de buscar la cruz ni el sufrimiento como si el sufrimiento por el sufrimiento nos acercara más a Dios, sino afrontar las cosas tal como se producen y luchar contra ellas unidas a Cristo, fijando nuestra mirada en Él y en su amor a la vida y la justicia».

La cruz hay que mirarla siempre por dos lados: el de los crucificadores y el de las víctimas. Por el lado de los crucificadores, la cruz es muerte: «Maldita sea la cruz». Los cristianos nos hemos acostumbrado demasiado a aquello de «Salve Cruz, única esperanza», y hemos olvidado que hay cruces que no son cristianas sino legitimadoras del dolor y la injusticia que recae sobre las vidas de las personas más heridas y excluidas. La Cruz nunca nos va ahorrar dolor, pero nos da lucidez. Nos impide caer en espiritualidades evasivas, depura nuestras imágenes de Dios, a veces demasiado burguesas y light, que no soportan la prueba del fracaso, la oscuridad ni el silencio.

El cuerpo crucificado en Jesús nos muestra que la encarnación no es un truco, sino que es irreversible. El Dios venido en carne no ataja nada, ni nos exime de nada, aunque nos muestre su fidelidad hasta el fin, de forma no fácilmente comprensible desde nuestros esquemas exitosos. En el crucificado Dios nos muestra la densidad más honda de su misterio. Un Dios que no sólo está a favor de las víctimas, sino que a merced de sus verdugos, en máxima solidaridad y cercanía con «los sin poder», con aquellos y aquellas que, como leemos en Isaías 52.14: «desfigurado no parecía ni hombre».

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Imagen extraída de: Pixabay