La necesidad de una Cuaresma laica

La necesidad de una Cuaresma laica

Xavier CasanovasDamos por terminada la Cuaresma. Tiempo de silencio para escuchar aquello que el ruido ensordece, de recogerse para encontrarse con lo más íntimo de cada uno, de ayuno para compartir y recordar la vida de aquellos que no tienen (y aquellos a los que no dejan tener), de abstenerse para recordar que no lo podemos todo, que somos finitos y penúltimos. Y esto nos hace más humanos, más conscientes, en definitiva, más libres. Los cristianos lo hacemos en Cuaresma para prepararnos para la Semana santa, el tiempo espiritual más importante del año litúrgico; los musulmanes tienen el Ramadán.

Hay momentos para celebrar la vida, y momentos para poner la vida en su sitio. Y echo en falta, en el calendario de sociedades laicas, estos segundos momentos. Creo que nos convendría mucho una versión laica de la Cuaresma. Así como la administración promueve y celebra el carnaval o las fallas, también podría promover un tiempo en el que como sociedad, de forma compartida y consensuada, recordemos nuestra finitud y la de nuestro planeta. Si no el exceso de positividad, nuestras vidas aceleradas, la pulsión consumista, el compartir y celebrar solo el ruido y el exceso pero nunca la pausa o el silencio, convertirán nuestras sociedades en rehenes de la felicidad impuesta por una fiesta sin sentido.

En este precioso ensayo que es La resistencia íntima[1], J.M. Esquirol nos invita a no ceder a los embates del mundo (y a los que provienen de nuestro ego) que disgregan nuestro ser. «La huida, y sobre todo la huida permanente, no puede ir bien de ninguna manera. “Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, que es el no saber permanecer en calma en una habitación” (Pascal).» Y nos recomienda: «Encontrarnos, pues, con nuestro propio vacío, con nuestra miseria, y no rehuir esta experiencia, es la mejor manera de mantener la integridad del sujeto y de evitar que se pierda aún más».

Que necesario sería que, más allá del apagón de edificios a nivel mundial contra el cambio climático del pasado 19 de marzo, la alcaldesa de nuestra ciudad decretara la semana sin coches ni aviones en Barcelona; que todas las escuelas públicas durante unos días se abstuvieran de comer carne (razones ecológicas y económicas sobran para ello) y promovieran espacios de silencio, de introspección o prácticas de servicio comunitario; las televisiones y medios públicos cambiaran sus programaciones; se decretara horarios comerciales más restringidos, etc. Y que todo lo ahorrado con estas medidas se invirtiera en ayudas sociales.

Sé que estamos lejos de un planteamiento así, más bien al contrario. Sólo hay que ver los ataques liberales a los domingos, último de los territorios vírgenes que nos sirven a todos para distinguir los días entregados al ocio, y los días entregados al neg-ocio.

Mea culpa de los cristianos que no hemos sabido transmitir la importancia de los valores que se esconden detrás de la Cuaresma para que, desvinculados de cualquier opción religiosa, puedan ser abrazados por todos. Porque como dice Santiago Alba Rico[2], «el desencantamiento del mundo ha conducido a la humanidad, no a una mayor objetividad, sino a la desacralización mercantil y a la liberación en el cuerpo de todas sus pulsiones subjetivas. Había mucha más ‘objetividad’ en la relación del indígena con la montaña en la que vivían sus dioses que en la del turista que la fotografía para vanagloriarse ante sus amigos».

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[1] Josep Maria Esquirol. La resistencia íntima. Ensayo de una filosofia de la proximidad. Acantilado. Marzo 2015.

[2] Santiago Alba Rico. ¿Podemos seguir siendo de izquierdas? Pol·len Edicions. Diciembre 2013.

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Imagen extraída de: Pixabay