¿Tenemos derecho a la tranquilidad?

¿Tenemos derecho a la tranquilidad?

Cristian PalazziNo hace mucho fui invitado a la sede de Cristianisme i Justícia a hablar de uno de los filósofos del momento, Byung-Chul Han, y al final de mi intervención hice una afirmación muy contundente que me gustaría matizar. “¿Tenemos derecho a la tranquilidad?” me preguntaba a propósito de la solución hansiana de los problemas de la sociedad contemporánea. Y la respuesta era que no.

Según Han, vivimos esclavizados a la lógica depredadora del sistema actual. Una lógica que nos obliga día a día a producir más, consumir más, conseguir más. Cada vez somos más dependientes de las influencias externas y, en este sentido,según él, hay que recuperar nuestro espacio interior a toda costa. Si no lo hacemos, nos dice, acabaremos por perder la poca humanidad que aún conservamos.

¿Pero cómo se logra esto? Según Han la única manera que tenemos de superar este estado de falsa necesidad es soltarnos. Agotarnos definitivamente, nos dice. Un agotamiento reparador que “no necesita de pertenencia ni de parentesco” porque rompe con el ritmo frenético al que estamos acostumbrados y nos “afloja el lazo de la identidad”, por lo que surge, entonces sí, la auténtica libertad: el no hacer nada.

Han le da la vuelta a la sociedad del rendimiento planteando, justamente, su opuesto: la sociedad del cansancio. Un cansancio que bebe de algunas de las claves del budismo Zen: el vacío, el alejamiento, pero en versión posmoderna, es decir, sin compromiso social y en forma de tranquilidad individual. Apartarnos de lo que nos rodea nos permitirá superar, promete, muchos de los problemas que nos acosan. Ya lo dijo Epicuro, en el siglo III antes de Cristo: “la solución más sencilla para obtener la seguridad frente a los hombres, que hasta cierto punto depende de una capacidad eliminatoria, es la seguridad que proporciona la tranquilidad y el aislamiento del mundo”. Han elimina el sentido de pertenencia confiando en que así los problemas pasarán, como caen las hojas en otoño, muertas de inanición.

Sin querer negar la importancia de este diagnóstico, nos preguntamos si es suficiente plantearse como remedio a las preocupaciones actuales la retirada meditativa que nos ayuda a contemplar nuestros paisajes interiores. Estamos de acuerdo en que debemos recuperar la capacidad de tranquilizarnos, sobreexcitados como estamos todos, hirviendo en la efervescencia del progreso permanente, pero, como señala muy acertadamente Bataille, la tranquilidad mal entendida también puede tener una cara oscura: “la tranquilidad es el miedo que hace naufragar toda tentativa de comunidad universal”. Negarnos a nosotros mismos el acceso al mundo confiando en que lo volveremos a reencontrar parece, como mínimo, un salto al vacío difícil de asimilar.

Quizás, junto a la propuesta hansiana, habría que añadir el compromiso con lo que justamente se está intentando evidenciar: que hay que mejorar nuestro modelo de sociedad y que, por ello, hay que generar nuevos modelos de convivencia. Si nos creemos, como dijo Levinas, que la ética nace del rostro del otro, la recuperación de esta dimensión interior tan necesaria debería ir encaminada precisamente a restablecer lo que hemos perdido en el camino: la capacidad de tejer complicidades.

Sólo el escéptico puede quedarse tranquilo en la dimensión individual, porque ignora su dependencia con los demás. Cuando asociamos tranquilidad a cansancio corremos el peligro de olvidar la necesidad de establecer comunidad, de ser reconocidos y, por tanto, apoyados. La familia, los amigos, la ciudad, el auto-abandono personal puede ser bueno como píldora medicinal, pero no puede ser el remedio para aquellos que necesitan ser escuchados. Más allá de la mirada individual, hay que añadir los vínculos. Unos lazos que nos permitan entender nuestros problemas como lo que son: problemas comunes que exigen respuestas comunes y compromisos activos. Si negamos la posibilidad de construir las relaciones que nos permitirán seguir adelante, nos abocamos a una sociedad atomizada que termina por convertirse en la misma que pretendíamos criticar. Es por ello por lo que no tenemos derecho a la tranquilidad. No, al menos, a una tranquilidad que nos aleje de los demás. Hasta que no entendamos esto, no podremos descansar.

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Imagen extraída de: Pixabay