Trump, Bergoglio y la globalización de la esperanza

Trump, Bergoglio y la globalización de la esperanza

Manfred NolteEl viaje del Papa Francisco a México terminó el miércoles pasado en Ciudad Juárez, una urbe de memorias sombrías por la proliferación de la violencia y el tráfico de drogas y que aún se halla presa de la pobreza y la delincuencia. A Ciudad Juárez trajo Francisco, como es habitual en él, palabras de aliento. Visitó una prisión, saludando uno a uno a los internos instándolos a vivir como “profetas”, para convertir su sufrimiento en bondad. “Trabajad” –les dijo, “para que esta sociedad que utiliza a la gente y la descarta no siga multiplicando las víctimas”.

Oró en la frontera por los emigrantes muertos, y condenó las “graves injusticias” perpetradas contra aquellos que, forzados por la pobreza y la violencia, deben emprender viajes inauditos en la soledad de su indigencia y  a menudo pagados con la extorsión, el secuestro, la detención o la muerte. Por la tarde, celebró una misa en un antiguo recinto ferial al lado del Río Grande, muy cerca de sus vecinos americanos de El Paso, que también acudieron al acto a millares.

Los problemas de la emigración, y en general los de la pobreza heredada y el descarte infringido a los más vulnerables son complejos en sus estructuras y gigantescos en su tamaño. No es sencillo asimilar que entre 1965 y 2015, más de 16 millones de mexicanos entrasen clandestinamente en Estados Unidos aunque hoy México sea sobre todo la autovía por la que millares de salvadoreños, hondureños o guatemaltecos huyan hacia el norte.

Nadie tiene las claves de la solución de todas estas contingencias, ni el Banco Mundial o el FMI, ni tampoco la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados, ACNUR. Porque junto al desbordante colectivo de las personas migrantes se apila el millardo de personas que, en otras latitudes del planeta, son incapaces de salir de la trampa de la pobreza. El problema de la precariedad extrema en el mundo consta de elementos e ingredientes múltiples y contradictorios. No es un tema de mera solidaridad y ayuda. Incluso voces muy potentes se rebelan, desde dentro, contra esta vía presuntamente paternalista.

Pero hay un infinito océano de distancia moral entre las distintas interpretaciones y la conciliación de los conflictos citados. Francisco porta consigo un gran mensaje de dignidad y de fe en la persona, de coraje, de elevación a la vez antropológica y trascendente, desde la justicia y también desde la fe. Al contemplar a aquellos a los que la fortuna ha dejado arrinconados, Bergoglio da un paso claro para situarse a su vera y acompañarlos con un mensaje de respeto y de ilusión.

Francisco entiende los problemas que los abruman y los peligros que los acechan, se pone del lado de los que sufren, muchos de los cuales tienen a seres queridos muertos o desaparecidos, inmortalizados con humildes cruces en los alrededores de Juárez, o en las inmediaciones de la frontera del país. El Papa sabe que han abandonado sus hogares, y que han cruzado un desierto hostil para huir de la desolación y de la muerte y tal vez mantener precariamente desde la soledad de la distancia a sus familias que se quedan.

Allí mismo, al otro lado de la frontera, algunos políticos grandilocuentes estarían deseosos de expulsar a los emigrantes del territorio americano, a millares, tal vez a millones. El miedo que provoca  en muchos americanos el fenómeno migratorio ha paralizado cualquier avance de las reformas iniciadas en su momento por sus legisladores. Hasta los moderados sufren el peso de la opinión dominante y suscriben el veto sicológico al emigrante irregular. Donald Trump, el millonario candidato a las elecciones presidenciales de 2016 por el partido republicano, ha prometido una muralla de 2.500 kilómetros con México si es elegido. Del Papa, ha dicho la semana pasada lo siguiente: “Creo que no entiende los problemas que tiene nuestro país, no creo que comprenda el peligro de la frontera abierta que tenemos con México”. A menudo, el Papa Francisco irrita a los críticos que, viendo sus campañas contra la pobreza y el cambio climático, desearían que dejara de ejercer de sociólogo o de economista y se limitara a su condición de teólogo. Cuando recuerda que “la vanidad y el orgullo pueden crear una sociedad de pocos, para pocos”. Luego ha llegado la refriega, quizá desafortunada, al aventurar el Papa que Donald Trump “no era cristiano”. Que levantar murallas en lugar de tender puentes no es cristiano, ni siquiera humano, ni siquiera eficiente. Trump, como era de esperar, ha estallado en improperios.

Se puede no tener un diagnóstico ni claves certeras para abordar o aliviar la vida de los emigrantes y el problema de los más marginados. Pero la tesitura moral, la simpatía y la compasión activa no pueden equivocarse. Hay que tener valor para vivir en Juárez, para hacer frente a sus peligros o para pensar en huir de aquel infierno y buscar una nueva vida en el norte. Por el contrario hace falta poco valor para demonizar a los inmigrantes y en general a los marginados de este planeta, que son parte de nuestra responsabilidad y en cierto modo nuestra misma sombra. No es necesario mucho esfuerzo para atizar miedos y recelos y refugiarnos en nuestra concha más o menos confortable, unos buscando votos, otros el poder y la gran mayoría una comodidad que no afronta con serenidad el dramatismo de los hechos narrados.

Obviamente la cita de Juárez es altamente simbólica. Las fronteras de Europa están sembradas de Ciudades Juárez, con cientos de millares de refugiados debatiéndose por la supervivencia y un futuro improbable. La presencia de los emigrantes y de los refugiados interpela seriamente a las diversas sociedades que los acogen. Estas deben afrontar los nuevos hechos, que pueden verse como hostiles si no son adecuadamente motivados, administrados y regulados.

Son palabras del Obispo de Roma: de todas las globalizaciones en curso, aquella por la que suspira el Pastor de la Cristiandad y por cuya difusión hace fervientes votos es la globalización de la esperanza. Porque se pueden sufrir privaciones sin cuento, pero “no podemos vivir sin esperanza”. [1]

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[1]Texto completo del discurso del Santo Padre a los jóvenes en Morelia (México): El papa Francisco les invita a reconocer la riqueza que Dios les da, a vivir con dignidad y con la esperanza que viene de Jesús. Febrero 2016.

https://www.aciprensa.com/noticias/encuentro-con-los-jovenes-en-el-estadio-jose-maria-moleros-y-pavon-76823/

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Imagen extraída de: El puntero

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