El engaño de los documentos sociales

El engaño de los documentos sociales

Darío MolláEs necesario que comience este post con una confesión: la de una experiencia personal. Después de leerla es posible que algunos o muchos dejen de leerlo. Pero es necesario explicitarla. Es ésta: cada vez me cuesta más, me resulta más frustrante y, por tanto, me apetece menos leer los documentos sociales eclesiásticos o de las congregaciones religiosas. Intento superar esa tentación y acabo leyéndolos, e incluso subrayándolos y trabajándolos, pero el sentimiento de distanciamiento o falta de entusiasmo persiste. Me pregunto por qué, y a esa pregunta responden estas líneas.

Entre otras posibles causas, que seguramente tienen que ver con debilidades y limitaciones mías, con cansancios o con desafecciones, creo que también está la que enuncio en el título: me parece que esos buenos y correctos documentos están sirviendo muchas veces de engaño. Hablamos de engaño cuando algo es aparentemente bueno, pero genera dinámicas que no son tan buenas; cuando algo tiene una buena intención, pero más allá de la intención produce efectos perversos, seguramente no deseados por los autores, pero reales. Por tanto, el problema no está en los documentos mismos, sino en el contraste entre esos documentos y sus efectos en la realidad o sus contrastes con ella.

Me vienen a la mente, tras reflexionarlo durante un tiempo, algunas de esas formas de engaño que expongo con respeto pero con claridad.

La primera de ellas es cuando el documento se convierte en fin en sí mismo y deja de lado la que creo que suele ser su intención primera, que es la de denunciar o movilizar. Se busca tanto la perfección técnica del documento, se abunda tanto en los matices, se contrapesan tanto afirmaciones y negaciones, que el documento pierde vigor y fuerza de interpelación. Es, quizá, un documento perfecto, al que seguramente ni le sobra nada ni le falta nada, pero que mueve a muy poco o a nada…

La segunda de esas formas es la que me parece más nociva, más frecuente y me duele más. Es cuando el documento nos deja la sensación de que ya está todo hecho, que hemos hecho lo que teníamos que hacer escribiéndolo y publicándolo y nosotros ya no tenemos nada más que hacer. Incluso el buen documento nos permite sentirnos satisfechos. Si se me permite decirlo de un modo algo más fuerte, el documento nos sirve de coartada para no dar un paso más. Ya son otros los que tienen que hacer, pero nosotros, ya hemos hecho lo que nos tocaba… Pues, la verdad, no sé…

Otra de esas formas de engaño es la de no acompañar la grandilocuencia de las palabras o la solemnidad de las expresiones con las prácticas cotidianas. Y claro, cuando más grandilocuentes y solemnes son las palabras, mayor es la distancia con la vida.

¿Se trata pues de dejar de escribir esos documentos, o de descuidar su contenido o sus formulaciones? En absoluto. Se trata, eso sí, de discernir y de examinarnos frente a posibles engaños…

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Imagen extraída de: Pixabay