Esther Vivas: "El hambre no es una fatalidad inevitable. Las causas del hambre son políticas"

Esther Vivas: “El hambre no es una fatalidad inevitable. Las causas del hambre son políticas”

Cristianisme i Justícia / Justícia i Pau / Mans UnidesEl próximo 19 de octubre comienza una nueva edición de los Lunes de los Derechos Humanos (Dilluns dels Drets Humans), una iniciativa de Justícia i Pau y Cristianisme i Justícia que se puso en marcha hace más de diez años con el objetivo de divulgar, analizar y poner en valor los derechos humanos con la ayuda de expertos e instituciones y a la que este curso se ha sumado Mans Unides. Este año empezamos con una mesa sobre los intereses que giran en torno a la alimentación y la lacra del hambre en el mundo. En dicha mesa que estará moderada por el periodista Josep Cabayol participarán Marco Gordillo, coordinador de campañas y trabajo en red de Mans Unides y Esther Vivas, periodista e investigadora en movimientos sociales y políticas agrícolas y alimentarias.

Con motivo de esta primera mesa, hemos podido entrevistar a Esther Vivas que nos ha dado algunas claves sobre el tema entorno al que girará esta primera mesa redonda…

-¿Por qué mueren o enferman tantas personas por desnutrición en un mundo en el que sobran alimentos?

El hambre no es una fatalidad inevitable. Las causas del hambre son políticas y tienen que ver con quien controla los recursos naturales (la tierra, el agua, las semillas) y a quien benefician las políticas agrarias. De hecho, hoy los alimentos se han convertido en una mercancía en manos de unas pocas multinacionales que los han convertido en un negocio. Además, cabe señalar que no existe un problema de subproducción alimentaria, al contrario, lo que sí hay es un problema de acceso y de distribución justa de la comida.

-¿De qué hablamos cuando decimos que se especula con el precio de los alimentos? ¿Qué papel juega en todo eso la bolsa de materias primas de Chicago?

El precio de los alimentos se fija en las bolsas de valores, la más importante de las cuales a nivel mundial es la de Chicago. La mayor parte de la compra y la venta de estas mercancías, que se realiza a través de los mercados de futuro, no corresponde a intercambios comerciales reales. Se compran y venden esas materias primas con el objetivo de especular y hacer negocio, y ello repercute finalmente en un aumento de su precio al consumidor. Los propios bancos, fondos de alto riesgo y compañías de seguros responsables de la crisis de las hipotecas subprime son los que especulan con la comida.

-¿Europa y Estados Unidos deberían dejar de exportar los alimentos subvencionados que arruinan a los campesinos de los países pobres?

Como muchos agricultores dicen, más que subvenciones lo que hace falta es que se pague un precio digno al productor por los alimentos que produce. Cosa que hoy no sucede. Hace falta transparencia en la comercialización del campo al plato. Y cuando aquí comemos alimentos “kilométricos”, que vienen del otro extremo del mundo, es porqué las multinacionales deslocalizan la producción agraria para ganar más dinero a costa de explotar a los trabajadores de los países del Sur.

-Hay quien defiende que los transgénicos son la solución al hambre en el mundo. ¿Estás de acuerdo? ¿Qué han supuesto los cultivos transgénicos para la producción agrícola de los países del Sur?

Los transgénicos no son la solución, al contrario, se trata de un modelo que genera hambre en la medida que privatiza las semillas y deja la agricultura y la alimentación en manos de las grandes empresas. Acabar con el hambre pasa por hacer accesibles las ingentes cantidades de comida que hoy se producen.

En cuanto al impacto de los transgénicos, lo podemos situar en tres niveles: sobre el medio ambiente, la salud y a nivel político. La coexistencia entre cultivos transgénicos y convencionales y ecológicos se ha demostrado imposible. En Cataluña, por ejemplo, el cultivo de maíz transgénico está acabando, debido a la contaminación a través del aire y la polinización, con la producción de maíz ecológico. Además, informes científicos independientes señalan el impacto negativo que pueden tener los transgénicos en nuestra salud: generando nuevas alergias, resistencia a antibióticos, disminución de la fertilidad, daños en órganos internos, etc. Muchos de los informes que los consideran inocuos están realizados, de hecho, por las propias empresas de la industria biotecnológica y protransgénica. Otro de los efectos negativos se da a nivel político, en cuanto al control y la privatización de las semillas. Monsanto es la empresa número uno en semillas transgénicas: el 90% de los cultivos modificados genéticamente a escala global cuentan con sus rasgos biotecnológicos.

-Hablemos de soberanía alimentaria. ¿Es una utopía? ¿Cómo se puede lograr?

La soberanía alimentaria implica reivindicar el derecho de cada pueblo a definir sus políticas agrícolas y alimentarias, a controlar su mercado doméstico e impedir la entrada de productos excedentarios y subvencionados de la agroindustria que vienen de otros países y que compiten deslealmente con los alimentos locales. Se trata de apostar por una agricultura de proximidad, diversa, campesina, sostenible, adecuada culturalmente a su entorno y que respete el territorio, entendiendo el comercio internacional como un complemento a la producción local. La soberanía alimentaria implica devolvernos el control sobre la agricultura y la alimentación.

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Imagen extraída de: Blog de Esther Vivas

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