Fuera de campo

Fuera de campo

Jorge Picó“Abre bien los ojos, mira”. Julio Verne, Miguel Strogoff

Como soy de efecto retardado y me pasa como a los pintores que necesito dejar que el cuadro repose para que sea el tiempo el que pinte, pues os escribo ahora, buena gente de Cristianisme i Justícia, unas líneas de agradecimiento por las jornadas sobre Fe y Justicia que habéis organizado. La vuelta en el cercanías hacia Vilanova i La Geltrú fue divertida pues andaba yo con mis soledades y olvidé quitarme el distintivo que nos entregasteis para reconocernos hasta que noté la mirada incrédula y un tanto escéptica de dos usuarios de la RENFE (sí, en esto nos han convertido en “usuarios” y no viajeros miraventanas, dispuestos a ensoñarnos gracias al traqueteo de las vías) leyendo lo de “Primera Jornada de Pensamiento Fe-Justicia”. Por un momento sentí lo que debe de ser dejar la comunidad y airearse con el hábito a cuestas, la camiseta del equipo de los cristianos bien visible en un campo que no es muy favorable y que juega a ganar a base de producir ruido y mucho descarte humano, ruido que no nos deja escuchar el murmullo del Bien, si es que el Bien hace algún ruido.[1] Pero disculpad, no es del sonido sino de miradas de lo que os quiero hablar.

No pude explicaros de viva voz que en el inicio de las jornadas me quedé colgado de la mirada de Xavi Casanovas hacia González Faus mientras hablaba de las injusticias en un mundo herido, globalizado y cambiante. Su exposición era dura, como un padre exigente que sabe que nos lo estamos jugando todo, que tenemos a Dios indignado con tanto ir de puntillas, ligeros, consumiendo, felices en medio de un apartheid económico y con las gafas de ver el dolor del otro ahumadas, incapaces de leer la palabra holocausto, produciéndolos con la conciencia tranquila. Pero Xavi seguía ahí, con una mirada que era un gozo y que me conmovía las entrañas. O al menos la entraña González Faus (esa que se adentró en forma de aire semántico y tinta negra). Es  deformación profesional, me paso horas en silencio y a oscuras en teatros observando actores que se esfuerzan en hacer públicos comportamientos humanos, porque interpretar, encarnar un personaje, es una actitud espiritual. Bien lo sabía Louis Jouvet[2]: “en el actor se produce una comunión con sentimientos que no son los suyos” (Jouvet era lector de Bossuet y de Claudel, y le habrían encantado las clases-entraña de González Faus, seguro). González Faus citaba a Camus y la gran pregunta de su novela La Peste: “¿Podemos ser felices en un mundo dominado por la peste?”. Y gracias a la mirada de Xavi me fui a otra obra tan importante como la de Camus que es La Dolce Vita de Fellini y que plantea otra pregunta, en mi opinión tan vital como la de Camus, al menos para los del oficio del mirar. Pero antes os refresco el principio de la película.

Si os acordáis, el film empieza con un Cristo transportado en helicóptero y sobrevolando un acueducto Romano en ruinas y luego adentrándose en una Roma en construcción, pujante, llena de andamios, grúas y ladrillos, mientras lo siguen niños corriendo y detrás un helicóptero con paparazzi y el periodista Marcelo Mastroianni, protagonista de la película. Pero lo que quiero que recordéis es el final porque conecta con la mirada y con el “vigila que la luz que hay en ti no se convierta en tinieblas” que citó mi entretela González Faus en su ponencia. Igual que en la novela de Camus hay un momento decisivo, el diálogo entre el doctor Rieux y Tarrou sobre el camino que hay que escoger para llegar a la paz y cómo se puede llegar a ser santo (respuesta: “Sí, la compasión”). El final de La Dolce Vita también acontece al borde del mar. En la peste se oye la “sorda respiración de las olas” y en Fellini son las olas las que juegan un papel importante para que seamos nosotros quienes llenemos de sentido el final. Después de más de dos horas ocurre que los ricos, los legítimos representantes de la dolce vita, los del “lo superfluo, tan necesario” que decía Voltaire, invaden un bosque con sus lujosos coches mientras pronuncian hermosas frases sobre el alba y la naturaleza, con el maquillaje corrido y pegajoso, tras una noche de orgía y diversión cuando aparece algo en la orilla. Es un pez enorme, pescado con redes y que provoca diversos puntos de vista entre los personajes. Los pescadores creen que vale mucho, a otros les produce repugnancia, un monstruo, otros como una mujer hermosa se arrodilla delante de él adorando su monstruosidad, casi seducida. Pero  a donde voy es al plano fijo de la mirada del pez, unos ojos acuosos, agonizantes que se cruzan con la mirada ojerosa y atravesada por el nihilismo de Mastroianni, una mirada desde el ángulo de su cabeza, melodramática, distanciada, en diagonal (la mirada trágica es vertical, de Sur a Norte, del suelo que se tambalea al cielo que calla ante la fractura del hombre) cuando se produce el milagro cinematográfico. Vuelve una joven camarera que Mastroianni conoció en un merendero de playa, una joven llena de proyectos y esperanza, que le llama en la distancia porque hay un meandro de agua que los separa. Las olas y la distancia no dejan al protagonista escuchar lo que dice y es incapaz de reconocerla. Se despide con un ciao con la mano, como hacen los italianos, doblando los dedos hacia adelante. La cámara se queda en plano fijo sobre ella. El protagonista se queda sin ver esa mirada salvífica, solamente la disfruta el público, regalándonos una mirada capaz de desafiar el moho que llevamos dentro. El plano queda fijo sobre unos ojos llenos de luz, femeninos, una mirada que nos obliga a reimaginarnos, una de esas imágenes que Bachelard llama absolutas porque no resumen ningún pensamiento, no remiten a un hecho sino que nos dejan habitar en ellas, descansar en su enorme valor.[3] Una mirada que está siendo. Con salida hacia el infinito por desbordamiento, transcendente pues. Es tarea del artista, y esto me lo enseñó el cineasta Alfonso Amador[4], recuperarla. Limpiarla de cinismo. ¿Cómo lo conseguiremos?

Al día siguiente se explicaba Josep Cobo diciendo que Dios está cinematográficamente fuera de campo, ahí, todavía por ver, pero acompañándonos, cargado de porvenir. Entonces la fe consiste en esa iniciativa humana de mirar y verlo fuera del plano fijo, mientras la creación acontece en forma de mirada con rostro de mujer, mirada del Yo frente al Otro, que está ahí no para someterlo, sino para sostenerlo, si somos capaces de verlo[5].

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[1] “El Soplo del Dios del Reino y de Jesús de Nazaret tiene más bien la intensidad sonora del susurro de aquella brisa suave, que el profeta Elías escuchó en el monte Horeb” ( (Cf. 1Re 19, 9-12)” Pág. 3 de Vientos de cambio. La Iglesia ante los signos de los tiempos. Cuaderno CJ 178, de F. Javier Vitoria.

[2] Louis Jouvet, Le comédien désincarné, pág 209. Ed Flammarion, París, 1997.

[3] “Sobre imágenes absolutas e ideativas en la pág 189 La poética del espacio, Gaston Bachelard, Fondo de Cultura Económica, México 2005.

[4] Su último trabajo es  50 días de mayo (Ensayo para una revolución), una magnífica mirada sobre el 15M, inspirada en una frase del sociólogo Jesús Ibáñez “Una revolución es una inmensa conversación: un rescate del ser de las garras del valor”.

[5] “La oposición de la cara, que no es la oposición de una fuerza, no es una hostilidad. Es una oposición pacífica, pero en la que la paz no es en absoluto una tregua, una violencia simplemente contenida. La violencia consiste, al contrario en ignorar esta oposición, en ignorar el rostro del ser, en evitar la mirada (…)”. Emmanuel Levinas. La realidad y su sombra. Libertad y mandato. Trascendencia y altura, pág 77, Ed.Trotta 2001.

Moda_luego_existo_+_La_dolce_Vita+_Finale[1]

Imagen extraída de: Contraplano

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