El año que la ecología se convirtió (oficialmente) en un asunto católico

El año que la ecología se convirtió (oficialmente) en un asunto católico

Grupo de Sostenibilidad y Ética Cristiana de CJLa expectación ha ido in crescendo a lo largo de los últimos meses. Al menos, así se deduce por el gran número de declaraciones y artículos publicados respecto a la anunciada encíclica de Francisco sobre ecología.

El creciente interés por la opinión del Papa respecto al medio ambiente se ha visto reflejado en la prensa internacional (The New York Times, El País, The Guardian, La Vanguardia), en editoriales de prestigiosas revistas científicas (Science), en “think tanks” (RTCC, Think Progress, RenewEconomy), en organizaciones ecologistas (Grist) y, por supuesto, en numerosos semanarios y foros digitales católicos (Radio Vaticana, America, The Jesuit Post, Ignatian Solidarity Network, Cristianisme i Justicia).

Incluso Christiana Figueres, secretaria ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, afirmó que la ONU está pensando cómo aprovechar la oportunidad generada por la encíclica papal, un documento de máxima autoridad para la iglesia católica, una comunidad religiosa que cuenta con 1200 millones de seguidores y el respeto de otros muchos.

Resulta lógico que un líder global y carismático de la talla de Francisco resulte atractivo, y más en una época donde la mediocridad política es la nota dominante. El (supuesto) potencial de movilización que implicaría el liderazgo del Vaticano –y de las grandes religiones– en cuestiones medioambientales trasciende con creces el ámbito religioso.

Pero lo desconcertante del momento actual es que el interés en foros extra-eclesiales por lo que la Iglesia pueda decir sobre ecología supera con frecuencia el interés de los propios católicos.

Quizás sean la impotencia y la frustración que han acompañado muchas de las cumbres mundiales de la ONU sobre cambio climático y medio ambiente las principales razones de la expectación. Pero puede que también haya un deseo sincero de ampliar la mesa del diálogo y escuchar lo que otros actores (tradicionalmente excluidos de un debate en apariencia técnico) tienen que decir sobre sostenibilidad, cambio climático, contaminación, población, pobreza, consumismo, desarrollo y la larga lista de problemas asociados.

¿Y qué puede decir una encíclica respecto a cuestiones tan complejas?

En nuestra opinión, y a riesgo de equivocarnos, hay cinco elementos valiosos que una encíclica puede aportar al debate ecológico contemporáneo:

  1. Sabiduría, no sólo conocimiento

La ciencia y la técnica describen bien qué está sucediendo en nuestra atmósfera, en nuestros océanos, en nuestros bosques, en nuestros ríos, en nuestros suelos y en nuestras sociedades humanas. Con sus cada vez más potentes instrumentos de medición y cálculo nos permiten asomarnos a realidades microscópicas, analizar fenómenos globales y realizar previsiones precisas. Sin embargo, todo ese gran conocimiento especializado resulta difícil de agregar y de comunicar.

La comunidad científica es consciente del problema y trata de generar espacios de diálogo trans-disciplinar y modos alternativos de transmitir sus principales conclusiones a la sociedad civil. El reciente informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático sería un buen ejemplo de ese doble esfuerzo. Y más aún cuando, a diferencia de los anteriores informes, el IPCC5 insiste en la interdependencia entre factores sociales tales como la pobreza, la inequidad social y los conflictos bélicos y la capacidad de adaptación y mitigación.

El resultado de estos ingentes trabajos de síntesis, por desgracia, ha resultado casi siempre pobre y frustrante. La acumulación de conocimiento no es suficiente para generar cambio social, para transformar las conciencias y movilizar los corazones. El conocimiento demanda sabiduría, reflexión colectiva y transformación personal para poder traducirse en cambio social. Y es en este punto donde las religiones, expertas en humanidad, pueden jugar un papel clave.

La futura encíclica no aportará nuevos datos científicos ni económicos, pero puede ofrecer una visión sapiencial, meditada, de los grandes retos de nuestra época.

  1. Una única “cuestión eco-social”

Si la “cuestión social” movió a León XIII a redactar la primera encíclica papal a finales del siglo XIX (Rerum Novarum, 1891), a finales del siglo XX se constató que ya no tenía sentido hablar de problemas sociales, económicos y ecológicos por separado. El debate en torno al desarrollo sostenible que tuvo lugar a partir de la conferencia de Estocolmo’72 hizo que la antigua “cuestión social” se transformase, progresivamente, en la cuestión “eco-social”.

La estrecha imbricación de las tres dimensiones del desarrollo sostenible hace que hoy hablemos de un complejo entramado de retos eco-sociales. Y para la iglesia, esos retos se enmarcan en la búsqueda de un desarrollo humano integral. Dicho de otro modo, la preservación de un medio ambiente sano es condición necesaria del desarrollo humano integral.

Esa es la convicción que Francisco ha venido expresando desde el inicio de su pontificado. Por ejemplo, sus repetidas críticas a la “cultura del descarte” apuntarían a las raíces culturales de un problema que se expresa en el descarte socio-económico, de personas “sobrantes”, y en el descarte ecológico, de alimentos y de la propia naturaleza. Una mirada sapiencial descubre y denuncia la dimensión cultural de todos estos problemas, así como su profunda interconexión.

  1. Una preocupación especial por los más débiles

Uno de los principios permanentes de la Doctrina Social de la Iglesia es la opción preferencial por los pobres. Por ello la preocupación por los más débiles y desfavorecidos, por aquello que más sufren las consecuencias de la degradación medioambiental –las minorías étnicas, los pueblos indígenas, los migrantes, los niños y los ancianos– ha sido la entrada de la iglesia al debate ecológico. Así lo han denunciado de forma reiterada los últimos pontífices, desde Pablo VI hasta Francisco.

Pero la pregunta que la acelerada degradación de la biosfera pone sobre la mesa va más allá del ámbito humano. La pregunta es si “el pobre” puede incluir también a la Tierra, como “nuevo pobre”. Así parece deducirse de la afirmación de Francisco: “En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta” (Evangelii gaudium 56).

Si hoy día no podemos ya separar problemas económicos, sociales y medioambientales, no debemos tampoco desligar la preocupación por el hombre de la preocupación por la creación. La atención histórica de la iglesia por el débil convierte el cuidado de la “ecología humana” y de la “ecología natural” en una única misión.

  1. Una propuesta vocacional: convertirnos en custodios

Si una de las dimensiones de la misión de la iglesia es la atención al más débil, uno de los elementos articuladores de la futura encíclica bien podría ser una renovada invitación al cuidado. Una llamada a convertirnos en cuidadores o custodios: “me refiero al conjunto de la creación. Los seres humanos no somos meros beneficiarios, sino custodios de las demás criaturas” (Evangelii gaudium 215).

En la audiencia que Francisco tuvo con representantes de los pueblos indígenas, el 21 de mayo del 2014, advirtió de la tentación de creernos dueños de la creación y de considerar que no existen límites a nuestro conocimiento de criaturas. En la raíz de esta doble tentación se encuentra una distorsión antropológica, una confusión respecto a quiénes somos y a cuál es nuestro lugar en el mundo. Una distorsión que provoca un enorme daño a la naturaleza y a nuestros hermanos.

La tarea de restablecimiento de relaciones armónicas con la creación y con los hombres es, en el fondo, una vocación, una llamada personal para creyentes y no creyentes a entendernos de otra manera. No somos dueños ni dominadores. Somos administradores, custodios de un bien que no es nuestro.

  1. Un nuevo espacio para el diálogo, la renovación (y la evangelización)

Por último, la sostenibilidad también se ha convertido en nuestra época en un foro de diálogo privilegiado para el cristianismo. Nos atreveríamos a decir incluso –aún a riesgo de exagerar– que es un areópago similar al que fue en otra época la filosofía griega o la cultura romana. El diálogo ciencia-religión que late bajo el debate ecológico es un reto urgente para la iglesia y una oportunidad histórica para hacer el cristianismo comprensible y relevante en una cultura dominada por la ciencia y la tecnología.

Al principio de esta reflexión hicimos referencia al interés expresado en círculos seculares por la opinión de la iglesia respecto al medio ambiente. A mi juicio, este interés es síntoma de un cambio cultural y no sólo fruto de la necesidad de incorporar a un actor (la religión) con una gran capacidad de movilización social.

A pesar de los excesos ideológicos y del alarmismo injustificado de algunos movimientos ecologistas, en cada vez más círculos de nuestra sociedad se percibe una inquietud sincera por el futuro de la humanidad y del planeta, un interés por lo que las religiones puedan decir y hasta una cierta búsqueda espiritual.

En resumen, el cuidado del planeta, nuestro hogar común, es una tarea espiritual y teológica, un lugar donde hacer “teología pública”, donde ofrecer una visión creíble y comprometida de la fe cristiana. En el debate ecológico contemporáneo la iglesia se juega algo más que su responsabilidad moral y su capacidad de estar a la altura de la historia, se juega una oportunidad única de renovación.

Esta puede ser otra de las razones (quizás la más importante) del interés de Francisco por el tema.

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Imagen extraída de: Taringa

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