La Esperanza, ¿es simplemente optimismo? (4): Quien vive en la esperanza no calcula

La Esperanza, ¿es simplemente optimismo? (4): Quien vive en la esperanza no calcula

Llorenç PuigAcabamos esta serie de ‘posts’ con unas consideraciones sobre cómo esta esperanza de la que hablamos puede ser impulsora también de una acción generosa, sin cálculos, sin esperar resultados inmediatos, gratuita. Y esto no es simplemente algo estético o una simple conclusión de una serie de razonamientos más o menos bien articulados. Esto es vida. Esto se hace vida.

En un lugar aislado del Chad conocimos y compartimos una eucaristía con unos religiosos españoles que llevaban muchos años allí. Uno de ellos, por cierto, murió poco después allí mismo a causa de una enfermedad repentina, y está enterrado en aquella tierra, bajo una pequeña cruz que lleva su nombre. Pues bien, cuando les preguntamos por qué estaban allí, gastando la vida, sin un éxito visible que honrara el sacrificio que hacían, nos respondieron: “La Virgen María no estaba al pie de la cruz porqué le gustara ni porque tuviera que hacer nada concreto, sino porque su hijo estaba allí, en la cruz…”. Estos religiosos estaban allí trabajando duro y bien, ciertamente, pero lo que hacían sobre todo era estar, apoyar, acompañar, sin demasiado cálculos, sin demasiados indicadores de éxito. Estaban allí porque allí hay hermanos/as que comparten muy vivamente la cruz de Jesús… y querían estar a su lado y servir en lo que pudieran. La eficacia de lo que podían hacer será Dios quien la ponderará.

Y nosotros, en nuestra vida y nuestro hacer de cada día nos planteamos a menudo, seguramente, que si no vemos resultados inmediatos no vale la pena el esfuerzo, y menos el sacrificio de nuestro tiempo, de nuestros trabajos, de nuestra vida.

En el primer ‘post’ decíamos que el Papa Francisco insiste en que ‘es más importante el tiempo que el espacio’, es decir, iniciar procesos que buscar resultados inmediatos. Pues bien, ahora daremos un paso más, porque hay una serie de puntos (EG 279 y ss.) donde plantea la importancia del hacer sin esperar resultados visibles de ningún tipo. Plantea una esperanza tan fuerte y arraigada que impulsa a una acción sin esperar nada visible de ella.

Y lo hace de nuevo con una perspectiva que se mueve en un horizonte de una altura mística extraordinaria. Pero una mística no que nos recluye en nuestro bienestar y nuestra ‘paz interior ‘, sino que, por el contrario, impulsa a la acción discernida y a la donación de sí desinteresada y valiente.

En efecto, el Papa dice que: “Como no siempre vemos estos brotes, necesitamos una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «Llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7)”.

Habla, así, de una fe que da confianza, que permite sembrar confiando en que las semillas ya seguirán su camino… Y le pone nombre a esta experiencia: “Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que el que se ofrece y se entrega a Dios por amor, seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5)”.

Y ahora entra ya a detallar de qué fecundidad está hablando:

“Esta fecundidad es muchas veces invisible, inalcanzable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia”.

En efecto, si en el mundo físico hay una serie de ‘principios de conservación’ (conservación de la energía, conservación de la cantidad de movimiento…), en la vida más amplia parece que se presenta un nuevo principio: el “principio de conservación de la acción amorosa”. Toda acción amorosa que se realiza, no se destruye, sino que queda para siempre en nuestro mundo. Lo dice así de bellamente el Papa:

“Todo esto da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha conseguido ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos”.

Cada gota de amor concretado en servicio, así, no se pierde, es fecunda siempre, aunque no veamos ni intuyamos cómo ni cuándo germinará… Y la razón de esta esperanza es bien teológica: “El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere, nosotros nos damos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra donación es necesaria”.

Y de esta manera nos encontraremos, confiados en las manos del Padre, como dice el salmo 131:

“Me mantengo en paz,

tengo el alma serena;

como un niño en el regazo de la madre,

como un niño pequeño se siente mi alma.

Israel, espera en el Señor,

ahora y por todos los siglos”.

Esperar, confiar, en una actitud que nos da paz, pero que no nos deja tranquilos ni inmóviles: “Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la donación creativa y generosa. Continuemos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca”.

Y finalmente veamos como en esta propuesta se evita el voluntarismo y se remarca la necesidad de la oración, de pedir el Espíritu vivificador e impulsor:

“Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26). Pero esta confianza generosa debe alimentarse, y por eso necesitamos invocarle constantemente. Él puede curar todo lo que nos debilita en el interés misionero”.

Efectivamente, hay que cuidar el corazón, hay que invocar insistentemente el Espíritu, que es quien puede darnos el coraje para sembrar una y otra vez, que es quien puede fortalecer nuestro espíritu misionero incombustible.

Y acabamos estas reflexiones del Papa, que son tan atrevidas y que aquí simplemente presentamos brevemente, constatando lo que nos dice a continuación: que todo esto nos puede parecer ilusorio, que nos puede parecer imposible, puede despertar en nosotros la sensación de vértigo ante algo que nos sobrepasa… Pero miremos lo que dice todavía, bien consciente de la magnitud de lo que está planteando: “Es verdad que esta confianza en lo invisible puede producirnos cierto vértigo: es como sumergirse en un mar donde no sabemos qué vamos a encontrar. ¡Yo mismo lo he experimentado tantas veces!”.

Y añade:

“Pero no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hay en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos!”.

Que estas consideraciones sobre la esperanza que, como hemos insistido aquí, están cargadas de profundidad mística, no se queden en unas reflexiones espirituales sino en lo que son: motores para nuestro sentido misionero de ahora y aquí, un sentido misionero valiente, persistente, intempestivo, que nos lleve más allá de lo que nuestros pobres cálculos, o nuestros miedos e inseguridades, nos permiten soñar.

Que esta esperanza nos lleve a soñar en Dios… y a trabajar incansablemente y amorosamente, como Él nos ha enseñado.

¿Nos atrevemos? Nuestro mundo necesita personas que digan que sí.

Sembrar-amor

Imagen extraída de: SSCC Bilbao

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