El legado de un martirio

El legado de un martirio

El día 19 de noviembre en Cristianisme i Justícia tuvo lugar una mesa redonda para conmemorar el 25 aniversario del asesinato de los jesuitas profesores de la UCA de El Salvador, y las mujeres Elba y Celina Ramos. En la mesa hablaron José Sols, autor del último cuaderno de CJ “Las razones de Ellacuría”, Xavier Alegre y la salvadoreña Marga García O’Meany, estudiante de la UCA en aquellos tiempos y alumna de algunos de los jesuitas asesinados. Su testimonio nos impactó especialmente, por lo que queremos reproducir algunos fragmentos. Podéis encontrar íntegramente la mesa redonda aquí.

Margarita García O’MeanyBuenas noches, gracias por su presencia y por acompañarnos en esta conmemoración. Hoy nos convoca la memoria, una memoria inquietante, la memoria de una impunidad. Nos convoca el recuerdo desde la vida de ocho mártires de la paz con justicia, ocho personas que encarnan el sufrimiento de un pueblo; estamos hoy convocados para evocarlas agradecidos, para desafiarnos, motivarnos y provocarnos en seguir su ejemplo de compromiso y la voluntad de trabajar por los más débiles al servicio de la justicia. (…)

Su asesinato fue parte de una violenta ofensiva contra un pueblo que se negaba a seguir siendo oprimido y contra aquellos que se comprometían en la humanización y el fin del conflicto, que se preocupaban de los refugiados, los desplazados, los heridos por los bombardeos contra la población civil, contra aquellos que querían y trabajaban para que las cosas cambiaran en El Salvador. (…)

Su compromiso académico a través de sus clases, artículos, investigaciones y publicaciones que hizo que la realidad salvadoreña tomara la palabra y fuera conocida en todo el mundo, analizando las causas de porqué se llegó a tal punto de conflictividad, proponían caminos más humanos y viables de solución. (…) Para todos los que aprendimos directamente de ellos, fueron ejemplo de grandes maestros: pacientes, generosos y exigentes con sus alumnos. Personas sabias, enseñaron a muchos y aprendieron de muchos otros. Fueron mentores de ética y profesores de humanidad y humildad.

(…)

De los ocho mártires, de todos ellos y ellas conservo recuerdos, momentos que con el tiempo se han convertido en lección de vida.

Me siento afortunada por haber conocido y compartido una parte de mi vida con estas personas, especialmente en mi etapa de estudiante y como instructora y ayudante de investigación con el P. Segundo Montes, con quien tuve un vínculo especial: se fue mi mentor, maestro, amigo y padre espiritual. Acompañándome como hace un padre. (…). Irradiaba energía en todo lo que hacía. Le encantaba la docencia, le gustaban las aulas grandes y a rebosar de alumnos. (…) En su parroquia de la colonia Quezaltepeque de Santa Tecla se ganó el afecto de la gente por su generosidad y trato cercano. Para mí fue un padre consentidor, claro en sus principios y tajante en sus afirmaciones que me transmitió con mucha estima. Gracias a él y a este vínculo tuve la oportunidad de verlos a todos ellos en su espacio de comunidad.

Conocí a Elba en mi último año de carrera. Recuerdo su gentileza ofreciendo café cuando iba a estudiar con mis compañeros Ticho y Juan Carlos, en ese momento estudiantes en el Teologado de Antiguo Cuscatlán. Alegre e intuitiva, siempre sonriente nos animaba cuando nos veía cansados. Observadora y sensible, siempre pendiente de los detalles hacia los demás, nos hacía sentir cómodos y en confianza a los que íbamos de visita al Teologado. Posteriormente pude coincidir cuando ella ya trabajaba en la comunidad de la UCA y, como si el tiempo no hubiera pasado, me recibió con una gran sonrisa y un cálido abrazo.

Cuando conocí a Celina, su hija, en ese momento todavía era una niña a la que escuchaba reír con su madre desde la cocina. Lamento no tener más recuerdos de ella, pero sí tengo grabadas sus risas infantiles.

Los seis sacerdotes permanecen en mi recuerdo como maestros en todos los sentidos: académico, personal y espiritual. Con todos ellos aprendí que no hay retroceso en el compromiso al servicio a los pobres o, como también solían decir en lenguaje universitario salvadoreño, en el compromiso con las mayorías populares. (…)

Pocos conocen la afición de Nacho por la música Pop. En aquella época le gustaba cantar la canción de Michael Jackson “We are the world”, que nos ayudaba a bajar la tensión cuando teníamos que pasar los controles del ejército al volver de los trabajos de campo.

De Segundo ya he hablado, era el primero que bajaba de los jeeps cuando un control nos detenía, con su presencia y altura preguntaba quién estaba al mando y daba las explicaciones oportunas para poder marchar, teniendo siempre cuidado de la seguridad de todo el equipo. (…)

“Ellacu”, pendiente en todo momento del seguimiento de los trabajos de investigación, nos recordaba en las reuniones de coordinación que el trabajo académico y el saber universitario debía estar en función de la exigencia primaria ética y práctica de responder a las necesidades de las mayorías populares. Hablaba a menudo de los pobres como los privilegiados de Dios. Asistía a las reuniones como uno más, con sencillez, haciendo participar a los que a veces nos sentíamos intimidados por su presencia.

Juan Ramón Moreno era un experto con la computadora y junto con Nacho eran los encargados de enseñarnos a sistematizar la información que luego salía en unas tarjetas perforadas. Tengo que destacar su paciencia y sentido del humor, ofreciéndonos clases magistrales fuera de currículo para aprender a utilizar un programa informático de tratamiento de datos pionero en aquella época: el SPSS. ¡Hicimos tantos chistes sobre sus siglas!

El padre Amando López, conocido como el “Padre Loving”, no trabajaba directamente en la búsqueda pero compartíamos espacio en el “Olimpo”, la zona de oficinas de los profesores donde en los inicios trabajaba el equipo de investigación (ahora es el IDHUCA). Se había tomado como tarea aportarnos momentos de distensión en las largas jornadas de trabajo. Su alegría, jovialidad y carácter bromista hizo que conectara rápidamente con el equipo de investigación, con el que preparábamos bromas para el día de los inocentes… y también fuera del día de los inocentes. (…)

El padre Joaquín López no participaba de nuestras investigaciones, pero estas no habrían sido posibles si no hubiera fundado conjuntamente con los padres Gondra y Idoate la UCA. Apoyaba y creía en el trabajo que hacían sus compañeros y hermanos, y creía firmemente en la necesidad de la educación de las clases populares. Esto le llevó a crear Fe y Alegría.

Todos ellos vivieron unidos en la vida, unidos en la muerte. Sus vidas fueron truncadas por el odio. Todos ellos están enterrados en la misma historia de dolor del pueblo salvadoreño, pero a la vez resucitando en el pueblo, en la gente sencilla de El Salvador y el mundo entero. Debemos recordarles como lo que fueron, personas que luchaban a favor de la verdad, la esperanza, la alegría… Ellos viven entre los pobres, entre los más vulnerables de este mundo, en aquellos en los que la esperanza resiste, en todos los hombres y mujeres de buena voluntad que trabajan por la paz con justicia.

Y en palabras del padre Tojeira: “Que Dios nos dé fuerzas para ser fieles a su palabra hecha carne y hecha sangre en El Salvador”. Y yo añado: fuerzas en todo el mundo para continuar trabajando con y para los más débiles.

¡Gracias!

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Ilustración de Roger Torres para “Las razones de Ellacuría”.

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