Un pueblo que celebra

Un pueblo que celebra

Pau Vidal. [Maban.Upper Nile] Anoche, hacia las 5 de la mañana oímos griterío, ruido y disparos. Era una noche con luna espectacular. Nos despertó pensando que otra vez nos tocaba correr.

Pero al escuchar mejor pudimos reconocer que eran gritos de alegría. Las mujeres gritaban, cantaban y golpeaban cacerolas, los hombres hacían sonar los cuernos o tiraban disparos al aire. En aquella hora matutina todo el pueblo de Bunjin celebraba. Los Mabaneses celebran la cosecha. Canto, baile y comida abundante (han matado el cerdo gordo).

La fiesta que comenzó ayer es la más sonada del año, de hecho, marca el final y el inicio. Como la mayoría de sociedades agrarias, el pico de la cosecha marca un antes y un después. Hay que celebrarlo. En los próximos meses los jóvenes se podrán casar y podrá haber celebraciones de todo tipo. Hoy se celebra agradecidamente en la tierra los dones ofrecidos, incluso en años en que la cosecha ha sido escasa, como este.

En marzo/abril terminará el periodo festivo y tocará ponerse a trabajar duro, porque si no, la cosecha del próximo año no será buena. Ni bodas, ni grandes fiestas, todos a currar y a racionar las pocas reservas de sorgo (el cereal más típico aquí) que quedan en las despensas.

Al mismo tiempo los musulmanes (mayoría aquí en el pueblo y en los campos) hoy han comenzado tres días de fiesta por el Eid Al-Adha, la fiesta musulmana del sacrificio (recordando la fe de Abraham). Hemos podido ir a visitar a una familia musulmana de refugiados y nos han ofrecido una comida exuberante, todos comiendo de la misma plata. Una vez satisfechos, siguiendo el sonido de los tambores, hemos llegado bajo un baobab donde unas doscientas personas bailaban al son de los tambores. Viejos, adultos, jóvenes, niños, hombres y mujeres. TODOS están incluidos en esta fiesta.

La fiesta es una de las categorías antropológicas más arraigadas y extendidas por todo el mundo. No hay vida humana sin estos momentos donde lo cotidiano se resquebraja y aparece

el gozo,

el exceso,

la desmesura,

la gratuidad.

Jesús inició su transcurrir en una fiesta de boda (Jn 2, 1-12) y dijo que el Reino de Dios se parece a un gran banquete donde buenos y malos tienen cabida (Mt 22, 1-10). La fiesta es vivir en subjuntivo que decía un teólogo hispano desde tierras gringas.[1] Sólo cuando la realidad se vive como realizada (el “ya sí”) y al mismo tiempo como promesa (“el todavía no”) probamos algo de lo que es ser humanos.

Cuando experimentamos un amor total tocamos el “ya somos”, la plenitud de lo que estamos llamados a ser. Ahora bien, las discordias, el dolor, la violencia brutal nos recuerdan que “todavía no” vivimos del todo esta plenitud. Vivimos en un mundo precioso y a la vez feo a morir. Sudán del Sur está en guerra, pero este “aún no” tan absurdo, esta fealdad, no impide que hoy en Maban los campesinos locales y los refugiados viviendo en el exilio celebran el “ya sí,” la belleza de la vida y lo hacen no como individuos sino como pueblo.

En cambio, en otras latitudes parece que las personas hayamos olvidado el sentido del celebrar comunitario. El fin de semana, las vacaciones o las ocasiones señaladas (que deberían ser estos espacios de celebración y gratuidad) a menudo se han convertido en una tarea más que hay que planificar, llenar, organizar…

Hacer, hacer, hacer.

hacer más

…más cosas,

…más deprisa,

…más impacto,

…más resultados,

…más beneficios.

Corremos el peligro de olvidar el ser, el estar. Todo el mundo corre, coge el coche, viaja, tiene prisa para ir a otro lugar… pero ¿para qué? Quizás simplemente huyendo de uno mismo, de aquel silencio y aquella serenidad que primero asustan pero que con el tiempo llenan de sentido nuestras vidas.

Antes de volver a África, un compañero jesuita ya mayor me dijo: “Pau, ahora yo lo veo todo con perspectiva, y estoy muy contento de poder tener tiempo para orar, para estar… no te olvides que el gran peligro nuestro es la herejía del activismo”.

En Maban, hoy el pueblo celebra sin prisas, y lo hará durante días y meses, porque reconocen que el don de la vida es un inmenso regalo totalmente inmerecido que nadie ha ganado a pulso y que nadie puede dar por supuesto.

Vivir es un milagro cotidiano.

A pesar de la fealdad de nuestro mundo, la violencia y el “todavía no” está en nuestras manos vivir la belleza, el amor, el “ya sí”, celebrándolo en comunidad.


[1] Ver Roberto S. Goizueta, “Fiesta: Life in the Subjunctive,” in From the Heartof Our People: Latino/a Explorations in Catholic Systematic Theology, ed. Miguel H. Díaz and Orlando O. Espín (Maryknoll, N.Y: Orbis Books, 1999), 90–91

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Imagen extraída de: Maban.Upper Nile

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