Memoria de un genocidio

Memoria de un genocidio

Sonia HerreraTenía 3 años cuando un día volví del colegio y le espeté a mi padre: “Papa, ¿a qué no sabes quién descubrió América?”. Mi padre, para no quitarme mérito, me contestó: “No, cariño, ¿quién?”. A lo que yo, como quien ha encontrado la piedra filosofal, respondí pletórica: “¡Pues Cristóbal Colón, tonto!”.

Tardaría muchos años todavía en renegar de esa “historia oficial” aséptica y libre de toda culpa y agravio que nos transmitían en el colegio. Casi 20 años después, cuando mis amigos mexicanos me llamaban “gachupina” en tono burlesco y Macaco, uno de ellos, bromeaba acerca del cambio entre espejitos y oro, fue cuando aquella historia se desmoronó de repente como un castillo de naipes.

Poco después caería en mis manos esa obra imprescindible y archiconocida de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, y sus palabras aún me resuenan cada 12 de octubre: “Aquella violenta marea de codicia, horror y bravura no se abatió sobre estas comarcas sino al precio del genocidio nativo” (2008: 58).

Y es que tal y como escribiera Ignacio Ellacuría (1990) a propósito del “quinto centenario” de América Latina,

“con el «descubrimiento» del llamado «nuevo mundo», lo que realmente se descubrió fue lo que era España en verdad, la realidad de la cultura occidental y también de la Iglesia en ese momento. Ellos se pusieron al descubierto, se desnudaron sin darse cuenta, porque lo que hicieron respecto a la otra parte fue «encubrirla» no «descubrirla».  (…) en la primera entrada de Europa, encabezada por España y Portugal, en el ámbito de lo que es hoy América Latina, lo que se puso de manifiesto fue un «descubrimiento del que conquista»; y un «cubrimiento violento y violador de los pueblos allí existentes», de sus culturas, de su religión, de sus personas, de sus lenguas”.

Porque América Latina no fue descubierta, sino invadida y saqueada. Su historia es la historia de un expolio y un genocidio que se ha prolongado hasta nuestros días y que ha sido llevado a cabo tanto por las potencias coloniales europeas como posteriormente por los propios estados americanos tal como ha sido declarado en reiteradas ocasiones por la Cumbre de los Pueblos Indígenas de América[1]. Es la historia de una ocupación ilegal e inmoral acompañada de limpieza étnica, explotación y esclavitud, aunque Colón, Cortés, Magalhães o Elcano no manejaran esos términos.

Y la “amnesia obligatoria” una vez más se extendió, y no hubo reparación tras el ultraje ni se hizo justicia a los pueblos originarios por toda la humillación sufrida. Se nos vendió por sistema la cara amable de la “modernización” y el “progreso” porque como muy bien apunta Raimundo Cuesta Fernández, poco tiene que ver la Historia enseñada con la regulada, y menos aún, con la soñada.

La opresión que no cesa

En su novela Malinche, Laura Esquivel le atribuye estas palabras a Malinalli, la mujer indígena que fuera amante de Hernán Cortés:

“La peor de todas las enfermedades nacidas de tu ambición no ha sido la viruela ni la sífilis. La más grave de todas las enfermedades son tus malditos espejos. Su luz hiere, como hiere tu filosa espada, como hieren tus crueles palabras, como hieren las bolas de fuego que tus cañones escupieron sobre mi gente. (…) Tus espejos devuelven a mi vista el espanto de las muecas abiertas que tienen los rostros de los hombres que se han quedado sin lenguaje, sin dioses. Tus espejos reflejan a la piedra sin volcán y al futuro sin árbol. (…) En las imágenes de tus espejos hay gritos y crímenes devorados por el tiempo” (2006: 182).

Pero con el paso del tiempo la colonización mudó la piel, pero no finalizó ni borró los crímenes. Así lo describe Eduardo Galeano (2008: 16-17):

“Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha trasmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo: la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres [y mujeres] y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos. El modo de producción y la estructura de clases de cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se le ha asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias sucesivas”.

“Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial. (…) el bienestar de nuestras clases dominantes -dominantes hacia dentro, dominadas desde fuera- es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de bestias de carga”.

La historia no se puede cambiar, pero sí se puede reparar el daño histórico y todo lo que ha traído consigo: muertes, aculturación, usurpación de tierras, hambre, desempleo, neoliberalismo, deuda externa…

Actualmente el colonialismo no se viste de espadas, espejitos y armaduras; no se llama Francisco Pizarro ni Isabel I de Castilla. Ahora el neocolonialismo se viste de globalización económica, dictadura de los mercados y devastación de la naturaleza y se llama NAFTA, Endesa, Gas Natural Fenosa, Repsol, fazendeiros, transgénicos, transnacionales, narcotráfico, fondos de inversión, Calyx Agro, PineBridge Investments LLC, Adecoagro, Peckwater Limited y un larguísimo etcétera de nombres.

Mucho queda por sacar a la luz y mucho por reivindicar. Ya en el Primer Encuentro Continental de Pueblos Indios celebrado en 1990 se expresó lo siguiente en la Declaración de Quito: “Los Indios de América no hemos abandonado jamás nuestra constante lucha contra las condiciones de opresión, discriminación y explotación que se nos impuso a raíz de la invasión europea a nuestros territorios ancestrales”. Los pueblos indígenas lo tienen claro. Ahora falta que desde aquí dejemos de bailarle el agua de una vez al mismo poder estatal opresor y encubridor que nos precariza a todos/as y que reniega de la memoria histórica aquí y allá porque recordar supondría perder la máscara y hablar de unos derechos humanos que son constantemente contravenidos por una supuesta democracia.



[1] Según el PNUD, en América Latina y el Caribe, los pueblos indígenas actualmente solamente alcanzan alrededor del 10% de la población total de la región. Aunque pueda parecer poco, los pueblos indígenas suman una población total de aproximadamente 50 millones de personas.

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Ilustración de Carlos Latuff