Educación, dignidad, causa humana

Educación, dignidad, causa humana

Daniel Jover. [El diari de l’educació] Tu risa me hace libre, me pone alas. Miguel Hernández

He intentado que mi reflexión[1] tuviera la luz y la fuerza de este elemento que está omnipresente en nuestra práctica educativa: la sonrisa. La educación, o es alegre, o es fúnebre. En cierto modo, somos centinelas de la libertad y la alegría necesarias para una práctica transformadora. Ante una avalancha de normas legislativas tan autoritarias como inútiles, reivindico que la educación es diálogo y arte. El educador o la educadora es artista porque juega creativamente con una materia con la que trabaja de manera permanente, escucha los sonidos del silencio y sabe utilizar un tipo de inteligencia que no te enseñan en ningún master: la intuición y la cooperación.

Debemos revitalizar la inteligencia intuitiva y cooperativa para percibir la fuerza de las sonrisas, expresión de una profunda alegría. Por eso, educar siempre reivindica el juego y la cooperación como base de cualquier aprendizaje. Debemos transformar estos espacios bulliciosos que son los pasillos, los patios, los comedores, en espacios de esperanza, incorporando criterios y normas de convivencia e instaurando la capacidad de sorprendernos permanentemente. Ilusión viene de in-ludo, meterte en el juego. La educación es un arte, pero también es un juego, en el que a veces no ganamos. Debemos aceptar pequeñas derrotas, pero la causa de la educación, la dignidad humana, es siempre invencible. Podemos ir cambiando las normas, pero no a mitad del juego, sino después de las evoluciones.

Eutopía

La educación no es una utopía. Es una eutopía. La diferencia está en que utopos es un lugar que no existe (aquel lugar que Galeano dice que sirve para caminar, pero a veces el desierto es muy largo, los años cansan y hay mucha gente quemada en el mundo de la educación si consideran que la meta es un lugar donde no llegaremos nunca), mientras que eutopos se refiere al “buen lugar”, el poder del cual es lo que tenemos que reivindicar. Y aquí bebemos mucho de América Latina, de todas las aportaciones del “buen vivir”, por ejemplo.

Es importante reivindicar la eutopía educativa como el espacio donde experimentamos la causa humana. No hay educación transformadora sin una apuesta por la belleza y el amor. El gran Paulo Freire nos decía un día que la mejor manera de embellecer el mundo es transformándolo. La apuesta educativa es una opción ética, pero también estética, porque el ser humano necesita luz y la educación necesita luz natural. Somos seres de belleza. Y, ¿sabéis lo que afea la vida? Un sistema socioeconómico depredador que se llama capitalismo sin límites. Por ello, la educación transformadora busca cambiar las personas desde la libertad, la cooperación y la subjetividad, para que puedan tener percepciones diferentes de la realidad. La naturaleza política de la educación no se puede eludir. Cuantas más veces se insiste a los educadores con las tecnologías de la transmisión, más se está olvidando su vocación fundamental, que es la capacidad de hacer que la gente aprenda a ser persona.

Los tres elementos básicos de nuestro currículo, los tres hilos básicos que tenemos que trenzar para ser personas son: aprender a pensar; conocer y reconocer nuestras emociones y sentimientos, y saber relacionarnos. Son las tres piezas clave que tenemos que trabajar.

Ser persona es una condición fundamental para cualquier proyecto de transformación, y en esta tarea heroica y titánica, pero también lúdica y festiva, que es acompañar a los individuos en su proceso de ser persona, la habilidad de aprender a pensar tiene que ver con saber analizar los problemas, tomar decisiones y asumir los riesgos de cualquier decisión que se tome, a fin de que no decidan por ti.

Vivimos en sociedades que inoculan el miedo hasta niveles patológicos: miedo a perder el trabajo, miedo a que te quiten otra paga, miedo a quedarse embarazada… Miedo. Este es el gran cómplice del espíritu pusilánime y del conformismo social. Los seres humanos somos seres de esperanza, no de resignación, y menos aún de sumisión. Por ello, si las personas aprendemos a pensar, representamos un gran peligro para cualquier sistema de dominación que niegue o manipule las libertades. Todos los sistemas educativos han tenido siempre la obsesión de que la gente acumule mucha información, que llegue a la excelencia, pero que no piense, sobre todo que no piense con sentido crítico y espíritu libre. “Tu risa me hace libre, me pone alas”. Por eso expulsan la alegría de las escuelas. Paulo Freire también decía: “La clave de la educación es que los maestros sean risueños”. La observación, saber mirar, es fuente de ideas, de creatividad, de innovación. Los griegos decían que todo conocimiento se origina en la sorpresa, en la admiración. Si dejamos de admirar lo que nos rodea, seremos unos aburridos. Y con profesores aburridos, que no son risueños, no hay cambio educativo.

El segundo elemento para ser persona son las emociones, los sentimientos. Unamuno decía que los sentimientos son pensamientos estremecidos. Hay que reconocer las emociones y gobernarlas, y controlarlas. ¡Qué mala educación estamos dando a los niños cuando no sabemos decirles “no”, ni ponerles límites! Estamos generando consumidores compulsivos, que es lo que quiere el sistema. La crisis sistémica y global tiene mucho que ver con la desmesura y el malestar emocional que tenemos las personas, que queremos encontrar la felicidad en la posesión, en el hecho de tener cosas. Una persona que no se quiera a sí misma no querrá a nadie. Las personas necesitamos ser amadas, pero sobre todo saber amar. Y esto conlleva generosidad, dar sin esperar nada a cambio.

El tercer elemento es saber relacionarse, saber convivir. Poder hablar de lo que nos separa. Con comunidades educativas divididas, no hay avance. Capacidad de relacionarnos significa capacidad de analizar los conflictos y resolverlos. La solución siempre implica una mezcla de componentes. No hay milagros ni varitas mágicas, pero nos han inoculado que hay salvadores, que existe una receta única, la fórmula magistral. No. Hay mezcla: unos gramos de afecto, medio kilo de paciencia, unos gramos de visión de futuro, un poco de egoísmo…, todo manejado y aplicado con dulzura. Buda decía: “No creas nada que no hayas verificado por ti mismo, incluyendo esto”. Es decir, somos seres de experiencia, de vivencias y de convivencia. La interrelación se articula en el diálogo. La educación, o es dialógica o, si no, es imposición, monólogo, discurso único. La educación siempre es un acto de comunicación y, para que haya comunicación, debe haber equidad y respeto a la diversidad. Se aprende a relacionarse haciendo gestos y actividades que ponen de manifiesto las competencias de saber relacionarse. ¿Cuántas veces dejamos que nuestros chicos se autoorganicen, que asuman riesgos? La tutela mal entendida aplasta la iniciativa. Así llegamos a gente de treinta años que no quiere correr ningún riesgo, porque los hemos criado sin capacidad de tomar decisiones, acolchados en una falsa protección que les ha engendrado miedo a lo desconocido. Y el mundo es asumir lo desconocido. El futuro lo tenemos que construir, pero no tenemos la certeza absoluta, no podemos determinar las cosas, debemos ser protagonistas de los procesos. Por eso no hay nada mejor que estar en compañía, crear equipos, compartir los afectos y las emociones que proporcionan seguridad y autoestima sólida. Si no rompemos la espiral de miedo y de individualismo, caminaremos sobre el abismo. El miedo y el individualismo nos inhiben, incluso, de amarnos.

La apuesta

En uno de los seminarios y diálogos que tuvimos con este gran pensador y teólogo de la liberación que fue Giulio Girardi, él planteó que ni el futuro estaba predeterminado ni había una esperanza ajena a nuestra capacidad de intervención. Dependía de nuestra capacidad de compromiso y acción solidaria: la transformación del mundo siempre es una apuesta por lo incierto y lo desconocido impulsada por la causa humana sobre la base de la tríada de dignidad, justicia y derechos humanos.

¿Qué aprendizajes me han servido y he manejado en mi práctica profesional y humana? Intento que haya una íntima interrelación y coherencia entre pensar, sentir, decir y hacer. Elegí este oficio de educador como artista que busca la belleza en la práctica, que se compromete en la transformación del mundo y escribe para acercarse un poco más a la verdad y poder explicarlo mejor.

Yo soy un maestro y un emprendedor social que me dedico con pasión a la educación más allá de la escuela, en el mundo del trabajo y de la empresa, en la formación e inserción profesional en el mercado laboral, en la economía social y solidaria, a favor del desarrollo local y sostenible, para la soberanía alimentaria y el mundo rural vivo, a educar el sentido de la iniciativa emprendedora y cooperativa. He tenido la suerte de conocer a grandes maestros ─hombres y mujeres─ que me han acompañado en la experimentación, la innovación y la transferencia de lo que es significativo de nuestras iniciativas y proyectos. Reivindico la fuerza de su etimología, magister, que me gusta más que la palabra minister. Esta viene de minus, de ministro, que quiere decir “el menor que sirve y ayuda a la comunidad” (¡que pocos ministros de verdad tenemos!); en cambio, magister viene de “matriz de sabiduría”, del “que sabe” porque ha profundizado en su propia experiencia vital.

He aprendido el valor del diálogo, los pactos y la mediación, para regular y resolver conflictos y encontrar siempre la solución más ligera, a fin de que se resuelvan sin que pierda nadie y ganemos todos.

A veces pienso que esta fijación que tengo para llegar a acuerdos, conseguir concordia y evitar los rechazos y resentimientos, la adquirí en mis inicios profesionales trabajando en educación especial con personas discapacitadas. Los malentendidos o incomprensiones a veces aparecen porque no se ha comunicado correctamente una idea o un propósito y eso hace que se desvíe la intención y se malinterprete. Aquellos chicos y aquellas chicas tenían una gran sensibilidad que fácilmente se podía herir con cualquier detalle, gesto o mirada; ellos me enseñaron la grandeza de la sutilidad y la importancia de los afectos y las emociones en la relación educativa. Había que hablar claro y poder dar mensajes sencillos y comprensibles con el apoyo didáctico del ejemplo. Quien trata con respeto y generosidad a las personas recibe también su afecto y agradecimiento.

Lo único que es ilimitado por el lado negativo es la estupidez humana, mientras que por el lado positivo lo es la sabiduría, a condición de que sea humilde. ¡Cuántas veces se nos ha impuesto la pretensión y la soberbia de determinadas técnicas o modelos autoritarios!

La tríada interioridad, solidaridad, sobriedad

No nos cansaremos nunca de reivindicar que el saber es sabor. Busquemos los pliegues más recónditos del ser humano, sus miserias y grandezas, para ayudarle iluminando las zonas oscuras del alma donde todos nos sentimos inseguros y frágiles, pero que forman parte de la raíz de nuestra naturaleza. Intentemos aproximarnos con respeto, conocimiento y profundidad a los misterios de cada persona en cualquier etapa, sea en la infancia o la juventud, en la adolescencia o en la edad adulta con sus múltiples variedades. Aprendamos de manera permanente gracias a una visión global y transdisciplinaria que no encorseta los saberes ni parcela los conocimientos ni la complejidad de la realidad.

He aprendido tres cosas. Una: la importancia de trabajar la interioridad. La globalización ha dado libertad de movimientos a las finanzas, los capitales, las empresas… Esta mercantilización pasa por cosificar a las personas, y hemos olvidado que las personas somos seres de misterio, con capacidad de resistir, de superar adversidades. Hay que trabajar la interioridad, y esto nos remite a la mística, el misterio de existir, en el origen de todo conocimiento: la sorpresa. No hablo de religiosidad, estoy hablando desde una perspectiva laica. Pedro Casaldàliga y Leonardo Boff hablan de la madre tierra, de la cultura indígena, nos explican que hay cosas que son tan importantes que su valor es sagrado: la Tierra.

Segunda cosa: la solidaridad. Es la conexión con la ética. Viene de solidus, sólido. Pero la espectacularidad de la solidaridad luce mediáticamente. Los educadores no somos “inmediáticos”, somos constantes. Se debe preservar que la solidaridad y la ética no se vistan con una celofana de piedad o de asistencialismo.

La tercera es reivindicar la sobriedad. Nos remite a la ecología, los recursos limitados, a concebir el cuidado por el medio ambiente de manera que no sea una moda. Tiene que ver con una actitud de consumo responsable. Sobriedad significa que con poquita cosa podemos vivir. La humanidad ha sido históricamente pobre en un sentido material, pero sin perder dignidad. En Occidente, el capitalismo, compulsivo y materialista, nos ha inoculado la idea de que nunca hay bastante de nada, que cuanto más tienes más has de querer.

¿Qué estrategias educativas podemos articular para construir esta eutopía, este buen lugar? Primera: hacer un acto de resistencia ético-creativa. Es decir, insumisión, desobediencia civil. Son instrumentos que tenemos para hacer valer nuestro poder transformador, para decir “basta”. Esta insumisión la hace la gente humilde, porque está pegada a la tierra, y humildad viene de humus, tierra fértil de la que estamos hechos.

Segunda: experimentación. Los educadores no nos conformamos con las rutinas. Las rutinas son necesarias porque crean hábitos, pero una cosa es cultivar hábitos y otra ser aburridos. Educar es acompañar, establecer relaciones positivas de evolución. Pero he visto aberraciones con las nuevas tecnologías educativas aplicadas en el aula: la gente ya no sabe hablar sin tocar, la gente ya no sabe escuchar porque tiene colocados los cascos. ¡La hiperconectividad! ¿Cuánta sabiduría puede haber en un tuit? Por ello, la “estupidización” colectiva avanza. Ya lo dijo Einstein: “Hay dos cosas que son infinitas: el espacio y la estupidez humana; y de la primera no estoy muy seguro”.

Y tercera: tener visión transformadora. Los padres, las madres, las familias, son agentes educativos. El profesorado puede dinamizar, pero la comunidad educativa debe ser sabia, debe ser responsable, cívica.

Termino lanzando una interpelación: ¡Que no nos arrebaten el derecho de pensar crítica y libremente, que no nos roben la dignidad!

Cuando a alguien se le pierde el respeto se vuelve carne de cañón. “Respeto” viene de respicio y respetere, que significan volver a mirar, tener en consideración. El futuro será lo que seamos capaces de recrear, de construir, pero hay que dejar que en este futuro haya espacio para la belleza, el amor y la dignidad, lo que configura la causa humana.


[1] Jover, Daniel. “Educación, Dignidad, Causa humana”. Conferencia de clausura del Congreso por el Derecho a la Educación. Educación Sin Fronteras. Octubre 2013.

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Imagen extraída de: Derecho a la educación

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