Entrevista a Thomas Piketty (I): «La desigualdad y los peligros del capitalismo patrimonial»

Entrevista a Thomas Piketty (I): «La desigualdad y los peligros del capitalismo patrimonial»

Jean Merckaert / Jean Vettraino. [Traducción a cargo de Economía Crítica] Thomas Piketty es economista. Él es el director de estudios de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales y enseña en la Escuela de Economía de París. Su investigación se centra en la desigualdad económica. Su último libro, “El Capital del siglo XXI” (Seuil, “Umbral” 2013), ha generado un vivo debate en los Estados Unidos y en Europa.

En “El Capital del siglo XXI”, Thomas Piketty sostiene y demuestra como de una manera casi mecánica, los ricos se enriquecen más rápidamente que el resto de la sociedad. El argumenta pidiendo la aplicación de un impuesto progresivo sobre las propiedades, el patrimonio. ¿Es posible hacer esto a la escala de país? ¿Sería realista realizarlo en paraísos fiscales? ¿Será esto aceptado por la sociedad? ¿Acaso será suficiente esto para combatir las desigualdades? Las respuestas van en exclusiva para la entrevista de la Revista Proyecto – Revue Projet. 

Usted describe cómo, excepto durante la época de auge – los gloriosos años treinta– de la post guerra, los ricos se hicieron ricos más rápido que el resto de la sociedad. ¿Es esa una tendencia inevitable? Ese rendimiento del capital (en un promedio de 4 a 5% por año) que hemos visto en los dos últimos siglos ¿Es  acaso inmutable a estas alturas? 

Thomas Piketty – Mi trabajo consiste  principalmente en colocar estas tendencias y fuerzas –que son múltiples y contradictorias– en una perspectiva histórica y comparativa. Luego de observar cómo entre los años 1913 y  1948 en los Estados Unidos, el economista Simon Kuznets hizo visible una compresión significativa de las desigualdades en los  ingresos. Muchos llegaron a la conclusión que el crecimiento terminaría por ir a la par con la reducción de las desigualdades y así los economistas dejaron de trabajar en este campo de investigación. Con Emmanuel Saez se prolongó la curva (en U) y a Kuznets se le mostró cómo en los años 1990 la desigualdad en los EE.UU. había recuperado el nivel que tenía a principios del Siglo XX. Marx predijo una tendencia a la baja en el rendimiento de la rentabilidad del capital. Esta medición del ritmo indica la tasa y frecuencia en relación al capital por un año: (un departamento de 100 000 euros, que   reporta unos € 4000 por año, equivale a = 4%). Ahora que, visto como lo describo en mi libro, entonces la predicción de Marx resulta errónea. El retorno puro sobre el capital, sin considerar periodos de guerra, sigue siendo 3 o 4% por año en la actualidad, al igual que en los siglos XVIII y XIX. Y no hay ninguna razón por la cual se derrumbaría con la acumulación. Inclusive si pudiésemos volver a meter al genio de la desregulación financiera en su lamparita, ello no afectaría significativamente, esa superioridad de rendimiento del capital (R) sobre la tasa de crecimiento (G).

En las sociedades preindustriales, el crecimiento anual fue del 0%, y en algunos casos inferior al 0,1% por año. Incluso en el siglo XIX, a pesar de todas las innovaciones técnicas, crecia entre 1% y 1.5%. La renta de los  terrenos, llegaba a ser entre 4 y 5% anual. Esto fue lo que permitió a un grupo de propietarios vivir de sus rentas o propiedades y a dedicarse a otras actividades que no eran para la propia subsistencia: las artes, la ciencia, la guerra, el gobierno, la religión… De alguna manera, esta realidad  del (R> L) traumatizaría a las sociedades -con el problema de la usura especulativa: ¿puede el dinero hacer dinero?– pues, es que resulta que en sí, constituye una de sus bases. En la filosofía cristiana de ese entonces fue eliminada  la usura, sin embargo se mantuvo la renta de propiedad de la tierra. Si bien se desconfiaba de algunos tipos de capital, principalmente de los  capitales financieros (por el miedo a no poderlos controlar), pero no se tomaba precauciones del rendimiento de la tierra (ella, la tierra, “no miente!”). Parecía ser natural que la tierra ofreciera una renta vitalicia, y que ella permitiera a los poseedores de tierras, vivir sin trabajar.

Con la Revolución Industrial, se creyó que esta vieja lógica ya había sido abolida. Aun cuando las cosas cambiaron, con un incremento del 1 y hasta  2% por año. Pero la brecha entre ambos no habría cambiado tanto como algunos se lo habían imaginado.

En todas las novelas de Jane Austen y en las de Balzac, el rendimiento del capital resulta ser de alrededor de entre 3 o 4% por ciento anual y llegaba hasta a un 6 o 7% para los más arriesgados.

En el siglo XX, si el orden entre R y G se invirtió fue a razón de circunstancias bastante  excepcionales y trágicas [las dos guerras mundiales]. Esto también se atribuye como el resultado del crecimiento poblacional. Gran parte del crecimiento ocurrido durante el siglo XX  y el que presenciamos hasta el día de hoy proviene de esos hechos. El aumento de la población o el de la productividad tienden a reducir el peso de la herencia del patrimonio de ese pasado.

En una sociedad en la que ya no tenemos niños, o en la que la tasa de población disminuye, la riqueza acumulada toma una  considerable gran importancia. Ciertamente, no se trata de destino. Tal vez tengamos tantos niños y la innovación técnica sea tan avanzada  –limpia y no contaminante– que en el año 2050 nos reencontramos con un crecimiento del 4 al 5% por año… Pero haríamos bien en preparar otras soluciones!

El nivel de crecimiento de los  Gloriosos Años Treinta, de haber influido mucho en las mentes humanas parece bueno y verdaderamente está ya muy atrás de nuestro tiempo. Cabe destacar que cuando la curva de diferencia entre R y G se acentúa o ensancha, las desigualdades iniciales de los bienes patrimoniales se amplifican. Los jóvenes sin capital tienen interés en lograr grandes sueldos para así convertirse en propietarios en el París  de hoy! A fin de contrarrestar las dinámicas de la desigualdad habría que mejorar aún más la  convergencia de las tasas de crecimiento y los niveles de rendimiento del capital, tendríamos  entonces que apostar nuevamente por una extraordinaria coincidencia.

La financiarización de esas grandes fortunas, ¿acaso no debilita el fundamento mismo de ese enriquecimiento?

Thomas Piketty – Una financiarización excesiva de capitales empeoraría las cosas. Todo un segmento de la explosión de esas remuneraciones, el de las más altas, está ligado al sector financiero y la desregulación financiera también ha contribuido a aumentar esa desigualdad en el acceso a la rentabilidad del capital. La fórmula R > G es sumamente  abstracta, actualmente ese retorno sobre el capital recubre formas de carteras de activos y de portafolios que son bastante diversos. Los datos disponibles con los que realmente se cuenta, están  incompletos, pero para esos grandes portafolios o carteras, para las más grandes fortunas individuales, para las grandes dotaciones de universidades o para los fondos soberanos, uno puede ver que se dan muy altos rendimientos que oscilan entre de 6 y 8% por año, y que por otro lado, para el inversionista base, que llega con sus  10.000 o 100.000 euros al banco, los rendimientos apenas compensan la tasa de inflación. En el modelo del mercado del  capital perfecto, es en el que favorecen los economistas,  pues el mercado de la intermediación financiera está ahí para que todos alcancen un solo rendimiento máximo. Pero es que algunos si tienen acceso a los productos financieros sofisticados, con acceso a  rendimientos muy altos, cuando por otro lado los demás productos que se ofrecen son aquellos en los que no ganan nada…

¿El hecho constatado es acaso un caso muy diferente en los países del “Sur”? 

Thomas Piketty –La desconexión entre el rendimiento patrimonial de alto nivel y la tasa de crecimiento es lo que ya se puede constatar  ahora a nivel global. Incluso si colocamos allí entre ellos a China, el producto interno bruto [PIB] global, no aumenta su promedio anual de 3,3% según vemos en los últimos treinta años (la mitad, debido al hecho de haber un crecimiento de la población). El ingreso promedio crece a nivel global, en un 1,5 o un 2% por año.

China ya se debe enfrentar a concentraciones muy altas de patrimonio. Por ahora, al igual que Rusia, está abordando esta  situación al ir regulando caso por caso, descartando a uno que otro oligarca. Pero, ¿es esto  acaso sostenible en el largo plazo? ¿es posible que China llegue a desarrollarse más rápidamente que Europa o que los Estados Unidos, instaurando algún tipo de regulación adaptada al capitalismo patrimonial del siglo XXI?. Pues se está debatiendo seriamente la introducción de impuestos para ser aplicados a la propiedad y al patrimonio. Inclusive con un sistema de partido único, se puede preferir el impuesto a la cárcel, eligiéndose ello como una forma de regular la desigualdad de la riqueza!

Esto nos lo indica, cuando observamos los activos a nivel global, que los países ricos jamás habían sido tan ricos. Los franceses, por ejemplo, tienen mucho más en el extranjero, que los extranjeros no tienen riquezas en Francia. Son los estados los que son pobres. Que el capital que está en poder de todos los nacionales juntos en un país, representa en realidad (y esto no  es más que un promedio) la sumatoria de seis años de ingresos: es decir, ¡mucho más que todas las deudas juntas!

La carencia de límites a la acumulación dio lugar, a fines del siglo XIX, a soluciones radicales. El desafío de hoy es responder con medios más pacíficos que las guerras, usando vías más eficientes que el comunismo… Podríamos invertir en la menor proliferación de familias, pero ¡es muy difícil hacerlo como  política pública! ¿o fomentar la generosidad individual o privada? A menudo, las personas que donan a fundaciones siguen manteniendo un control. No es suficiente denominar a su interés privado bajo el nombre de “interés general” para que así lo llegue a ser.

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Imagen extraída de: Economía Crítica

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