Vasos comunicantes: cerca de los que sufren, cerca de Dios

Vasos comunicantes: cerca de los que sufren, cerca de Dios

Josep GiménezDesde que estoy en CJ, he oído hablar de una especie de “vasos comunicantes” entre 1) experiencia espiritual, 2) análisis y conocimiento de la realidad y 3) rigor intelectual. A mí siempre me ha “tocado” esta forma de hacer y, en la medida de mis posibilidades, he tratado de serle fiel. ¿Cómo? Pues procurando compaginar dos realidades que, en un principio, parecen muy diferentes y que, en un nivel más profundo, quizás no lo sean tanto… Es decir, la realidad de ser profesor de teología y la de ser voluntario de prisiones… “¿Cómo ser, a la vez, profesor de teología y voluntario de prisiones… vivir integradamente estas dos realidades… y no morir en el intento?” De un poco de esto, pues, se trata…

Quisiera contar una anécdota personal que puede ayudar a iluminar una posible respuesta a esta pregunta. Me habían encomendado dirigir el triduo de renovación de votos a los estudiantes jesuitas españoles. [Los jesuitas hacemos, como todos los religiosos, voto de pobreza, castidad y obediencia. Y, aunque esto es para siempre, por Navidad, solemos hacer un retiro para reflexionar sobre el tema y renovar nuestro deseo de vivir el compromiso que expresan estos votos]. La demanda que me habían hecho (orientar las reflexiones sobre el tema) no dejaba de ser para mí un cierto reto y quería estar a la altura de las circunstancias. En ese momento estaba visitando a un interno en el hospital penitenciario de Terrassa y, como no sé disimular demasiado, se me notaba la preocupación de aquellos días. “¿Qué te pasa?”, me pregunta el interno que visitaba… ¿Qué le podía explicar yo de triduos, de votos, de renovaciones y de cosas por el estilo…? Intenté salir del paso por la vía rápida y le dije que tenía que hacer algo (“cosas de curas” fue la expresión que empleé) que quería hacer bien y que no sabía si lo lograría… “Rezaré por ti”, fue su respuesta. Muy piadosa, por cierto, y muy “como debe ser”…, pero que no dejó de impresionarme porque me recordaba un episodio del libro de Job que siempre me ha impactado.

Resulta que Job es un hombre justo a quien las cosas le van mal. Y resulta que tiene tres amigos que le llenan la cabeza diciéndole que si las cosas le van mal es porque algo habrá hecho. Que se arrepienta, pues, y Dios le perdonará. Estos amigos funcionan según lo que se denomina la “doctrina de la retribución” que, lisa y llanamente, significa: funcionan según el principio de que cada manera de actuar tiene sus consecuencias. Pero este principio no funciona, porque: a) es demasiado simplista y va contra la realidad (¡cuánta gente buena lo pasa mal y cuántos “triunfadores” son personas de dudosa calidad ética!); b) es un principio que va contra las víctimas: en vez de ponerse a su lado, las culpabiliza (como hacen los amigos de Job con él), y c) es un principio que va contra Dios (en el libro de Job, Dios desautoriza claramente esta doctrina).

Por todo ello, Dios acaba dando la razón a Job y quiere castigar a sus amigos… También en el NT vemos como Dios dará la razón a Jesús, condenado oficialmente por “blasfemo”, resucitándolo al tercer día. Paradoja suprema: ¡el acusado de blasfemo resulta ser la Palabra de Dios hecha carne! Ahora bien, el mismo Dios dice a estos amigos que, si Job intercede por ellos, no los castigará (cf. Job 42,7-8).

Un Job intercediendo por sus amigos… Estos amigos de Job, que se jactaban de tener una teología tan “como debe ser” (pero que, en el fondo, ignoraban la realidad, despreciaban a las víctimas y, a la larga, a Dios mismo: cf., Mt 25,31-46) necesitan, si no quieren ser castigados, la “intercesión” de un Job que, por cierto, ha proferido toda suerte de quejas en su desesperada pregunta sobre el porqué de su sufrimiento.

A menudo hablamos de lo que confiere “autoridad” a nuestro hablar sobre Dios (Escritura, Tradición, Magisterio, mediación de las ciencias sociales, etc.). Pues, a estas instancias que proporcionan autoridad a nuestro hablar sobre Dios también habría que añadir el grito de la víctima, el grito de los últimos, porque, en el fondo, ese grito es el grito de Dios.

Espero haberme explicado cuando hablo de conjugar cosas que parecen tan diferentes (una dedicación a la teología y un voluntariado en prisiones, por ejemplo). Escuchar de cerca y misericordiosamente el grito del sufrimiento y del dolor, ¿no hará más creíble nuestro hablar sobre Dios?

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Imagen extraída de: El Litoral

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