Retiro en la ciudad (III): Escuchamos en medio del silencio. Sábado Santo

Retiro en la ciudad (III): Escuchamos en medio del silencio. Sábado Santo

Llorenç PuigSábado Santo es el día de la espera o de la no-espera. Todo se ha acabado. Toda esperanza parece ya agotada. Acompañamos a María y a los discípulos en este silencio denso, en esta espera. ¿Espera? ¿Espera de qué? Si todo se ha acabado… si toda esperanza ya no tiene sentido… si no hay nada que hacer… ¿qué hemos de esperar? Pero… ¿no hay una sospecha en nuestro fondo que se rebela y nos recuerda la esperanza? Escuchamos en medio del silencio.

Os proponemos un tiempo de oración contemplativa a partir de los textos que la Liturgia de las Horas propone para estos días como vigilia de oración, y la segunda lectura del Oficio de hoy.

1) Contemplamos la espera angustiada del mundo, del pueblo, de las personas

En este rato de oración os invito a hacer tres contemplaciones guiadas. La primera es ver el mundo en su sábado santo. El mundo, nuestro mundo, las personas, en nuestro sábado santo. En nuestro día de silencio. De espera. De lamento.

Nuestro mundo todavía lleva las heridas de la muerte. Gime con dolores de parto: “Sabemos que hasta ahora la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro aguardando la condición filial, el rescate de nuestro cuerpo.” (Rm 8, 22-23)

Dolores de parto. Mezcolanza de sufrimiento y de esperanza: el parto apunta al nacimiento de algo nuevo, inesperado, cuyo rostro no se conoce hasta que ha nacido…

Cántico I: Jer 14, 17-21

LAMENTACIÓN DEL PUEBLO EN TIEMPO DE HAMBRE Y DE GUERRA

Está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 15).

Mis ojos se deshacen en lágrimas,

día y noche no cesan:

por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,

una herida de fuertes dolores.

Contemplo, visualizo esos dolores de nuestro mundo. Con la imaginación recuerdo y evoco esa ‘herida de fuertes dolores’ que padecen tantas personas… Me entretengo viendo esas situaciones, esos ojos que se deshacen en lágrimas…

Salgo al campo: muertos a espada;

entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;

tanto el profeta como el sacerdote

vagan sin sentido por el país.

Desorientación. Muertos, violencia. Locura que provoca muerte, odios, rechazos, desconfianzas… falta de sentido.

Faltan profetas que clarifiquen la situación. Sacerdotes que santifiquen al pueblo. Profetas que denuncien con valentía. Sacerdotes, hombres y mujeres de Dios, que anuncien con su vida que hay alternativas.

¿Por qué has rechazado del todo a Judá?

¿Tiene asco tu garganta de Sión?

¿Por qué nos has herido sin remedio?

Se espera la paz, y no hay bienestar,

al tiempo de la cura sucede la turbación.

Sensación de lejanía. Dios parece lejano. Dios parece ausente. Silencio. Silencio denso. Como si fuéramos rechazados. Cuántas personas se sienten rechazadas, olvidadas… A cuántas personas deja de lado nuestra sociedad, las olvida, las deja de lado sin ningún rubor…

No nos rechaces, por tu nombre,

no desprestigies tu trono glorioso;

recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

Recuerda, Señor. Recuerda… No nos olvides… Estamos como abandonados. Sin sentido. Pero a la vez, recordamos tu alianza.

Recordamos nosotros que Tú, Señor, hiciste una promesa de amor. Y el amor es más fuerte que el rechazo, el amor rompe fronteras. El amor es más fuerte la muerte…

Silencio. Espera. Esperanza. ¿Y si el amor fuera más fuerte que la muerte…? ¿Y si… ? ¿Y si…?

Cántico II Ez 36, 24-28

Escuchemos ahora unas palabras que nos dirige Dios hoy, en este día de espera. Unas palabras que María, que los discípulos de Jesús tal vez recordaran en su Sábado Santo. Unas palabras que les abrirían en el corazón un rayo de esperanza…:

DIOS RENOVARÁ A SU PUEBLO (Ez 36, 24-28)

Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios (Ap 21, 3)

Os recogeré de entre las naciones,

os reuniré de todos los países,

y os llevaré a vuestra tierra.

Así nos habla Dios. Así nos lo recuerda el profeta Ezequiel. “Os recogeré… Os reuniré… Os llevaré…”. Señor, ¿de dónde nos recoges? Señor, ¿a quiénes nos quieres reunir? Señor, ¿a dónde nos quieres llevar…?

Derramaré sobre vosotros un agua pura

que os purificará:

de todas vuestras inmundicias e idolatrías

os he de purificar;

Como la tierra reseca. Como una planta languideciente, así nos encontramos. Así se encuentran tantas personas.

Llenos de inmundicias, llenos de falsos deseos, llenos de sueños erráticos. Así estamos, Señor. Pero tú nos hablas de un agua pura. Un agua limpia. Un agua que riega, que vivifica, que purifica.

Estamos apagados, resecos, pero tú nos recuerdas: “derramaré sobre vosotros…”. Abro mis manos, con los ojos cerrados. Abro mis manos para recoger esa agua fresca, limpia, pura. Dejo que inunde mi corazón. Dejo que lo riegue, que lo purifique.

…y os daré un corazón nuevo,

y os infundiré un espíritu nuevo;

arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,

y os daré un corazón de carne.

Un corazón nuevo… un corazón humano, de carne, que palpita, que ama, que sueña, que se agita y sufre con el dolor ajeno. Un corazón que impulsa, que moviliza. Ese corazón nuevo, amante, con una capacidad infinita de amar, ese es el corazón que tú quieres darme, Señor.

Miro mi corazón con sus pequeñeces. Y veo cómo lo quieres renovar. En este Sábado Santo veo la pequeñez de este corazón desesperanzado y estrecho. E intuyo la grandeza del corazón que quieres que lata en mi pecho. Y te doy gracias…

Os infundiré mi espíritu,

y haré que caminéis según mis preceptos,

y que guardéis y cumpláis mis mandatos.

Un corazón así, grande, que tiene una capacidad infinita de amar, de poner rostros, historias, personas… sólo puede ser realidad si el Espíritu lo impulsa, lo llena, lo abre, lo hace latir. Acojo en silencio este Espíritu vivificador, que conduce al amor que se compromete… Este Espíritu que me quiere llevar a caminar según el mandamiento de Jesús, el mandamiento tan grande que nos dejó. “que os améis unos a otros como yo os he amado”… Caminar a lo largo y ancho de mi vida siguiendo este ‘precepto’ del amor… Un amor no sólo de palabra, sino hecho vida, hecho camino, hecho historia en mi vida. Un amor que tiene un referente, que tiene un ejemplo para impulsarme: el amor que ha vivido y manifestado Jesús. Un amor que se ha hecho entrega sin límite. Un amor que se ha hecho vida, historia, modelo. Contemplo escenas de la vida de Jesús en las que se manifiesta su amor, su ternura, su compasión, su proximidad. Y me dejo iluminar por este amor.

Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.

Vosotros seréis mi pueblo,

y yo seré vuestro Dios.

Me pregunto cuál es esta “tierra que di a vuestros padres”… No se trata de un territorio físico, ¿verdad? No… Esa “tierra que di a vuestros padres” es el territorio del amor, de la vida, del compromiso, del servicio, de la humildad, de la sencillez, de la ternura. Me pregunto si en algún momento, más o menos esporádico, más o menos prolongado, he visitado esa “tierra que di a vuestros padres”, una tierra que mana la leche y miel de la vida compartida y bendecida.

Así, habitando la tierra del amor compasivo, misericordioso y tierno, podremos ser “el pueblo de Dios”, y Dios será, por fin, el Dios de nuestra vida, el centro, el origen, la fuente y el motor de nuestros afanes y esfuerzos.

Hoy, Sábado Santo, en el silencio expectante de este día, dejo resonar estas palabras de esperanza, que María tendría en su corazón y que tal vez hoy, en esta espera, le darían un rayo de luz…

Dejo que resuenen en mí también.

2) Miramos a Jesús a través de una preciosa homilía antigua

El descenso del Señor al abismo

3) Miramos a María: el silencio. La escucha

Finalmente, san Ignacio en los Ejercicios Espirituales nos propone contemplar la aparición de Jesús a María su madre…

En efecto, san Ignacio dice con toda naturalidad y cierta ironía:

“Jesús apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ‘¿También vosotros estáis sin entendimiento?’” [299]

Claro, cómo no se presentaría a María su Madre, que le acompañó desde pequeño hasta la Cruz, su madre que le amamantó, que le enseñó a balbucear de pequeño las primeras oraciones… a María que estuvo al pie de la Cruz, que contempló y lloró el cuerpo sin vida de Jesús al bajarlo de la Cruz…

Con la imaginación hago una composición de lugar: “composición viendo el lugar, que será aquí, ver la disposición del santo sepulcro, y el lugar o casa de nuestra Señora, mirando las partes de ella en particular, asimismo la cámara, oratorio, etc.” [EE 220]

Y en este tiempo de oración pido al Señor “gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor.” [EE 221]

Y puedo contemplar con la imaginación habitada de amor, la escena del encuentro de Jesús con su Madre…

Miro la escena. Escucho lo que dicen. Las palabras de uno y otra… Contemplo la mirada de Jesús. La de María. Lo que hacen. Lo que se dicen. Me quedo contemplando esta escena tranquilamente… es una escena fundamental que he de poner en mi corazón.

Y me fijo en cómo san Ignacio nos invita especialmente a “mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y comparando como unos amigos suelen consolar a otros”… [EE 224]

Veo cómo en esta escena Jesús Resucitado ejerce este ‘oficio de consolar’…

Y acabo este tiempo de oración con un coloquio, una conversación de corazón con Jesús el Señor… ¿Qué le digo…? ¿Qué me dice…?

Y finalmente un Padrenuestro…

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En el siguiente enlace puedes descargarte el documento con todos los textos del retiro en la ciudad de este año: Retiro en la ciudad 2014: «Sumergirse en el dios de la vida».