¡Okupemos el cielo! ¿Dios, religión y política más allá de la salvación?

¡Okupemos el cielo! ¿Dios, religión y política más allá de la salvación?

Neus ForcanoEn el encuentro bienal de la Asociación Europea de Mujeres para la Búsqueda Teológica titulado “Nuevos horizontes de resistencia y visión”, celebrado este pasado agosto de 2013 en la ciudad de Dresde (Alemania), pudimos disfrutar de la conferencia de la teóloga Kwok Pui-Lan. Nacida en Hong-Kong, Pui-Lan imparte clases de religión y espiritualidad en la Episcopal Divinity School de Nueva York (EE UU) y es conocida como un exponente clave de la teología feminista asiática y una de las teólogas postcoloniales más eminentes.

El título de su conferencia me recordó enseguida aquella frase de Lisa Isherwood cuando dice en su libro The fat Jesus que “el cielo es un banquete de mujeres gordas riendo”. Pui-Lan nos invita a “ocupar el cielo” para que el “cielo” se pueda vivir en la tierra. Nos recuerda que el “cielo” es el bien, la felicidad, la experiencia de libertad propia y de amor conquistados y descubiertos en el aquí y ahora de las vidas de todas, y por tanto, al igual que la imagen del banquete de las mujeres gordas, un anuncio de esperanza y de conciencia ética para todas las personas que anhelan la justicia social para todas las pobres, marginadas y minusvaloradas de la tierra.

“Ocupar el cielo” es despertar el deseo de reclamar y practicar el hecho de ser sujetos políticos de pleno derecho, pacíficamente y en solidaridad; es hacer un cambio personal de visión que nos permita decir, pedir, exigir lo que es para todos y no de unos pocos. He seleccionado algunos fragmentos de la conferencia porque creo que ilumina la reflexión de los vínculos entre religión, política, ética y praxis cristiana, en un momento en que los movimientos reivindicativos en nuestro contexto, desde las movilizaciones del 15-M, también nos invitan a “ocupar” el espacio público y democrático que es nuestro.

Extracto de la conferencia “¡Ocupemos el Cielo! ¿Dios, religión y política más allá de la salvación?”

En 1989, después de las movilizaciones de resistencia pacíficas de la población del este de Alemania, cayó el muro de Berlín, símbolo de la Guerra Fría. La desintegración de la Unión Soviética y la transformación del bloque oriental cambiaron drásticamente la geopolítica del mundo. El capital se hizo enseguida con un nuevo mercado y una población que no estaba acostumbrada a ello. También en 1989 se vivió la ocupación pacífica de la plaza Tiananmen en China. Reclamar libertades y democracia costó la vida de miles de estudiantes silenciados por la violencia militar. El Gobierno chino se apresuró a introducir cambios para liberalizar la economía. Hoy, China es la segunda economía más potente del mundo, pero las diferencias entre las zonas rurales pobres y las grandes ciudades se ha ido ensanchando. La desigualdad social y la corrupción gubernamental son las causas principales de los disturbios y las protestas sociales que se suceden.

La globalización económica a partir de los años 90 ha propiciado una clase capitalista transnacional que tiene un poder enorme sobre la economía, la política y los bienes culturales universales. Cada vez más, la riqueza se concentra en manos de una élite privilegiada mientras que una inmensa mayoría va quedando por debajo del umbral de la pobreza. Por ejemplo, en China, hay muchos multimillonarios, pero también un 13% de la población que vive con menos de 1,25 dólares al día. Con datos del 2010, en Estados Unidos, un 1% de la población posee un 36% de los bienes privados de todo el país, mientras que, en el otro extremo, alrededor de un 80% sólo llega a tener un 11%. Siguiendo la ola de protestas que ha habido en el norte de África, Oriente medio y Europa, también en Estados Unidos ha surgido el movimiento Occupy Wall Street, que comenzó a actuar en el otoño de 2011 en Nueva York y se extendió enseguida a 900 ciudades. El lema de este movimiento es el de “somos el 99%”: un grito de cambio radical contra un sistema económico dictado por intereses económicos de bancos y empresas de Wall Street que privilegian el control de la riqueza en manos de este “1%”.

¿Es posible que la religión, y concretamente el cristianismo, pueda jugar un papel importante en la promoción de la justicia social y la solidaridad al lado de este 99%? ¿O quizás tendremos que concluir que la religión cristiana está más allá de la salvación? Marx ya dijo que la religión es el opio del pueblo. La promesa de la recompensa en el cielo se puede utilizar para justificar sufrimiento y desigualdades. Mientras que en la creencia popular el “cielo” tiene una connotación de un espacio más allá de la tierra, como si estuviera situado en otro lugar, la expresión “ocupamos el cielo” supone la acción de recuperar algo que pertenecía al pueblo; supone que el poder y la riqueza se deben compartir más igualitariamente y que no pueden estar concentrados en las manos de pocos. Este segundo sentido, pues, implica que “el cielo” es de todos y, por tanto, cuestiona las jerarquías religiosas y las instituciones que han domesticado lo sagrado y han monopolizado los bienes religiosos. La oración del padrenuestro bien dice “venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, o sea, que el reino de Dios de paz y justicia debe existir en la tierra y no en ningún otro lugar lejano.

“Ocupar el cielo” nos invita a deconstruir la idea de Dios como rey soberano y señor que puede mandar, hacer obedecer y aniquilar a sus enemigos. Este sentido de la divinidad como omnipotente e inmutable refleja la imagen de los antiguos emperadores, y es la imagen que interesa a la ideología conservadora y neoliberal. Las teólogas y teólogos feministas, progresistas y postcoloniales critican esta concepción descendente de Dios para resistir al teísmo que justifica a los poderosos del 1%.

Como decía Dorotea Sölle hace 50 años, “¿por qué la gente adora un Dios, cuya calidad superior es que es poderoso y no justo? ¿Quién está interesado en que la relación con ese Dios sea de dependencia y sometimiento en lugar de que sea de reciprocidad? ¿Quién tiene miedo de la igualdad?”. Sölle criticaba el concepto cristiano de “obediencia” observado como una de las virtudes de una religión autoritaria. Para Sölle, el Dios vivo es encarnado y activo entre nosotros, y nos empuja a ser resistentes y solidarios ante el mal y la injusticia. Desde la óptica de la teología coreana Minjung, se tiene en cuenta la actitud y los anhelos de los “ochlo”, “la multitud” que seguía a Jesús, que provenía de las clases sociales más bajas y se puso en contra de los gobernantes injustos.

El movimiento de Jesús atrajo un amplio espectro de personas de diferentes clases sociales: campesinos, pescadores, recaudadores de impuestos, artesanos y mujeres. El concepto de subalternidad tal como lo había utilizado Gramsci, reconoce la agencia política y ética que se mueve por debajo del radar del Estado. En el Evangelio nos encontramos con diferentes formas y actitudes de resistir al discurso hegemónico y estatal: la mujer sirofenicia que pide a Jesús que cure a su hija, la mujer samaritana en el pozo que escucha y habla con Jesús, Marta y María que acogen a Jesús, la mujer que hacía doce años que menstruaba…, forman parte de este movimiento heterogéneo y polimorfo que seguía a Jesús.

El movimiento Occupy también es diverso y atrae personas de diferentes orígenes culturales, estudiantes y parados, artistas, activistas, jóvenes y jubilados, personas creyentes y profesionales de todo tipo. Es un movimiento que rehúsa identificar unos líderes claros, prácticamente ni se designan voceros representativos; no limita los objetivos a metas muy concretas o a corto plazo, y no hay estrategias ni tácticas fijas para conseguirlas. Contrariamente, el movimiento Occupy ofrece un espacio y un foro para personas con diversos intereses que se unen para trabajar juntas en un proceso de democracia directa.

Quizás estamos poco acostumbradas a que se diga que el movimiento de Jesús era un movimiento incipiente de subalternos y de insurgentes que desafiaba el statu quo. El mensaje cristiano con el que estamos familiarizados es, a menudo, un mensaje individualista que se centra en la salvación de las almas, y esta interpretación tiene poco que ver con nuestra vida cotidiana y la injusticia a la que se ve confrontada la humanidad. ¿Es que Dios, la religión y la política se encuentran más allá de la salvación? Si el objetivo es restaurar el significado cultural del cristianismo con tradición histórica y restituir el prestigio de la Iglesia, entonces estamos reduciendo el sentido de “salvación”. Pero si el objetivo es reconstruir una comprensión de Dios y de la política que promueva el descubrimiento de la propia subjetividad y la agencia política del subalterno, entonces estamos dibujando un proyecto que vale la pena.

La enseñanza de Jesús en Mateo 19, 23 de “es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos” y en el pasaje de Mt 21, 12 donde Jesús vuelca las mesas de cambio a la puerta del templo, son especialmente relevantes para un movimiento social que lucha contra la codicia colectiva. La última cena como encuentro institucionalizado toma un nuevo sentido cuando se comparte entre los desamparados, los activistas y los estudiantes acampados en una plaza pública que se arriesgan a hacer desobediencia civil para un cambio social no violento. Hacer teología en la plaza pública significa que el lenguaje religioso y la liturgia lleguen a ser símbolos vivientes de esperanza y solidaridad para el pueblo.

No es sorprendente, así, que hoy en día muchas iglesias funcionen más como un club de clase media que como un movimiento profético e insurgente. Un buen número de iglesias cristianas funcionan como una fuerza de estabilización social y hacen que las personas aprendan a soportar sus consecuencias en lugar de animarles a proponer cambios, y esto tiene poco que ver con el movimiento de Jesús que nos muestran los Evangelios. Para recuperar el potencial profético, la Iglesia debe situarse en los márgenes y debe separarse de la mentalidad cristiana que la lleva a ir del brazo con los intereses de los ricos y los poderosos.

Si la Iglesia continúa tratando a las mujeres como ciudadanas de segunda clase, discrimina a gays y lesbianas, desprecia a las clases bajas o no considera ciudadanas a las personas de piel oscura, tendrá poca credibilidad cuando proclame la Buena Nueva. Trabajando con otros movimientos sociales como los movimientos feministas, el movimiento obrero o los movimientos de defensa del medioambiente, la Iglesia está llamada a ser testigo y procurar el shalom de Dios. Shalom no es sólo la ausencia de guerra o de conflicto, sino que hace referencia a la equidad, la justicia y la integridad. No habrá paz si se trata a las personas como “desechos” humanos.

A menudo, hay personas que se desaniman y se preguntan si los movimientos populares de base podrán cambiar algo frente al 1% que pisa fuerte. En tiempos de Jesús, muchos se preguntaban también si el reino de Dios llegaría pronto. Los fariseos le preguntaron una vez a Jesús cuando llegaría el reino. Ellos tenían en la mente la idea de que el reino de Dios les llevaría beneficios materiales. Y Jesús les sorprendió con la respuesta: “El reino de Dios no vendrá a través de cosas que se puedan ver y tocar; no se dirá “aquí está ” o bien “está allí”, porque el reino de Dios ya está entre vosotros” (Lucas 17, 20-21). La realidad del “reino de Dios” o del “cielo” está siempre presente y disponible. Es un momento de transición, un momento decisivo en la historia, una posibilidad de algo nuevo y que podemos hacer nacer. La práctica de “ocupar el cielo” en nuestra vida, nos llevará a trabajar junto con otros para procurar la justicia y para poner nuestro poder y situación de privilegio al servicio del cuidado de los demás. Hay un proverbio chino que dice “la gente entiende el cielo como tener algo para comer”. “Ocupar el cielo” significa trabajar para asegurar las necesidades básicas humanas de nuestro prójimo.

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