Grietas en el muro XXX: Espacio de vínculos

Grietas en el muro XXX: Espacio de vínculos

Laia de AhumadaTodo comienza con una persona que tiene una idea, luego viene otra que cree que es posible, y otra que imagina cómo llevarla a cabo, y se empiezan a tejer hilos: se convoca una reunión. El orden del día: una idea que vale la pena poner en marcha. Los que acuden a la cita sacan horas de donde sea-ya no les viene de aquí-porque cuando se tienen pocas se multiplican si se sabe que alguien las necesita. Esto es la práctica de la compasión: aquel gusanillo que no te deja estar tranquilo si a alguien le pasa algo gordo.

En este caso el objetivo era poner en marcha un refugio para las personas más deterioradas que viven en la calle se pudieran cobijar, las que ya no quieren ser atendidas o no tienen ni fuerza ni salud para moverse de donde están. Un lugar de bajísima exigencia: hamacas para dormir, libre entrada y salida durante toda la noche; un café con leche y unas galletas y, si se quiere, una buena ducha.

Ese sueño comenzó en 2010 y se gestó durante un par de años. Los soñadores eran personas y entidades sociales convocadas desde una necesidad. Como siempre suele ocurrir, al principio no fue fácil: hay que madurar las ideas y poner unos cimientos fuertes que aguanten las adversidades. Pero después, de repente todo funciona: se encuentra un local, se adecua, llegan voluntarios y sólo hay que poner un nombre al proyecto, que explique lo que se quiere hacer, que es crear vínculos. Así nace el Espacio de Vínculos-Rosalía Rendu (Espai de vincles-Rosalia Rendu), que en mayo de 2013 hizo un año. Durante todo este tiempo se han atendido 94 personas (una media de 7 personas han pasado la noche). Detrás, una cincuentena de voluntarios, formados expresamente, que una o más veces al mes, cada día de la semana, de 20.30 a 23.30, recorren el Raval y el Gótico para ir a buscar a las personas que quieren ir a dormir, a visitarlas, crear vínculos. Desde entonces, han visto morir ocho, siete de ellas en el hospital y sólo una en la calle. A Jaume les costó llevarlo al hospital, no fue hasta que se encontró muy mal, quizá porque cuando se sintió amado fue consciente. A Josep le van a ver cada día, pero aún no quiere moverse de donde está. Aunque finge desinterés, trata de estar allí cuando llega la pareja de voluntarios, quiere que lo encuentren y les hace un lugar en su banco.

A medida que avanza la noche, los huéspedes llegan de la mano de los voluntarios de forma escalonada. Poco a poco, tranquilamente, y si no se sostienen son sentados en una silla de ruedas. Son la hilera de los leprosos de nuestra sociedad del siglo XXI, aquellos que han sido escupidos en los márgenes y de los que todos huyen. No hace falta ir a ningún país del tercer mundo para ver las llagas en una pierna mal curada o sentir el hedor que desprende un cuerpo después de meses sin cambiarse de ropa, o los ojos perdidos por el consumo en un rostro embrutecido. Parece mentira, pero no lo es.

A medianoche, quizás alguno de ellos, tambaleándose, saldrá a la calle, porque no se acostumbra de un día para otro a estar encerrado, pero el vínculo ya está, y al día siguiente es posible que vuelva y quién sabe si más adelante querrá pasar la mañana en un centro de día. Lola ya ha pedido ir porque conoce a una voluntaria y «como vosotros no me ha tratado nadie».

Una mañana, antes de partir, Cisco pide dos euros para comprar vino. La voluntaria le dice: “Te daré algo que en la calle no encontrarás”. Y le da un buen abrazo. Él llora como un niño. Desde entonces cada mañana se lleva una.

El sueño de Vínculos ha sido posible y ahora quiere crecer: necesita más voluntarios para llegar a más barrios, en todos los rincones de la ciudad donde se esconden aquellos que nadie quiere ver. El sueño se ha hecho realidad, y tal como dice María: «Sólo por una persona acogida ya merece la pena».

Imagen extraída de: Habitatge digne

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