Hannah Arendt: la controversia sobre la maldad y la mediocridad vuelve al cine

Hannah Arendt: la controversia sobre la maldad y la mediocridad vuelve al cine

Sonia Herrera. Con el estreno hace algunos meses de la película Hannah Arendt de Margarethe von Trotta, se abrió de nuevo la caja de Pandora y resurgió la polémica que acompañó a la filósofa alemana en los años 60 tras la publicación de su crónica del juicio del teniente coronel de las SS, Adolf Eichmann, en Jerusalén.

La película -magníficamente protagonizada por Barbara Sokuwa (protagonista también de otras películas de von Trotta como Visión o Rosa Luxemburgo)–  transcurre precisamente en torno a la cobertura que Arendt realizó del juicio para la revista The New Yorker, tras la cual elaboró su teoría sobre “la banalidad del mal”.

Al marchar a Jerusalén, Arendt esperaba encontrar un monstruo, un demonio, el mal encarnado. Pero lo que descubrió en realidad fue a un hombre banal y vulgar, un burócrata… Y esa afirmación fue interpretada por muchas personas, especialmente por la comunidad judía, como una trivialización de los crímenes de Eichmann.

¿El mal puede ser banal?

Pero no se trataba de eso. Su hallazgo iba mucho más allá y era extrapolable a otros muchos crímenes. ¿Monstruos? No. Lo que Arendt descubrió fue que hay personas malvadas, en efecto, pero también simples mediocres que forman parte de un engranaje de odio totalmente destructivo (una idea que también se insinúa en otras películas como American History X, por ejemplo). Elevar el mal a una categoría suprema sería como decir que no se puede hacer nada para atajarlo y no es así (o no del todo). Y es que el prejuicio (racial, sexual o de cualquier otra índole) es sumamente mediocre.

Aun así, sin monstruos ni demonios, la barbarie de los crímenes cometidos por el nazismo sigue siendo innegable. Da incluso más miedo la mediocridad, el “cumplía órdenes” o “lo hice porque era mi deber”, que la propia idea de maldad o de enfermedad mental del psicópata cuyo placer radica en el sufrimiento del otro/a. Porque la historia de Eichmann y de otros como él pone de manifiesto, como se afirma en la película, que una increíble mediocridad puede tener terribles consecuencias.

Esa misma mezquindad y vulgaridad de la gente que es incapaz de pensar por sí misma es la que ampara (podríamos decir que a pequeña escala) la brutalidad policial en las manifestaciones, pero también otras grandes atrocidades contra la humanidad como la masacre de Srebrenica o, paradójicamente, los crímenes cometidos por el ejército israelí contra la población civil palestina de la franja de Gaza.

El pasado agosto la escritora Monika Zgustova escribía lo siguiente al hablar de la película sobre Hannah Arendt en un artículo en El País: “el mal puede ser obra de la gente común, de aquellas personas que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo. Y eso es válido también para los tiempos que vivimos”.

Zgustova, a su vez, califica al film de von Trotta  -muy acertadamente en mi opinión- como una “película de ideas”. Y es que llevar la filosofía al cine, y más aún a una filósofa tan controvertida y compleja como Arendt, no es tarea fácil. Y convertir su reflexión y su trabajo intelectual en un film ameno y absorbente, mucho menos.

“¿Quién se cree que es? ¿Aristóteles?”. Un apunte desde el feminismo

Hannah Arendt, tal como recoge Gloria M. Comesaña, criticó al movimiento feminista de su época “por limitarse a hacer planteamientos sociales y psicologistas en lugar de plantear cuestiones políticas y asumirse como un movimiento político, en alianza además con otros grupos oprimidos”. Pero eso no quiere decir que no sufriera en sus propias carnes la discriminación y el machismo tal como se nos muestra en la película.

Las críticas contra Arendt estaban plagadas de visceralidad, pero también de sexismo, y a menudo se la cuestionaba desde una posición extremamente patriarcal: “¿Quién se cree que es? ¿Aristóteles?”, se pregunta uno de sus detractores en el film. Esa pregunta encierra algo más profundo que afecta a todas las mujeres que crean conocimiento y que a menudo son denostadas y subestimadas. Esas mujeres a las que se considera que no cumplen el “canon”; a las que se les dice que su trabajo no tiene la misma calidad que el de un varón (que no son Aristóteles, vamos); esas que son menos citadas que sus compañeros; esas a las que los libros de texto invisibilizan; esas que intentaban comprender… Esas mujeres como Aspasia de Mileto, Hypatia de Alejandría, Hildegarda de Bingen, Herranda de Landsberg, Santa Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, Émilie du Châtelet, Flora Tristán, Simone de Beauvoir, María Zambrano o Hannah Arendt que transgredían el orden patriarcal metiendo la cabeza en un mundo tradicionalmente reservado a los hombres: el de la racionalidad y el pensamiento.

Y es que las causas no pueden ser defendidas desde la fe ciega y el integrismo, sino desde la reflexión, la autocrítica y el debate. No se puede atacar a algo o a alguien desde la mera emoción sin discernir y cuestionar antes los motivos de ese ataque. Y en el caso del juicio contra Eichmann no valían los esquemas simples (o simplones). Era necesario que entrara en juego la duda.

Y ese es para mí uno de los grandes valores de este film (junto con el de acercar la filosofía al común de los mortales): que nos hace pensar incluso al cabo de unas horas de salir de la sala de cine o de apagar el DVD. ¿Podría la persona más común y corriente cometer los crímenes más horrendos si se dieran unas condiciones determinadas?