La alegría del Evangelio, un fruto y una tarea

La alegría del Evangelio, un fruto y una tarea

Llorenç PuigDespués del Sínodo de obispos de octubre de 2012 que trató la Nueva Evangelización, el Papa Francisco nos hace el regalo de una Exhortación Apostólica que presenta un programa bien ambicioso, que parte de una mirada positiva de la presencia de Dios en la realidad que es tan dinámica, y que nos invita a ser valientes, confiados.

La propuesta, el programa que plantea el Papa Francisco es muy amplia, pero podemos indicar aquí los cinco pasos que se plantean en el primer capítulo:

1) El primer paso, la raíz de la propuesta evangelizadora del Papa Francisco, es el “primerear” de Dios, es decir, el reconocer que la iniciativa no es nuestra, y que nuestra acción se contempla como una respuesta a algo que no controlamos y que nos impulsa. Como muy bien dice la exhortación, “la comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. (…) ¡Atrevámonos un poco más a primerear!”[24]

2) El segundo paso es involucrarse: “El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos”. Se trata, pues, de no tener una acción ‘a distancia’, pura y aséptica, sino de implicarse en las realidades concretas de la humanidad, acercarse a las dinámicas humanas y de nuestra sociedad, incluso asumiendo ciertos riesgos de incomprensión y de ‘complicarse la vida’: “La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz”. [24]

3) Acompañar: “Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites.” Y sobre este ‘acompañar’ me parece que pivotan otras fuertes llamadas del Papa, por ejemplo cuando dice que es importante que la comunidad eclesial “realmente esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo [28]”, y sea enviada siempre más allá: “su alegría de comunicar a Jesucristo se expresa tanto en su preocupación por anunciarlo en otros lugares más necesitados como en una salida constante hacia las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos socioculturales. Procura estar siempre allí donde hace más falta la luz y la vida del Resucitado”[30].

4) Dar frutos: aquí hay dos aspectos que aparecen a la vez. Se trata de que la Iglesia dé sus frutos, que sea activa, fecunda, viva…: “la comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda”.

Y se trata también de que sea paciente con las imperfecciones y con las limitaciones de lo real y que no pierda la confianza en que, en realidad, el protagonista es el que Primerea todo. Así, la comunidad eclesial “a la vez cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados”. [24] En varias ocasiones el Papa hace llamamientos a que no seamos ansiosos, nos llama a que vivamos más asentados en  la confianza…

5) Finalmente, festejar: como la tarea evangelizadora no es un trabajo fruto de una exigencia dura e inhumana, sino fruto de un encuentro y de una vivencia honda, “la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. (…) La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.” [24]

El alcance de la renovación que se plantea

Cuando se leen estos primeros capítulos de la Evangelii Gaudium, llama la atención la radicalidad de la propuesta. No se trata de un texto que ilustre simplemente el intelecto o que anime sólo a ‘seguir adelante’, sino que se trata de un texto programático, valiente, y que propone una verdadera conversión.

Así, vemos cómo aparece la pasión de un verdadero sueño ilusionante para la Iglesia: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación”. [27]

Un sueño que para ser realizado necesita tocar lo más hondo de todos/as, que sólo puede ser realizado desde una conversión que nos altere ‘las tripas’: “Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una «simple administración»”[25].

Se trata de una conversión a la que la Iglesia está llamada siempre porque está en camino, porque no es perfecta en sus concreciones, porque está llamada continuamente a su renovación: “El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: «[…] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad»”[27]

Una conversión que supone estar dispuestos a una renovación que sea valiente, sin miedo a perder y cambiar cosas queridas pero que no sirvan ya como cauce de la acción evangelizadora de la Iglesia hoy: “En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida.”[43] Nos invita también a “abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así»” y a “ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores”. [33]

Vale la pena detenerse un momento para darse cuenta de lo revolucionarias que son estas palabras…

Para ello la condición es la que se indica en el inicio del documento: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor»”[3].

Sólo con esta base la Iglesia será valiente, será capaz de salir de sus comodidades, abrirá sus puertas y su corazón para acoger y acompañar, para involucrarse en las vidas y las luchas de los más vulnerables, será valiente para ir a las fronteras, hará de los sacramentos una puerta abierta no para los perfectos sino para los débiles, estará dispuesta a asumir sus propios errores, sabrá aceptar la variedad y riqueza del Evangelio difractado a través de tan variadas y multicolores sensibilidades [cf. num. 40]…

Que sepamos acoger y dejar trabajar en nosotros el fuerte impulso y la novedad que esta Exhortación nos hace a todos.

¿Nos atrevemos?

Imagen extraída de: Revista Ecclesia

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.