“Un año de exclusión, un año de desobediencia”

“Un año de exclusión, un año de desobediencia”

Santi IzcoEl 1 de Septiembre se cumplió un año de la aplicación efectiva de la Reforma Sanitaria de Ana Mato. El informe “Un año de exclusión, un año de desobediencia de la plataforma cívica “Yo Sí, sanidad universal” se abre con un análisis profundo y directo de esta realidad: El Real Decreto Ley 16/2012 no es un recorte, aunque contenga muchos y gravísimos. Ni siquiera es solo ‘la exclusión de los inmigrantes’, aunque esta sea sin duda su primera y más dura consecuencia.

Se trata más bien de otra cosa: la imposición de un nuevo modelo de Sistema Sanitario en el Estado Español. La reforma de Mato, en forma de Decreto Ley firmado por Rajoy y la Corona con gran precipitación para ser incluido en el “Programa de Reformas” que el gobierno llevó a Bruselas deja claro en sus primeras líneas su verdadero significado: “La ley (…) queda modificada (…) su  artículo 3  tendrá ahora la siguiente redacción: 1. “La asistencia sanitaria en España, con cargo a fondos públicos, a través del Sistema Nacional de Salud se garantizará a aquellas personas que ostenten la condición de “asegurado”. 2. Tendrán la condición de “asegurado” aquellas personas que se encuentren en alguno de estos supuestos: Ser trabajador afiliado a la Seguridad Social…”.

 

Este gobierno ha cruzado así una línea roja marcada por la propia Constitución. Por Decreto Ley ha derogado (no jurídicamente, pues no puede, pero sí de facto) la Ley General de Sanidad, que emanaba directamente de la Carta Magna, ley Orgánica, tan ‘intocable’ por ningún gobierno como las que establecen el Estado de las Autonomías o la Monarquía Parlamentaria.

Desde finales de los 90, numerosas reformas han conseguido avanzar en aquel mandato constitucional: La Sanidad ya no es una contraprestación para los trabajadores. Es un error mantener la expresión “la Seguridad Social” al hablar de nuestro Sistema Nacional de Salud. Ni un solo euro de sus hospitales proviene de la cotización de nadie a la Seguridad Social. No, nuestro sistema sanitario es (era, hasta Ana Mato) la estructura que garantiza el acceso a un bien común, que a su vez es garantía de un derecho: la salud.

Por si somos ya cómplices (o víctimas) del asesinato de la “política” por parte de la “economía”, digámoslo en términos monetarios: cada vez que un inmigrante o español, parado o trabajador, joven o pensionista echa gasolina en su coche o compra el pan por la mañana está sosteniendo el sistema sanitario, exactamente igual que sostiene el alumbrado público (que de momento no han decidido reservar para los barrios de “cotizantes”) o los sueldos de nuestros gobernantes (que no gobiernan solo para los “cotizantes”).

¿Recorte? Puede uno recortarse las puntas del cabello… o afeitarse la cabeza al cero. Pues bien, la “reforma” de Mato no es ni una cosa ni la otra. Es la destrucción de las raíces. No es una reforma de la casa… es su demolición. El RDL 16/2012 coloca cargas de dinamita sobre sus dos cimientos: la universalidad y la equidad. Esta no es una mera declaración de intenciones. Son principios legislativos que sustentaban todo el marco legal de nuestro sistema de salud. Universalidad y equidad han sido rodeados de cargas explosivas por Mato. Algunas han detonado ya, otras están ahí, en las 21 páginas de su Decreto, esperando su momento. La demolición se hace así controlada, progresiva, para mantener un poco más el engaño entre los dueños (nosotros) de esta “casa sanidad”. Vemos caer tabiques y habitaciones y seguimos pensando que están “reformando”. No es reforma. Es que se la llevan.

Bajemos a los sótanos, veamos esos dos pilares. Primero, universalidad significa “bien común”. La casa la levantamos todos y la queremos todos y para todos. No es una “idea” romántica, sino práctica, fruto de la experiencia de las sociedades industriales en el siglo XIX y XX: no solo es más “ética” la salud de todos, es que solo es posible de este modo. Como ejemplo de hacia dónde caminamos: USA tiene más proporción de niños sin vacunar que algunos países menos “desarrollados”.

El otro pilar: equidad. Es decir, la casa será más grande o más pequeña, pero sus puertas son las mismas para todos. ¿Han pensado que significa el “copago”? Significa que los enfermos, los pacientes crónicos (seropositivos, oncológicos, ancianos…) son multados por los sanos.  Se promueve la idea de que por usar la casa ellos deben pagar más que los “sanos”. Este “repago” (no copago) no es solo un castigo simbólico, estigmatizante (enfermo igual a culpable), significa hoy que un 20% de los pensionistas ha renunciado al uso de al menos una de sus medicinas esenciales (tensión arterial), que muchos parados piden sus recetas a primeros de mes para poder pagarlas, y que según la Asociación Española contra el Cáncer muchos de sus pacientes deben elegir entre su tratamiento (analgésicos y quimioterápicos) o pagar sus hipotecas y alimentos. Me recuerda a aquel antiguo vídeo propagandístico alemán que muestra las fábricas y barrios obreros de Berlín, diciendo: “Mientras los honrados trabajadores alemanes viven aquí, los débiles y los enfermos viven a su costa en lujosos hospitales…”. Nada nuevo bajo el sol, y menos en política.

Quizá los ciudadanos españoles “sanos” creen que lo estarán siempre. Quizá creen que la salud también es “asunto individual”, como diría Margaret Thatcher.

En abril de 2012, a pocos días de la publicación del RDL 16/2012, un pequeño grupo de vecinos de un barrio de Madrid analiza el decreto y se propone luchar por su derogación: se constituye Yosísanidaduniversal. Les invito a ojear este dossier en que resumen su experiencia. Aquel grupo inicial está presente en 7 comunidades autónomas, principalmente Cataluña, Valencia y Madrid. En la capital son ya 23 los “grupos de acompañamiento”, repartidos por 11 barrios.

Su experiencia empapa cada página del documento. Yo la resumiría en una de sus frases: “Quieren dividirnos, por eso nos unimos más”. De la manera más espontánea han dado nueva forma a una fuerza tan antigua y actual como la misma historia: la solidaridad.

De este colectivo llama en seguida la atención lo certero que demostró ser su análisis, su inteligente inmunidad al continuo engaño con que el gobierno envuelve este cambio de modelo sanitario. ¿Recuerdan cuando se decía que esta ley que hoy impone copagos y excluye a un millón de personas era para combatir el turismo sanitario?

En segundo lugar, su independencia. Esta es la clave de su enorme credibilidad, en estos tiempos en que toda iniciativa genuinamente ciudadana padece el asalto y secuestro (formal o de discurso) de grupos de poder, partidos y sindicatos, hambrientos de “recuperar” el afecto social arrimando a su bandera a los movimientos ciudadanos. Muchos se rinden a este secuestro. Cuando lo han intentado con YOSÍ, la respuesta ha sido de tal contundencia que por el momento han renunciado.

Tercero, entre sus páginas percibirán la profundidad de su discurso: ante la agresión a la soberanía ciudadana que implica este cambio de modelo, y ante la exclusión violenta de algunos del acceso a la sanidad responden desde el nivel más ético pidiendo la derogación. Pero mientras llega, propone y organiza la desobediencia civil. Desobediencia visible, pública, colectiva, organizada. Oposición total la de YOSÍ a la creación de “sistemas paralelos” de “beneficencia” como los que proponen algunas ONGs (animadas a ello por el propio gobierno) con campañas que apelan a aliviar nuestra conciencia aportando unos euritos para que ellas atiendan a los “desechados”. Esto es hacer política desde la ética ciudadana. Es luchar por mantener la atención a todas dentro (y no fuera) del sistema de todos, el suyo. Es su derecho, no beneficencia.

Desobediencia como medio (no como fin) mientras llega la derogación del decreto. Desobediencia urgente porque el 16/2012 ya ha comenzado a segar vidas (Soledad Torrico, Alpha Pam… y muchas más). Y urgente también porque peligra además nuestra salud social, porque si aceptamos en silencio el discurso fragmentador (sálvese quien pueda), que sustenta esa ley, el discurso elitista y criminalizador (la crisis es culpa de los enfermos –gastadores-, de los parados –vagos- y de los ‘otros’ –inmigrantes-), que la alimenta, será todo nuestro modelo social –aquel que incluía en su organización política el principio de solidaridad- el que desahuciemos.

Por último, lo más sano y sanador que empapa estas páginas de “Un año de exclusión, un año de desobediencia” es un sabor poco habitual hoy: el de la pura realidad, el de la más palpable proximidad (o “projimidad”, como dirían Ghandi,  Levinas, o los cristianos). Porque frente a palabras e ideas YOSÍ saca a la luz la fuerza más sencilla y práctica que anima nuestros barrios: el cuidado mutuo entre vecinos. Eso son los  “grupos de acompañamiento”: vecinos. Personas que “ven” (¡verse hoy es grande!) que algunas de entre ellas son expulsadas de sus centros sanitarios, humilladas e “invisibilizadas”. Y ante esa injusticia, se acompañan mutuamente cuando necesitan acudir a ellos. Tras los “talleres” de YOSÍ, pero sobre todo aprendiendo y compartiendo su experiencia (“acompañamiento” a “acompañamiento”) se hacen “expertos” en la exigencia de sus derechos. Se vuelven guías en el laberinto de una burocracia diseñada para desanimar a pacientes y sanitarios. Se hacen testigos de cada injusticia, pero también de que es posible solucionarla. Ponen ante los ojos de los que dicen “solo obedezco la ley” el significado real, el sufrimiento personal, concreto, que significan esas “palabras”. Y recuerdan la responsabilidad de cada uno en mantener lo de todos: cada “NO” cuenta. Cada “SÍ” cuenta.

Algunos llaman a este tipo de personas “antisistema”. Yo creo que son más bien los últimos defensores que quedan al sistema, acosado y herido por la agresión mortal de los que traicionaron su mandato. Estas vecinas y vecinos “de los de antes” son el pegamento que mantiene unida esta sociedad a la que a otros interesa tanto disgregar.

Quienes creen que esta realidad que nos une es débil, y que con su violencia podrán fácilmente romperla se irritan ante la inesperada resistencia. Además, esta realidad, que es la solidaridad, es invisible a sus ojos, pues la desconocen o desprecian. Confusos, aumentan entonces la presión de su violencia.

¿Podrán romperla? “Un año de exclusión, un año de desobediencia” dice lo contrario. Quizá hoy es solo un susurro que se extiende por los barrios de nuestras ciudades. Que se escuche su voz depende de todas y de todos, de ustedes y de mí. Como dice en YOSÍsanidaduniversal: Cada voz cuenta, cada decisión cuenta.

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