Hoy he soñado que me moría...

Hoy he soñado que me moría…

Marc Vilarassau i Alsina. Hoy he soñado que me moría. Venía una multitud de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se me llevaban de un tirón. Y yo, ¿que hacia donde nos dirigimos?, y alguien, ¿no te has enterado?, y yo que no, y otro pues que estamos invitados a la mesa del Reino de Dios, y yo que me apunto, no tengo nada mejor que hacer. Y de golpe llegamos a las puertas del Reino de Dios y un ángel de espaldas anchas, en un tono dulce, pero inapelable, nombre por favor, y yo que Marc Vilarassau para servirle a Dios y a usted, y él a ver… mmm… sí, haga el favor de esperar aquí, no obstruya la puerta, gracias. Y la gente pasando, y yo solo esperando, y tú lo flipas, ¿no?

Y en estas veo a Juan Antonio que se une y yo ¿qué tal ?, ¿cómo va la vida ?, y él bueno, la vida se acabó de aquella manera, ¿qué te voy a contar?, pero aquí estamos, y yo ¿quién te ha invitado?, y él ¡pues yo que sé!, y yo con lo que le diste a la coca y a la mala vida, qué suerte ¿no?, y él que se encoge de hombros y con boca de mosca , ¿qué quieres que te diga?, a mí me han llamado y aquí estoy, y el ángel de la puerta que al ver a Juan Antonio le da un abrazo como si lo conociera de toda la vida y lo hace pasar. Y yo en la puerta, esperando.

Y gente y gente, y yo que, tras un niño negro con una cicatriz inmensa en el rostro, reconozco el Señor Andrés. Pasó los dos últimos años de su vida en el banco que había delante de casa, en el barrio de Collblanc, en Hospitalet de Llobregat. Le bajaba mantas en invierno y las meaba todas. Pasó dos temporaditas en OBINSO y se recuperaba bastante, pero Andrés tiraba de nuevo a la calle como la cabra tira al monte. Su hermana vivía tres calles abajo, pero no quería saber nada de él, y yo la que le habrás hecho pasar, bandido, y él si tú supieras, es normal que no me quiera ni ver. De golpe desapareció, y yo quizás lo ha conseguido. Un mes más tarde, unos niños lo encontraron muerto en el interior de la casa abandonada al fondo de la calle. Lo metieron en la fosa común y yo que hubiera querido despedirle le fui a llevar unas flores, que solo que debes estar, querido Andrés. Y yo gritando, Señor Andrés, ¿se acuerda de mí?, y él me ve de lejos y se le ilumina el rostro, pero el ángel que lo hace pasar y él que me hace signos con las manos, nos vemos dentro, luego hablamos. Y yo en la puerta, esperando.

De repente, unas risas muy familiares, y yo que me giro y la Niña Julia que se me tira al cuello, y ella padrecito ingeniero, ¿cómo anda Usted por aquí?, ¿espera a alguien parado en la puerta ?, venga para dentro, y el ángel no señora que el padrecito espera todavía un poquito, y ella que bueeeeno, no se preocupe yo me adelanto a prepararle unos tamalitos y unos frijoles. Y yo que recuerdo la respuesta de la Niña Julia cuando le pregunté pero cuántos hijos tiene usted, Niña, y ella hijos, lo que se dice hijos, cinco, pero cinco más son recogidos, y yo pero con los apuros que pasan en la casa… y ella ay, padrecito, donde comen cinco comen diez. Y yo que no me extraña que entres tan rápido, santa Julia de la Chacra, y yo que se me escapan unas lágrimas. Y yo que empiezo a entender, sigo esperando.

Y tantos y tantos y tantos que van pasando, como una riada, y todos que cuando me ven hacen el gesto como diciendo ¿qué haces tú aquí, parado?, pero el ángel hagan el favor de circular que somos muchos y el banquete está a punto de comenzar. Y alguien que le dice al ángel escuche buen hombre, déjelo pasar al Marc que hacía unas homilías despampanantes y el ángel mira aquí no estamos para sermones, aquí venimos a comer y a reír. Y yo sigo esperando, pero no pasa nada, creedme.

Y todos los abrazos que ahora no nos podemos dar, reviven en mí desde dentro, como aquello que no me ha dejado nunca a pesar de las distancias y los silencios, como la promesa de una plenitud que en aquel momento no podíamos retener con las manos. Y aunque la puerta es tan estrecha y el ángel tan inapelable, me digo, la sala debe ser muy espaciosa. Y yo que tengo muchas ganas de entrar, y al principio me daba rabia, pero ya no tengo prisa. Y pienso, suerte que esto del Reino de Dios no son como las rebajas del Corte Inglés, sálvese quien pueda. Suerte que la puerta es estrecha y que aquí se entra de uno en uno, con nombre y apellidos, con historias y no con histerias. Y yo cada vez más extrañamente feliz, ¿verdad que me entendéis?

Y finalmente, cuando ya no quedaba nadie, ni siquiera el ángel de espaldas anchas, sólo yo en la puerta con cara de pescado hervido, Dios mismo se asoma y hace como quien mira para que no quede nadie fuera, y yo que es la primera vez que lo veo me resulta familiar: tiene la nariz de Juan Antonio, los oídos del Señor Andrés, las manos de la Niña Julia… Y él, como si estuviera sorprendido al verme, ay Marc, casi me olvido de ti, y yo, mira que es pícaro. Y él has tenido suerte, todos tus amigos al verme me han hecho una pregunta, la misma, y es por ello que, aunque sea en los postres, tienes derecho a pasar a la mesa de mi Reino, y yo, sollozando, y ¿cuál es esta pregunta, Señor? Y él, todos, sin excepción, me han preguntado, Señor, ¿cómo es que Marc está en la puerta, esperando?

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Nuestro compañero jesuita, Marc Vilarassau, acaba de hacer su último viaje, el definitivo, hacia el Padre. Ha luchado durante años contra el cáncer, contra alguien que “solo le ha podido quitar la vida”. Él moría diciendo: estoy en paz, estoy en paz, en un último gesto de entrega. En honor y recuerdo publicamos una de tantas homilías y escritos sugerentes que muestran cómo su espiritualidad latía a ritmo de los más marginados. 

Adjuntamos un poema y canción de Marc interpretado aquí por el Grupo 4crits.