El negocio de la salud

El negocio de la salud

Nani Vall-llosseraLa mercantilización de la salud, fenómeno de carácter global[1] que en las últimas décadas está azotando con fuerza a Europa, tiene como consecuencia una doble dinámica: la concepción de la salud como un bien de consumo más y la privatización de los servicios públicos de salud.

La salud como mercancía

El proceso de convertir la salud en un negocio precisa de un cambio de índole cultural que transforma la salud en un producto como otros en el imaginario colectivo, un asunto privado sujeto a las leyes de mercado y vulnerable a las estrategias de marketing. Hasta épocas recientes hemos protegido la salud, con mayor o menor éxito, de estas injerencias porque la hemos considerado un bien sensible, de características particulares e influenciable por el azar de la posición socio-económica, la mala suerte y la genética. Concebíamos la salud de las personas como un bien y una competencia de la sociedad en su conjunto, más allá de la responsabilidad individual, porque estaba condicionada por la distribución desigual de experiencias perjudiciales (acceso a la atención sanitaria, escolarización, educación, condiciones de trabajo y tiempo libre, vivienda, alimentación). Entendíamos que la asimetría entre el ciudadano -por sus conocimientos limitados y la situación de vulnerabilidad en que le sitúa la enfermedad o el miedo a padecerla- y el médico era tan grande, que era deseable que la atención sanitaria no estuviera expuesta a las fuerzas del mercado.

La posguerra europea hizo patente que, independientemente del lugar que se ocupase en la escala social, la muerte y la enfermedad podían destrozar las perspectivas de una familia, y que estar juntos en eso, aceptando el racionamiento y la austeridad que permitiera el acceso de todos a lo esencial, y contribuyendo a este objetivo con el pago de impuestos, permitía afrontar mejor los desastres que podían sobrevenirles.[2]

Sin estas consideraciones e ignorando las lecciones que nos ha dado la Historia, la salud es el producto perfecto. El marketing consigue que la demanda crezca ilimitadamente porque alrededor de la salud y de la enfermedad se evidencia la insoportable vulnerabilidad y finitud de la vida, y se ponen en juego miedos, malestares e inquietudes. Una vez abandonado el producto a la suerte del libre mercado, éste inventa nuevas enfermedades (calvicie, disfunción sexual femenina) que precisan ser tratadas con los fármacos desarrollados ad hoc con viejos fármacos que buscan nuevas indicaciones; abandona los “nichos” poco rentablesdesatendiendo la investigación de medicamentos para enfermedades propias de los países pobres o haciendo patente la ley de cuidados inversos, según la cual reciben menos cuidados las personas que más los necesitan; convierte factores de riesgo en enfermedades (colesterol, osteoporosis), aumentando la percepción de necesidad de tratamiento; cambia las definiciones de enfermedad y así, estrechando los límites de la normalidad (colesterol, trastorno por déficit de atención e hiperactividad), aumenta el número de los que se definen como enfermos y deben ser tratados; lleva a las personas y a los profesionales sanitarios al convencimiento de que el riesgo cero de enfermedad y la prevención de todo es posible y se consigue a base de chequeos y cribados; manipula la investigación y las publicaciones científicas; oculta datos sobre eficacia o seguridad de medicamentos que podrían comprometer el negocio, aún con riesgo para la salud de las personas; compra profesionales sanitarios que colaboren para sus fines; y medicaliza la vida cotidiana, consiguiendo que nunca nos sintamos bien y siempre nos percibamos en riesgo de enfermar.

La transformación cultural de la que hablábamos va acompañada de una propaganda de mensajes simples y claros, aunque falsos: “que al ciudadano no debería importarle si la empresa que provee su atención sanitaria es pública o privada”;”que la gestión privada es más eficiente que la pública”, cuando no hay suficientes datos para hacer esta afirmación y los pocos que hay favorecen a la pública; “que impedir el acceso al sistema sanitario de algunas personas no afecta a la calidad y los resultados de la atención sanitaria”, cuando en realidad sí que empeora la salud de la población en su conjunto y también la del sistema. Estos mensajes repetidos hasta la saciedad, llevan a la ciudadanía a la desorientación, al convertir en importante aquello que no lo es científicamente, y a la aceptación impasible y cómplice de la corriente privatizadora y de la pérdida de equidad en el acceso a la atención sanitaria.

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[1] Tudor Hart J. The Political Economy of Health Care: A Clinical Perspective. Bristol: Policy Press; 2006.

[2]McKee M, Stuckler D. The assault on universalism: how to destroy the welfare state. BMJ 2011: d7973.

Imagen extraída de: Ofil Argentina

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