Lo más necesario, lo más prioritario

Lo más necesario, lo más prioritario

José EizaguirreAhora que estamos en verano, imaginemos que nos vamos a pasar una semana de vacaciones a una casa que nos presta un amigo, una casa maravillosa en un lugar precioso. Cuando nuestro amigo nos da las llaves nos indica: “Podéis hacer lo que queráis en la casa, desde montar una fiesta a un casino clandestino, con tal de que el día que os vayáis la dejéis en las mismas condiciones en las que la recibís. Porque después de vosotros vendrá otra gente a pasar también unos días de vacaciones, y luego otros, y otros más. Y la casa tiene todavía que durar muchos años”.

¿Nos parece razonable? Seguramente sí. No creo que se nos ocurra quemar los muebles para hacer una barbacoa o arrancar los cables eléctricos para vender el cobre. Nos han prestado esta casa maravillosa y sabemos que después de nuestra breve estancia vendrán otros a disfrutarla.

Al término de una conferencia en la sala Borja de Valladolid (8 de mayo de 2013) sobre “estilos de vida en conversión”, uno de los participantes intervino en el coloquio: “Nos has hablado de muchas cosas y todas importantes; pero no podemos priorizar todo. ¿Qué es lo más necesario, lo más prioritario? ¿Tal vez la preservación del Medio Ambiente?”.

Esta persona estaba en lo cierto y así lo expresé. Hoy nos enfrentamos a muchos retos: sociales, culturales, políticos, religiosos… Pero tengo para mí que lo más prioritario de todo es asegurar que los que van a venir después de nosotros podrán sobrevivir sobre la superficie de la tierra.

¿Exageración? Podemos acudir a los estudios científicos, fiarnos de personas expertas y confiables que corroboran esas conclusiones o simplemente abrir los ojos y pensar un poco con sentido común. Está claro que nuestra generación está dañando el medio ambiente con una gravedad tal que está comprometiendo seriamente las posibilidades de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades, (todo lo contrario de la definición de “desarrollo sostenible” según la Declaración de Río de 1992 y el Informe Brundtland de 1987).

Es una cuestión de sentido común. Y también de justicia. Textos importantes del Pensamiento Social Cristiano llevan tiempo hablando de solidaridad y justicia intergeneracional: el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (año 2004, nº 467), la Encíclica Caritas in Veritate (año 2009, nº 48) y el Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero de 2010, Si quieres promover la paz, protege la Creación:

“Parece urgente lograr una leal solidaridad intergeneracional. Los costes que se derivan de la utilización de los recursos ambientales comunes no pueden dejarse a cargo de las generaciones futuras (…). El uso de los recursos naturales debería hacerse de modo que las ventajas inmediatas no tengan consecuencias negativas para los seres vivientes, humanos o no, del presente y del futuro; que la tutela de la propiedad privada no entorpezca el destino universal de los bienes; que la intervención del hombre no comprometa la fecundidad de la tierra, para ahora y para el mañana. (…) La crisis ecológica muestra la urgencia de una solidaridad que se proyecte en el espacio y el tiempo”. (nº8)

Desde que tuvo lugar la Asamblea Europea de Iglesias en Basilea (1989) se ha popularizado la expresión “Justicia, Paz e Integridad de la Creación”, al hacernos conscientes de que la cuestión social va inseparablemente unida a la medioambiental. Pero seguramente ésta sea prioritaria frente a aquélla, pues, por desgracia, es posible un mundo sin justicia y sin paz, ¡pero no es posible un mundo sin mundo! Y lo cierto es que hay motivos más que preocupantes para pensar que las generaciones futuras van a heredar un planeta con menos capacidad de albergar vida -y vida humana-.

Un ejemplo: sabemos que el Ártico se está derritiendo a un ritmo más que preocupante. Si se nos concede culminar la esperanza de vida de la gente de nuestra generación, muy posiblemente las personas de mi edad veremos la mayor parte del ártico derretido en verano. Y cuando eso suceda las consecuencias medioambientales serán impredecibles. Y no parece que la tendencia se vaya a revertir; al contrario, todo apunta a que va a seguir acelerándose.

Podemos hacer lo que queramos en nuestra breve estancia sobre este bello planeta -desde amarnos a sacarnos los ojos (aunque, evidentemente, mucho mejor lo primero)-, con tal de que cuando nos vayamos lo dejemos en las mismas condiciones de habitabilidad de como lo hemos recibido. Incluso más, como animaba Baden-Powell a los scouts de todo el mundo, “tratando de dejarlo en mejores condiciones de cómo lo hemos encontrado”. Esto es ahora mismo lo más necesario, lo más prioritario. Por sentido común. Y por justicia.

Imagen extraída de: El Mundo

 

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