Los beneficios de la corrupción

Los beneficios de la corrupción

Veus. Benjamí Bastida. [La Directa] Las últimas semanas han salido a “flote” diferentes casos de corrupción económica. La primera impresión es que se trata sólo de “la punta de un iceberg”. Recordando Arquímedes, podemos decir que salen a “flote” porque son bastante voluminosos y porque “las profundidades” hay muchísima más corrupción, que es la que provoca el empuje hacia arriba. Podemos preguntarnos si es positivo o negativo, en el camino de la transformación social, el hecho de “poner en evidencia” los casos de corrupción. Es decir, la denuncia de la corrupción puede considerarse una herramienta transformadora? La respuesta inmediata es que esta denuncia y los procesos judiciales -si llegan a existir- son elementos positivos de transformación del sistema. Sin embargo, si falta un análisis lúcido, puede desviar la orientación de una estrategia que pretende ser transformadora.

Considerar que el sistema de “economía social de mercado” (mercado y supuesta sensibilidad social) se ve sometido a crisis periódicas o que la situación económica y social se está deteriorando debido a la actuación de agentes corruptos y oportunistas, que aprovechan en beneficio propio grietas legales, institucionales o administrativas, implica asumir, en consecuencia, que si se consiguiera denunciar las corrupciones existentes, condenar a los corruptos y eliminar los vacíos legales que permiten la corrupción, el sistema económico no se deterioraría y alcanzaría el bienestar para todos.

Pero, ¿dónde está la línea que separa la corrupción de la “no corrupción”? ¿Quién la traza, esta línea? ¿Basta con una estrategia de corrección de líneas como, por ejemplo, potenciar una ley de transparencia?

La corrupción no proviene de desajustes ni distorsiones de la economía de mercado capitalista, sino que es el resultado natural de su funcionamiento. Incluso se puede pensar que la corrupción se encuentra en la raíz, en los cimientos de la economía de mercado. Expresado en términos teóricos podemos decir que, por un lado, una parte importante (tal vez la totalidad) de la acumulación primitiva, tanto desde la perspectiva temporal como desde el estructural, se realiza mediante la corrupción. Por otra parte, la corrupción cumple la función de redistribución de las ganancias entre los agentes del capital ya que la distribución primera está lejos de ser aceptada indiscutiblemente por todos. Es decir, la corrupción pone de manifiesto la lucha intraclase para apropiarse de las ganancias derivadas de la explotación de la fuerza de trabajo. Cuando los representantes del capital no llegan al consenso (casi nunca llegan) esta lucha deriva hacia acuerdos parciales para establecer formalmente unas reglas de juego (cierta legislación mercantil, nuevas instituciones). En este proceso de formalización de las reglas de juego no está ausente la necesidad de legitimar el sistema ante la resistencia de la mayoría de la población, estableciendo, por ejemplo, sistemas de fiscalidad o redistribución formal en beneficio de sectores más amplios de población. En este contexto, es posible que algunos agentes del capital aprovechen debilidades y vacíos legales o administrativos para apropiarse de partes de ganancia. ¿Son corruptos? Desde el punto de vista de quienes han forjado aquellas instituciones o regulaciones, para ser calificados como corruptos deberán ser imputados y sometidos a procesos de resultado incierto.

Resumiendo, los actuales casos de corrupción conducen a dos conclusiones:

La primera: el término corrupción y la calificación negativa de sus contenidos son conceptos muy relativos porque dependen de unas normas, leyes e instituciones establecidas en una sociedad dividida. Desde esta perspectiva podríamos hablar de corrupciones “legales” o “legalizadas”. Un esfuerzo para aproximar las líneas rojas de la corrupción a un nuevo sistema de valores sería transformador.

La segunda: La última causa del deterioro económico y social no se encuentra precisamente en los corruptos (que también contribuyen) sino en un sistema que en sí mismo genera incentivos para la corrupción y que se alimenta de ella.

Después de todo, los regalos, el dinero y demás activos financieros o reales, utilizados para corromper, proceden de la apropiación o despojo del excedente, es decir, de la explotación de la fuerza de trabajo por parte del Capital.

Imagen extraída de: UAM-Biblioteca

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