Carta desde Tocoa (Honduras)

Carta desde Tocoa (Honduras)

Ramiro Pàmpols. Dudaba de escribir esta carta porque parece que si no tienes algunas informaciones originales “no vale la pena”. Pero finalmente me he decidido a hacerlo aprovechando una tarde de sábado que tengo libre.

En primer lugar los asesinatos diarios siguen su rumbo fatídico: en Tegucigalpa, el domingo pasado hubo 21 muertos. Aquí en Tocoa, tres más alrededor de la parroquia. Es cierto que las motivaciones para “ultimar” a alguien, como dicen aquí, son diversas: una muy frecuente es el robo que se ha convertido en una realidad cotidiana, a causa de la pobreza endémica. Ayer cerca de nuestra casa le quitaron el celular a una chica a las siete de la tarde, en medio de la calle, amenazándola con una pistola. No fueron más allá porque llevaba una criatura en brazos. Nosotros tenemos un vigilante por la noche. Los pequeños comerciantes cierran su negocio, incapaces de pagar “el impuesto” que cada mes, semana o día les reclaman las “maras”. Los taxistas de las ciudades grandes, han de pagar diariamente una cantidad si no quieren que les pase nada… Don Javier, un buen amigo de la parroquia, me decía esta mañana que va a tener que dejar el trabajo de vendedor ambulante porque le han asaltado ya siete veces amenazándolo con que si no lleva dinero, será aun peor.

Hay motivaciones de tipo claramente político, por no decir mafioso: un Fiscal del Estado, profesor universitario, que investigaba los activos ilícitos depositados en los bancos, y que no quería llevar guardaespaldas, fue asesinado hace tres o cuatro días mientras volvía a casa. Uno más, porque estos son los “blancos” preferidos por el narcotráfico y quizás por determinados policías de alta graduación. Esto es tan cierto que los mismos EEUU han manifestado al Gobierno de Honduras que no quieren entrar en relación con el Jefe Superior de la Policía del país, ni con los 20 altos cargos que le preceden en la cúpula policial. Lo más sorprendente es que los nombres de estos individuos y de otros, los “cachiros” de la droga hondureña, salen con nombres y apellidos ¡en Wikipedia!

La gente no se atreve a denunciar a ningún asesino por miedo de que la policía dé aviso de la denuncia al responsable del asesinato. Y la gente reconoce que dentro de la comunidad donde tuvo lugar la muerte, todo el mundo sabe quien fue el asesino… Pero prefieren tomarse la justicia “por su mano” pasado un tiempo (un año o más) de forma que no permita sospechar que se trata de una venganza. O bien, dejarse dominar por el miedo y el silencio.

La Fiscalía y los jueces tampoco se atreven a actuar en la mayoría de casos cuando “huelen” que se trata de “gente respetable” o peligrosa. También tienen miedo a ser eliminados.

Otros muertos son debidos, seguramente, a “eliminaciones” entre las propias familias que dominan el tráfico de la droga en una zona determinada del país.

Y otros, los causan los grupos armados por los terratenientes para defender la inmensas propiedades que han adquirido de forma fraudulenta. Ayer mismo se abrió una fosa clandestina cerca de Tocoa, donde se encontró sepultado a un agricultor desaparecido. El motivo puede ser simplemente ¡la prohibición de pasar por al lado de la finca! Entre estos guardas hay profesionales, es decir, mercenarios, con prácticas de tortura para investigar y deshacer los grupos de agricultores armados que buscan ocupar tierras que han sido propiedad del Estado y ahora pertenecen a industriales o terratenientes.

Y en un país donde un 65% de pobreza, la salida más tentadora, si no se prevé que haya un seguimiento claro de los delitos, es la de cometer robos en los autobuses urbanos, en las tiendas, el gimnasio, donde sea…

Este duro panorama se presta a la existencia del “sicariado”: personas dispuestas a matar por 500 dólares, montados en una motocicleta. El “sicariado” en la actualidad es una profesión, hasta el punto que el Estado ha tenido que prohibir llevar a otra persona detrás del vehículo.

La vida y muerte del país no se reduce, sin embargo, a estas pinceladas. Gracias a Dios hay mucho más. Hoy mismo hemos tenido una asamblea muy numerosa de organizaciones ciudadanas y de campesinado que están luchando contra la Ley de Minería que acaba de salir. El Gobierno ha facilitado la explotación a cielo abierto en muchos lugares del país, con el riesgo evidente de destruir el medio ambiente, envenenar las fuentes de agua y los ríos, dejando en manos de las multinacionales, canadienses, norteamericanas y chinas el acaparamiento de oro y otros metales que “los españoles aún no habían explotado” cuando se declaró la independencia.

Son terribles las imágenes que se han proyectado sobre las enfermedades cutáneas que muchas personas, niños y gente mayor, llevan en su cuerpo, y los casos de cáncer comprobados en el Valle de Siria, donde se permitió la extracción antes de redactar la Ley.

Acabaré con dos imágenes mucho más atractivas y llenas de humanidad.

Ayer, encima de una camioneta que llevaba el féretro de un difunto, se encaramaron catorce o quince niños y niñas, que con la mano puesta sobre el ataúd, acompañaban al difunto hasta el cementerio. Después de todo lo que he narrado, es fácil imaginar que los niños se han habituado a la muerte y la viven con naturalidad.

La otra es el ofrecimiento que las madres hacen en la Misa de los niños recién nacidos, viniendo al altar con la criatura en los brazos. A mí me gusta que primero digan ellas unas palabras y después yo acompaño, brevemente, lo que ellas han dicho. Acabado este “ritual”, invitamos a la asamblea a que aplauda al niño.

Como veis, al dramatismo de las vidas arrancadas con violencia, se añade el deseo de que el futuro de estos niños sea diferente. Sin expresarlo de esta manera, el ofrecimiento a Dios y los aplausos tienen este significado.

 

Abril del 2013.

Imagen extraída de: CNNMéxico

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