¿Profetas de calamidades?

¿Profetas de calamidades?

Víctor Codina.  Basta con abrir el periódico o encender el televisor para sentirse inmerso en un ambiente de pesimismo y de crisis global, como si nos encontrásemos en mitad de un túnel a oscuras y en una curva, donde no se percibe la luz de la salida. La economía, la política, la ecología, la justicia, los derechos humanos, los valores… todo está en crisis. También la Iglesia vive un duro invierno eclesial y el Papa Benedicto XVI compara la situación de hoy con la tempestad de los discípulos de Jesús en el lago de Genesaret.

Ante esta situación, las palabras de Juan XXIII en el discurso inaugural del Concilio, el día 11 de octubre de 1962 siguen siendo actuales, a pesar de los 50 años que nos separan de su tiempo. Dice Juan XXIII que muchas personas, quizás con buena voluntad pero sin criterio ni cordura, no ven en los tiempos modernos más que prevaricación y ruina, como si no hubiesen aprendido del pasado que siempre es maestro de la vida. Él, personalmente, disiente de estos profetas de calamidades que siempre anuncian acontecimientos desgraciados y apocalípticos. Al contrario, cree que la Providencia divina nos lleva hacia un nuevo orden de relaciones humanas y que todo lo dispone para el bien de la Iglesia.

Seguramente muchos pueden pensar que Roncalli era demasiado ingenuo y optimista, que los tiempos actuales son mucho peores que los de hace 50 años. Pero, ¿y si fuese verdad que las actuales crisis son una señal roja de alerta para indicar que tenemos que cambiar el actual orden mundial, despedirnos del capitalismo neoliberal de mercado, de la explotación salvaje de la tierra, de la idolatría del dinero y el consumo, de la corrupción, la violencia de las armas y las relaciones políticas y sociales injustas? Y si el tambalearse de las estructuras eclesiásticas fuese un signo de que hemos de volver al Evangelio de Jesús, edificar una Iglesia nazarena, sencilla, pobre, que sea un lugar de acogida y misericordia?

Otro mundo es posible y necesario, otra Iglesia es posible y necesaria. No se trata de un optimismo ingenuo sino de la fe por la que creemos que toda la humanidad es conducida por el Espíritu del Señor que llena el universo. Juan XXIII continúa teniendo razón: no podemos dejarnos deslumbrar por los actuales profetas de calamidades. Esto nos paraliza y desanima. En medio de dolores de parto podemos esperar y trabajar por un nuevo nacimiento.

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En el último cuaderno de Cristianisme i Justícia, Víctor Codina analiza la herencia del Concilio Vaticano II en su 50 aniversario. Para más información, click aquí.

Imagen extraída de: Wikimedia Commons

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