Las cosas del Espíritu (Seminario Teológico I)

Las cosas del Espíritu (Seminario Teológico I)

Josep coboAlgunos teólogos modernos, y quizá no tan modernos, recurren a la metáfora de la luz a la hora de dar cuenta de lo que pueda ser esto del Espíritu. El Espíritu sería, así, como la luz que todo lo ilumina, la luz que directamente no puedes ver pero que hace posible que puedas ver cuanto te rodea. En este sentido, también podríamos hablar del Espíritu como el aire que respiramos o como el agua que ablanda las legumbres. Se trata de un Espíritu que podemos dar naturalmente por descontado: el Espíritu como medio, como éter, como atmósfera. El Espíritu como energía, como poder (se supone que benéfico). Ciertamente, hay algo de verdad en todo esto. Cuando podemos ver que hay algo fuera de nosotros mismos es porque hay luz. Quien posee espíritu —mejor dicho, quien se encuentra en él— permanece abierto a lo que de algún modo le supera. Y difícilmente puede uno ir más allá de uno mismo, si no ve que hay efectivamente algo más allá. Sin embargo, no hay metáfora inocente. Y es que no me parece que esta manera de concebir al Espíritu sea propiamente cristiana. Cristianamente hablando, no diría que el Espíritu sea algo que podamos dar naturalmente por descontado, con independencia de la Encarnación. Un espíritu por doquier sería, pongamos por caso, el espíritu según el animismo, pero no aquél que brota de la Cruz. Por ejemplo, en Jn 7,39 nos encontramos con lo siguiente: y todavía no les había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado (que en Juan es lo mismo que decir crucificado, pues para el cuarto evangelista no hay más elevación que la de la Cruz). Cristianamente hablando, el Espíritu de Dios no puede ser otro que el Espíritu de la resurrección de un crucificado en nombre, no lo olvidemos, de Dios. “En nombre”, esto es, por la causa de Dios, pero también, en su lugar. Y es que el Espíritu del cristianismo ya fue desde sus inicios el de un Dios que (de)pende de una Cruz. De ahí que el Espíritu que abre cristianamente la vida de los hombres —y a menudo en canal—, no sea aquél que provoca en nosotros buenas vibraciones, aquél que nos permite sintonizar con las energías positivas del cosmos, aquél que causa las más bellas cristalizaciones, sino aquél que nos arroja sobrehumanamente en manos de un Dios que se hizo uno con los crucificados de este mundo. O, por decirlo a lo bruto, como si el impulso de Dios, su pro-vocación, en vez de elevarnos hacia cimas cada vez más altas, nos diera una bofetada en pleno delirio para devolvernos a lo más árido de la tierra, para ponernos de golpe, nunca mejor dicho, en brazos de lo pobres, de aquellos que por no tener, ya no tienen ni espíritu para levantarse (los pobres de espíritu), con la esperanza que da el haber sido testigos de la vida que Dios da donde no puede haber ya vida alguna para el hombre. El Espíritu de Dios es el espíritu de la esperanza que nace de la Resurrección. No tener en cuenta estos distingos es hacer del Espíritu algo así como el cajón de sastre de una sensibilidad que no aspira a otra cosa que a disolverse en la inmensidad del océano. Algo que, sin duda, puede calmar nuestra necesidad de compensar la sequedad de nuestras vidas, pero que tiene poco que ver con la vida que se nos ofrece cuando podemos reconocer al Crucificado como Señor.

NOTA: Este artículo es una reflexión libre a partir de la discusión del primer encuentro del Seminario interno del área teológica de Cristianisme i Justícia.

Imagen extraída de: HFIC