Trabajo doméstico: la vanguardia en esclavitud laboral femenina del siglo XXI

Trabajo doméstico: la vanguardia en esclavitud laboral femenina del siglo XXI

Veus. [United Explanations] Ana Murcia Jurado. Aún hoy existen diversas formas de esclavitud laboral en países desarrollados y subdesarrollados. La sufren las personas que se dedican al trabajo doméstico, con representación mayoritaria de mujeres y niñas, especialmente migrantes. Ellas visibilizan la forma de esclavitud laboral en este evolucionado siglo XXI.

La Organización Internacional del Trabajo, OIT, ha realizado estimaciones mundiales y regionales recientemente que muestran que el trabajo doméstico es un sector económico en plena expansión. Cifra en “al menos 52,6 millones de mujeres y hombres mayores de 15 años tienen su empleo principal en el trabajo doméstico. Esta cifra representa alrededor del 3,6 por ciento de la fuerza de trabajo asalariada en todo el mundo. Las mujeres constituyen la abrumadora mayoría de los trabajadores domésticos, ya que son 43,6 millones, o aproximadamente el 83 por ciento del total. El trabajo doméstico es una fuente importante de empleo remunerado para las mujeres, y las trabajadoras domésticas representan el 7,5 por ciento de la fuerza de trabajo femenina asalariada en todo el mundo”.

El trabajo doméstico, entendido como el realizado dentro de una relación laboral, se caracteriza por sus precarias condiciones y salarios mínimos irrisorios. Un alto porcentaje de esta actividad laboral se realiza desde la economía informal, lo que significa peores condiciones de trabajo y no tener acceso a derechos laborales básicos como el salario mínimo. Las trabajadoras domésticas, en su mayoría, no están protegidas, no  están informadas, y por lo tanto no son libres de formar parte de asociaciones y sindicatos que las respalden en la lucha hacia un trabajo doméstico digno.

Pero, ¿a qué se debe este marcado rasgo de género y de condiciones precarias en el trabajo doméstico en la actualidad? Estamos delante de un claro proceso social y cultural discriminatorio, sustentado en la especialización de las mujeres en trabajos relacionados con los cuidados, basado en el patriarcado hegemónico en nuestras sociedades y en argumentos de naturaleza genética.

El cuidado es una actividad indispensable en todos los hogares para la reproducción social y el bienestar en la vida diaria de las personas e incide directamente en el desarrollo económico y social de los países. Sin embargo, sigue siendo subvalorado por las sociedades y olvidado por gobiernos de todo el mundo.

Nuevas Normas Internacionales de protección al Trabajo Doméstico

La OIT ha realizado avances en la dignificación del trabajo doméstico. En junio de 2011 elaboró por primera vez normas internacionales dedicadas al trabajo doméstico. El Convenio 189 y la Recomendación 201 sientan un precedente, pues es el primer convenio referido exclusivamente al trabajo doméstico al que define como “trabajo”, convirtiéndolo en un elemento central del desarrollo. El convenio traza los principios de derechos humanos para las trabajadoras y los trabajadores domésticos en el contexto del programa de trabajo decente, involucrando a gobiernos comprometidos, empleadores y empleados responsables.

“El Convenio es un tratado internacional que es vinculante para los Estados miembros que lo ratifican, mientras que la Recomendación que lo acompaña ofrece orientación más detallada sobre cómo aplicar el Convenio”.

El segundo paso, es la ratificación de dicho convenio por los Estados Miembros. Para la entrada en vigor de un convenio es imprescindible que sea ratificado por, al menos, dos Estados en el año siguiente a su aprobación. Hasta la actualidad, sólo han sido dos los miembros que han ratificado dicho convenio. Uruguay fue el primer país en junio de 2012, seguido de Filipinas en agosto. Este convenio sigue en vigor con un aprobado muy justito. Falta más implicación sin lugar a dudas.

Para ello, la Confederación Sindical Internacional, CSI, en diciembre de 2011 puso en marcha la “Campaña  12 para 12”,  con el objetivo de conseguir 12 ratificaciones del convenio 189 de la OIT en 2012 sobre la protección de las trabajadoras y trabajadores domésticos.

“La ratificación de hoy por parte de Filipinas (07.08.2012) envía una fuerte señal a los millones de trabajadores domésticos en el mundo, que estarán protegidos una vez que el Convenio entre en vigor. Espero que esta señal también llegue a los otros Estados miembros y que pronto veamos a más y más países asumiendo el compromiso de proteger los derechos de los trabajadores domésticos”, declaró el Director General de la OIT, Juan Somavia.

Filipinas da ejemplo de buenas prácticas teniendo en cuenta que este país es uno de los principales proveedores de mano de obra doméstica a nivel mundial (3,4 millones de personas).

Según la Philippines Overseas Employment Administration (POEA), “tan sólo en 2010, nada menos que 154.535 empleados/as del hogar, en su mayoría mujeres, emigraron a Oriente Medio, a Europa y a países vecinos como Hong Kong y Singapur. Estos trabajadores, que representan el 45% de la mano de obra migrante de Filipinas, se encuentran particularmente expuestos a la trata de personas y a la explotación”.

Los países árabes, espejo de maltrato laboral

Algunos países del Golfo Pérsico como Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos o Qatar no respetan la legislación laboral ni los derechos humanos, excluyendo al trabajo doméstico de las protecciones más básicas como los límites horarios en las jornadas laborales diarias, el descanso semanal y la cobertura en accidentes laborales, entre muchas otras. Estas vejaciones no son las únicas que deben soportar las trabajadoras domésticas migrantes, los maltratos y abusos psicológicos y físicos, es algo habitual en este tipo de relación laboral.

“Aproximadamente una tercera parte de los 22 millones de trabajadores migrantes en el mundo árabe son mujeres que realizan trabajo doméstico. La mayoría proviene de Asia y África, en particular de Sri Lanka, Filipinas, Bangladesh, Nepal, Indonesia y Etiopía”.

Las trabajadoras domésticas en estos países son víctimas tanto de sus empleadores como de los países dónde trabajan sin apenas protección laboral e inexistente legislación sobre el  trabajo doméstico. El resultado es exclusión de la legislación laboral nacional, de los sistemas de seguridad social y de las normas de seguridad y salud. Atadas a sus empleadores a través de un contrato de naturaleza informal y no reglamentado. Se trata de mujeres valientes que abandonan sus países de origen y sus familias para acabar en muchos casos en situaciones de violencia de género, explotación y abuso.

“Este sistema laboral del trabajo doméstico en los países árabes es el llamado patrocinio/Kafala. Éste otorga todo el poder de la propiedad de la empleada a su empleador, comenzando por confiscar el pasaporte de la trabajadora y acabando por prohibirla salir del domicilio.  Este encarcelamiento supone incumplir plenamente los derechos humanos de todas esas mujeres y niñas migrantes”.

Kuwait: un claro ejemplo de esclavitud laboral femenina

El caso de Kuwait es un claro ejemplo de esta penosa situación. La organización pro derechos humanos Human Rights Whatch publicó en octubre de 2010 el informe “Walls at Every Turn: Exploitation of Migrant Domestic Workers Through Kuwait’s Sponsorship System”(Muros por todos lados: Explotación de las trabajadoras domésticas a través del sistema de patrocinio de Kuwait). Dicho informe muestra que, en 2009, los trabajadores domésticos de Sri Lanka, Indonesia, Filipinas y Etiopía presentaron más de 10,000 quejas de maltrato en sus embajadas en Kuwait.

Según Human Right Whatch “Los 660,000 trabajadores migrantes domésticos del país constituyen casi un tercio de la mano de obra en este pequeño país del Golfo con sólo 1.3 millones de habitantes.  Sin embargo, los trabajadores domésticos no gozan de las protecciones que las leyes laborales garantizan al resto de los trabajadores. Los legisladores kuwaitíes reforzaron esta exclusión recientemente cuando, en febrero de 2010, aprobaron una nueva ley laboral para el sector privado que no abarca el trabajo doméstico”.

Algunas organizaciones como la Oficina Regional para los Estados Árabes de la OIT, con sede en Beirut, llevan años demandando un proceso de cambio en toda la región:

“Los países árabes han alcanzado algunos progresos y cada vez más están adoptando buenas prácticas: al instituir contratos unificados, poner mayor atención sobre las condiciones de trabajo, mejorar los sistemas de inspección laboral y considerar seriamente la revisión o la eliminación de los sistemas de patrocinio. Estas importantes acciones reflejan el espíritu del Convenio, pero el objetivo debe ser la ratificación del instrumento” Por Nada Al-Nashif, Director Regional para los Estados Árabes, Organización Internacional del Trabajo.

En cambio otros países como Nepal, con alto porcentaje de mujeres migrantes trabajadoras domésticas y en estado de desempleo en su país de origen, prohíbe a las mujeres menores de 30 años migrar en busca de trabajo a países del Golfo Pérsico.

Este tipo de restricción ha sido criticada por la coordinadora en Nepal de la UNIFEM  Sharu Joshi Shrestha, “Nos hallamos ante un tipo de restricción, en lugar de una medida para defender a la mujer”. Shrestha aboga por las mejoras en las condiciones laborales en Nepal para generar empleo y fomentar trabajo digno en el país.

En cualquier caso, en todo el mundo se necesita otorgar al trabajo doméstico el valor preciso desde las políticas estatales, sistema internacional, asociaciones civiles de mujeres, así como el soporte del resto de la sociedad civil. Se debe y se necesita poner al trabajo doméstico en el centro del debate para reformular o crear nuevas políticas laborales y sociales. El resultado, que está a nuestro alcance, puede ser un mundo con mejores condiciones de bienestar social y de igualdad entre géneros, no perdamos esa oportunidad.

Imagen extraída de: United Explanations/Magnum Photos

NOTA: En relación a este tema, recomendamos leer el cuaderno nº 176 de Cristianisme i Justícia, “Mujeres de cuidado. Justicia, cuidado y transformación”, escrito por la filósofa y teóloga Lucía Ramón Carbonell.