El día internacional para la erradicación de la pobreza: un recuerdo necesario

El día internacional para la erradicación de la pobreza: un recuerdo necesario

Llorenç Puig. Hace 20 años que las Naciones Unidas establecieron oficialmente el 17 de octubre como Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Este tipo de jornadas, que a veces nos parecen algo inútiles, pueden, sin embargo, convertirse en hitos que nos ayuden a recordar y hacer presentes realidades que nunca deberíamos olvidar.

Este año el lema de la jornada es «Poner fin a la violencia de la pobreza extrema: promoción del empoderamiento y consolidación de la paz». Un título largo que nos recuerda la relación entre pobreza y violencia, y que el movimiento ATD-Quart Monde expresa, aún de forma más contundente: “la miseria es violencia”. Y es que, desgraciadamente, mientras la miseria nos pasa a menudo por alto, y la excluimos de nuestras preocupaciones diarias, es la violencia la que nos llama más la atención. Por eso es bueno repetirnos que “la miseria es violencia”.

Quisiera con estas líneas hacer presente a una figura significativa en este día internacional para la erradicación de la pobreza: el P. Joseph Wresinski (+1988), un testimonio poco conocido en nuestras latitudes, pero que en realidad fue uno de los que impulsó la creación del día que celebramos hoy.

El P. Joseph es el fundador del movimiento ATD Quart Monde (ATD=’Aide contre Toute Détresse‘), un movimiento que busca compartir y vivir con los más pobres, con los excluidos, con los marginados e ignorados de nuestra sociedad. De hecho, es él quien acuñó el nombre de Cuarto Mundo para hablar de estos excluidos que “forman un pueblo como los demás, el pueblo de los grandes excluidos”.

Hoy me gustaría destacar dos aspectos del P. Joseph. En primer lugar, la reivindicación insistente que hace de la profunda igualdad de la dignidad humana. Esto parece que lo tengamos claro, al menos en teoría. Pero no es así en la práctica. Si no, ¿cómo se explica la exclusión social? ¿Cómo se puede excluir, abandonar a su suerte, minusvalorar, a los que son hermanos nuestros?

En efecto, como dirá el P. Wresinski: “¿no tenemos todos un mismo Padre? ¿No es un mismo Dios el que nos ha creado?” Por ello, insiste en que “la historia de la Iglesia ha sido (y debería ser todavía más) el reconocimiento de los hombres que son considerados como portadores de fealdad, de suciedad, de desecho. Ha proclamado que son hijos de Dios de forma completa. Hijos de Dios lo son, no solamente como los otros, sino más que los otros. Son la presencia de Dios entre nosotros. Son miembros del Reino, y son su realidad esencial”.

Y esto es importante porque, cuando se olvida esta realidad, fácilmente tendemos a excluirla, a dejarla de lado, a ignorar a las personas que nos son más incómodas, que nos cuestionan, que nos ‘complican la vida’: los que viven en la pobreza más extrema. Y es que, como dice el P. Joseph, “la raíz más profunda de la miseria es de orden cultural y espiritual”, y consiste en “un error del pensamiento” que considera que “toda humanidad tiene sus desperdicios”. Y éstos, como nos incomodan, los alejamos, los excluimos, los ignoramos. Y los hechos muestran que sí, que los consideramos eso, desperdicios inevitables, por duro que nos parezca.

Por eso, el P. Wresinski dedicará gran parte de sus escuerzos a sensibilizar a las personas que rechazan o miran con recelo a los más pobres, incluso a los que son destruidos por la miseria, y ayudarles a tener otra mirada hacia ellos. Y también, quiere recordar que la atención material está bien, pero que es una humillación el dejar de lado toda la dimensión espiritual de estas personas. De este modo se entiende bien la frase: “tocar al hermano en la miseria, con la delicadeza de Dios, no se puede hacer si no es con el reconocimiento de su ser filial”.

Este día de hoy puede ser un buen momento para preguntarnos cómo es, en lo concreto de nuestras vidas, nuestro acercamiento, nuestro contacto y nuestro entretejer amistades con los habitantes de ese pueblo, el Cuarto Mundo. Y, sobre todo, cómo a partir de este encuentro, de esta cercanía, nos hacemos más conscientes de la profunda dignidad de todos los hombres y mujeres, para actuar en consecuencia.

El segundo punto sobre el que me gustaría lanzar una reflexión hoy es el del valor que damos al ‘saber’ de los más pobres y a su espiritualidad, la ‘espiritualidad de los excluidos’ (que es también el título de un Cuaderno de la colección Eides de  hace algunos años).

En efecto, todos aceptamos que es importante el saber académico y universitario, basado en el estudio riguroso y el contraste con lo publicado por otros. También concedemos la importancia que se merece al saber práctico, que ha producido tantas cosas. Pero muchas veces dejamos de lado, excluimos, ese saber humano de los sencillos, de los que no tienen una cultura ‘muy leída’, pero que nos dan tantas lecciones de la vida. Seguramente todos y todas tenemos ejemplos de haber sido sorprendidos por esa sabiduría de los más sencillos. Esto es lo que nos recuerda Jesús con ese “Dios les ha revelado lo que permanece escondido a los sabios y entendidos”, y la admiración de san Pablo al ver la pobreza e ignorancia, según los parámetros de nuestro mundo, de la comunidad de Corinto: “y es que, para avergonzar a los sabios, Dios ha escogido a los que el mundo tiene por tontos; y para avergonzar a los fuertes ha escogido a los que el mundo tiene por débiles. Dios ha escogido a la gente despreciada y sin importancia de este mundo, es decir, a los que no son nada” (1Cor 1, 28).

Tal vez sea hora de reconocer la hondura de este saber, tal vez sea el momento de aprender a ‘perder el tiempo’ charlando con estas personas, los más pobres, no para transmitirles cosas, sino para escucharles, pare dejarles hablar, compartir lo que tienen, su riqueza más personal y honda: la sabiduría de su corazón.

Pues bien, además de ese saber ignorado y despreciado, el P. Wresinski recuerda a menudo el clamor de los que tienen hambre no sólo de cosas materiales, sino de lo que está en el corazón de la persona: “pues el hambre más grave que denuncian los pobres no es solamente el hambre físico, sino el hambre de vivir como hijos de Dios, de amarse, de comprenderse, de respetarse, de creer y de esperar”. Tal vez esta dimensión la olvidamos en nuestros encuentros y nuestro acercamiento al Cuarto Mundo…

Ojalá esta jornada por la erradicación de la pobreza nos dé ocasión de acercarnos con esta convicción y esta delicadeza a los más pobres, a las personas que a veces tanto nos cuesta tener cerca, y dejar que afecten y entren en nuestras vidas. Quien sabe si en un momento tan difícil como el que vivimos, una jornada así nos sirva para tener presentes no sólo a los que sufren esta crisis de un modo u otro, sino a los más pobres, a los más olvidados, a los últimos. Que si no, a veces los volvemos a olvidar y a dejar de lado, tan llevados como estamos por la vorágine que nos impone nuestro mundo.

Imagen extraída de: Tu Aventura

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