Requiem por un concilio importante

Requiem por un concilio importante

J. I. González Faus.

– ¡Qué bonita es la primavera!

– Pero dura poco…

Este diálogo de “El séptimo sello” de Ingmar Bergman reverdece hoy, 11 de octubre, a los cincuenta años del comienzo del Vaticano II y su fugaz primavera. Un florecer preparado por años de estudio lento, en los llamados movimientos bíblico, patrístico y litúrgico, más la adopción de filosofías distintas de la aristotélica (hegeliana y heideggeriana sobre todo), como instrumental filosófico para la reflexión sobre la fe, por el relieve dado a la historia y a la experiencia personal. Veamos rápidamente las enseñanzas fundamentales de aquel Concilio.

1.- Lo que llamamos “revelación” no es un puñado de verdades inconexas sino una donación o comunicación personal de Dios. Por eso hay una jerarquía en las verdades reveladas, que deben formar todas entre si un conjunto orgánico.

2.- La Iglesia no es una sociedad de desiguales sino una comunidad de iguales. Debe llamarse pueblo, pero pueblo “de Dios”, reflejando así la comunión igualitaria que define al Dios “Unitrino” según la fe cristiana. La palabra comunión es una de las más frecuentes en los textos conciliares sobre la Iglesia.

3.- La autoridad eclesiástica no está por encima de la Palabra de Dios, sino para servir y obedecer a esa Palabra.

4.- La Iglesia no es la curia romana ni la llamada “jerarquía” sino ese pueblo de Dios: los laicos. La misión que define a la Iglesia (el apostolado) forma parte de la tarea del laicado. Los laicos no existen para que “la iglesia” (entendida ahora como jerarquía) tenga algún campo sobre el que ejercer su poder sagrado.

5.- Precisamente por eso, la Iglesia no es un “poder sobrenatural” superior a este mundo, sino una “señal eficaz” de esa comunión plena a la que también el mundo aspira. Ni pretende ser escuchada apelando a una autoridad divina exterior a ella, sino por lo que ella misma significa.

6.- La Iglesia quiere actuar en la historia como colaboradora íntima de todo el género humano: sabiendo que no tiene respuesta para todo y que ha aprendido y puede aprender mucho de la historia humana (creyente o increyente). Pero también que tiene algo muy importante y decisivo que aportar a la humanidad.

7.- La liturgia como alma de la Iglesia ha de ser, por eso, más participativa y más asequible para el pueblo de Dios.

8.- Los derechos humanos no son una pretensión orgullosa contraria a los derechos de Dios, sino la forma como Dios quiere que se realicen sus derechos divinos.

9.- En su servicio al mundo la Iglesia sabe que éste aspira también a una comunión plena e igualitaria. Ello significa limitaciones importantes tanto en la concepción de la autoridad como en el llamado derecho de propiedad.

10.- Precisamente por eso, la libertad religiosa es verdad fundamental para el cristianismo: porque Dios quiere de los hombres la bondad; y no puede haber bondad si no brota de la libertad.

No todo es ahí perfecto. Faltan dos puntos importantes: que la Iglesia es “Iglesia de los pobres”, y la necesidad de una profunda reforma de la curia romana, que la asamblea  conciliar se cansó de reclamar en vano. Pero, sin ser perfecto, era una prometedora aurora, abortada por el último punto evocado: la curia romana se negó a reformarse. La pelea, fraterna y tácita, que atravesó todo el concilio entre el episcopado universal y la curia, se resolvió a favor de ésta: “los obispos se irán, la curia se queda” había dicho un monseñor cuando los debates conciliares iban desmontando, sistemática y respetuosamente, todo lo preparado por la curia.

Para esta infidelidad manifiesta sirvieron de excusa los años inmediatos al Concilio: las aguas tanto tiempo reprimidas se desbordaron por las brechas abiertas, rompiendo a veces la presa y provocando una breve inundación de descontrol. La sabiduría bíblica y la fe en el Espíritu Santo habrían reclamado de la autoridad eclesiástica un poco de calma: esperar que las aguas volvieran a sus cauces y acelerar la puesta en acto de las enseñanzas conciliares. En vez de eso se culpó al Vaticano II de aquel desconcierto; el nuevo Código de Derecho Canónico enterró la colegialidad (concreción práctica de la comunión antes citada); y las reformas conciliares que habían comenzado a ponerse en marcha quedaron desleídas en meros retoques de fachada de eficacia dudosa (caso del sínodo de obispos, por ejemplo).

Cincuenta años después, el resultado es la profunda crisis actual de la Iglesia, principalmente en Europa, porque el Concilio había sido todavía demasiado eurocéntrico. “Si oís Su voz, no endurezcáis el corazón” rezaba el salmista, desobedecido en los cincuenta años siguientes. Hacia 1969 comenzaron a oírse voces que denunciaban el peligro de una infidelidad o un “invierno eclesial” y una “marcha hacia el gueto” (K. Rahner). Y este mismo 2012 aparece un volumen -antología de textos de todo el mundo (desde 1969 a 2006)-, que avisaba sobre el rumbo anticonciliar que iba tomando la iglesia oficial y los peligros que esto podía suponer. El libro (“Clamor contra el gueto”) lleva un apéndice redactado por los editores: “Crónica de una crisis anunciada”. Es todo cuanto se podía decir.

Ojalá pues volvamos a oír Su voz y no endurezcamos el corazón…

Imagen extraída de: Wikimedia Commons – Lothar Wolleh