¿Conocía usted este texto?

¿Conocía usted este texto?

José I. González Faus. Como ocurre con todos los grandes eventos históricos, la crisis en que andamos sumidos y a la que (pese a las promesas embusteras de los gobiernos) todavía no se le ve salida, tiene una multitud ingente de causas: unas personales, otras estructurales, unas interiores, otras exteriores, unas más inmediatas otras más primeras y remotas…

Entre estas últimas, hay economistas que creen que la raíz primera de toda la crisis europea fue la constitución del euro como moneda única: no porque eso no fuera muy deseable sino porque se hizo antes de tiempo y sin las condiciones mínimas para asegurar su correcto funcionamiento: por razones de avara impaciencia más que de unión de pueblos. Fue un riesgo muy grande que, a poco que algo se torciera, podía acabar como el rosario de la aurora, pero sin aurora. Algo que, por desgracia, está marcando demasiado la construcción europea…

El indio Amartya Sen, premio Nobel de economía en 1998, fue de los primeros en alertar sobre los grandes riesgos de la operación, pero, como era un economista muy lejano y poco conocido, no se le hizo ni caso. Más tarde P. Krugman, otro premio Nobel, ha alertado muchas veces sobre las probabilidades crecientes de que el euro acabe por hundirse. Pero como es norteamericano, se le desautorizó pretextando que decía todo aquello por envidia hacia Europa y para mantener la solidez de un dólar sin rivales.

Por eso, en la situación en que estamos vale la pena recordar que no fueron ellos los únicos y que también hubo voces, dentro de nuestro país, que alertaron de los mismos peligros. Con este propósito, será bueno desempolvar un viejo artículo de un periódico español, publicado en los días del nacimiento del euro. Su autor, Juan Francisco Martín Seco, es uno de nuestros más autorizados economistas: once años más joven que Amartya Sen, exprofesor de la Complutense y de la Universidad Autónoma de Madrid, y miembro del cuerpo de inspectores de finanzas del Estado.

Ofrecemos un largo fragmento del texto de Martin Seco y, a continuación, una breve reflexión nuestra. La sistematización numérica y los subrayados son siempre nuestros, para facilitar una comprensión rápida del texto, cuya lógica expositiva es bien diáfana.

“Haríamos mal en pensar que a corto plazo las contradicciones del proyecto Unión Monetaria (UM) van a generar un cataclismo económico y financiero. No es previsible, sobre todo porque las fuerzas capitalistas y empresariales están fuertemente interesadas en el proceso. Más bien puede suceder lo contrario: que la aparición del euro se salude de momento con cierta euforia financiera y económica, tal como ya está ocurriendo en estos momentos.

Pero los envites económicos se dilucidan a medio y a largo plazo y ahí sí que, ineludible y progresivamente, irán surgiendo todas las incoherencias y las lacras del diseño adoptado.

1.- Los ciudadanos europeos se irán percatando de que la idea de democracia se les escurre poco a poco entre las manos, para quedar reducida a una palabra sin contenido; y que las decisiones económicas, aquellas que afectan fundamentalmente a sus vidas, son tomadas bien por los mercados financieros (eufemismo para indicar los poderes económicos), o bien por instituciones europeas políticamente irresponsables y sobre las que ellos no tienen ninguna influencia.

2.- Comprenderán que la UM ha servido para eliminar cualquier riesgo que pudiera acechar a los dueños del dinero, alejándoles de los peligros de la inflación o de las devaluaciones, pero a condición de ir aumentando gradualmente los riesgos de la mayoría de la población, comenzando por la amenaza del desempleo, de la precariedad laboral, y terminando por las contingencias sociales, cada vez menos cubiertas por los sistemas públicos de protección.

3.- Los sistemas fiscales en un mercado único de libre circulación de capitales sin armonización fiscal y en el que, con enorme hipocresía, se admite la existencia de paraísos fiscales para los que no se establece la menor sanción, irán perdiendo paulatinamente progresividad y recayendo en exclusiva sobre los trabajadores; mientras las rentas empresariales y de capital se ven exentas de toda tributación ante el chantaje de emigrar a otros territorios dentro de la Unión, más confortables fiscalmente.

3.- Las enormes tasas de paro actuales, lejos de reducirse, se incrementarán espoleadas por la política deflacionista de una institución, el Banco Central Europeo (BCE), que tiene como única misión la estabilidad de precios, y por la carrera sin fin de los estados por tener la menor tasa de inflación (¿hasta dónde?), con la que ganar competitividad y aumentar así su participación en ese mercado único.

4.- Ningún estado se preocupará de agrandar la tarta, tan solo de robar un trozo de pastel al vecino. Ante una política monetaria común y la imposibilidad de modificar el tipo de cambio, los salarios se trasformarán en la única variable de ajuste posible, incluso cuando el desequilibrio venga motivado por el hecho de que los empresarios pretendan obtener más beneficios.

5.- La dimensión exigua, casi ridícula, del presupuesto comunitario imposibilita la existencia de verdaderos mecanismos de compensación interterritorial capaces de neutralizar los desequilibrios regionales que la moneda y el mercado único generarán. Los actuales fondos estructurales y de cohesión son un remedo, cuantitativamente inoperantes pero su existencia incuso se cuestiona para el futuro.

Bienvenido sea el euro, regocijémonos ahora porque, tras la euforia y el triunfalismo, aparecerán muy pronto los obstáculos y  las complicaciones.

(El Mundo, 16 de marzo de 1998)

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Y en esas estamos. Han pasado casi quince años desde que se escribieron estas líneas. Su profecía se ha cumplido con tal exactitud, que un especialista en Biblia tendería a decir que se trata de uno de esos vaticinios “ex eventu” (redactado luego de que ocurrieran los hechos). Pero esta vez no estamos ante un texto bíblico sino ante un artículo de periódico. Ahora que los economistas difieren tanto en sus análisis y sus juicios, y que se ha llegado a decir que “un buen economista es aquel que sabe explicar por qué sus profecías no se han cumplido en absoluto”, deberíamos dar nuestra confianza a aquellos economistas que no necesitan dar esas explicaciones porque sus vaticinios se han cumplido puntualmente. Sólo debemos lamentar que -así como se dice que el exceso de ofertas y fuentes de información nos está volviendo más desinformados- así el exceso de archivos para nuestro recuerdo nos está volviendo más desmemoriados.

Pero de momento ahí queda el balance que estamos comprobando hoy: pérdida de democracia, una fiscalidad más injusta, aumento del desempleo y precariedad laboral, y decrecimiento de los salarios. Efectos debidos a “las contradicciones” y “las lacras” del proyecto inicial.

Debemos preguntarnos también, vista la historia anterior, qué crédito merecen hoy todos esos gobernantes que, ante la desesperación de países como Grecia y la posibilidad de que saliera del euro, declaran con solemnidad pontificia que ellos quieren salvar al euro por encima de todo, para tener “una Europa unida”. ¿Qué es lo que en realidad quieren salvar? ¿Una unión monetaria o una desunión material? ¿Una Europa unida o una Europa donde unos países son esclavos del otros? Porque tanto el euro como Europa se han convertido en palabras de esas sagradas (como Dios, el amor o la libertad) en torno a las cuales es muy fácil aglutinar multitudes pero que luego cada cual las entiende de maneras totalmente opuestas. “¡Europa, cuna de la democracia”! Pero ¿qué democracia es ésa donde gobiernan unos poderes fácticos que son los financieros y un poder ejecutivo (La Comisión) que no han sido elegidos democráticamente? ¿Y donde los gobiernos elegidos en los diverso países, sean del color de que sean, no tienen más tarea que obedecer al dictamen de poderes no elegidos y donde, en definitiva, se hace todo para el pueblo pero contra el pueblo”?

¿Era ésa la Europa que queríamos? ¿O sería mejor volver a empezar partiendo de cero? Porque ya dice el refrán que “la avaricia rompe el saco”. O rompe a Europa. Y en este caso no la avaricia rastrera de muchos ciudadanos sino la avaricia ingente e insaciable de los bancos y los poderes financieros. ¡Qué profetas fueron los griegos cuando tejieron un mito titulado “El rapto de Europa”![1]



[1] Un texto citado de Martín Seco lo ha comentado el mismo autor en el número 113 de la revista Éxodo (abril 2012).

Imagen extraída de: Andrés Rueda – Flickr
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