Gracias, Cardenal Martini

Gracias, Cardenal Martini

Jesús Renau. Las declaraciones que el cardenal Martini hizo pocos días antes de morir  empiezan ya a ser consideradas como su testamento.

Primero fue la noticia de su muerte, hasta cierto punto previsible teniendo en cuenta su edad y la enfermedad que lo aquejaba. Los periódicos escogieron una frase impactante: La Iglesia lleva un retraso de 200 años. Quizás alguien pudo pensar: “ya estamos otra vez, la prensa como siempre buscando el lado más tendencioso, ¡quién sabe cuando lo dijo!” Pues, resulta que lo dijo en su última intervención de carácter público. Pronto el texto con las declaraciones se difundió a través de las redes sociales, los periódicos y el resto de medios de comunicación. Martini ha ofrecido un importante servicio al futuro de la Iglesia.

Y es que él ha sido, sobre todo, un hombre de Iglesia. La ha amado profundamente y precisamente por esta razón, con la claridad de un amor transparente, ha manifestado su honda preocupación. Una crítica inteligente desde el amor y el compromiso.

Muchas de las expresiones que utiliza son las del Concilio Vaticano II, del cual este mismo año celebramos el 50 aniversario. Es urgente una profunda conversión que afecte desde el papado hasta aquellos fieles católicos más convencidos de poseer en exclusiva la llave de la ortodoxia. Hace falta una nueva primavera eclesial, y especialmente en Europa… aire fresco… ventanas abiertas.

Nos hemos quedado empantanados. Hay un potencial humanista, social y sobre todo religioso inmovilizado por las críticas de aquellos que el papa Juan XXIII denominaba “los profetas de calamidades”. Es posible que estos profetas hayan provocado una calamidad peor: la ausencia, la distancia, el vaciamiento de tanta gente que en medio de sus luchas vitales han experimentado que la Iglesia defendía más sus seguridades, que no aquella entrañable y honda proximidad de un corazón que sale al encuentro de aquello que parecía perdido.

Personalmente pienso que las palabras del cardenal Martini son una invitación a escuchar. Sí, a escuchar los problemas reales de la gente. Orejas, sobre todo del espíritu, bien abiertas a entender desde la quietud interior lo que se dice, lo que se calla y lo que se querría decir. Desde la escucha, abrir un diálogo humilde para entender mejor, diálogo también con la Palabra de Dios, que Martini tanto amó y ayudó a divulgar. Buscar, finalmente, en la dimensión de la misericordia evangélica la alegría, porqué como bien sabemos, en el cielo hay más alegría por un único pecador que se convierte que por mil justos que se creen ya sin necesidad de conversión.

Ya me dispensará el lector de que haya hablado personalmente, pero ¿cómo podemos ayudar a nuestra vieja y cansada Iglesia si no empezamos por nosotros mismos?

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