Pascua y Tikopia: dos caminos, dos resultados

Pascua y Tikopia: dos caminos, dos resultados

José Eizaguirre. La isla de Pascua es la más distante de otros territorios emergidos de la tierra. Allí, en completo “aislamiento” floreció una cultura que aún hoy sigue asombrando e interrogando al mundo. Una sociedad que desapareció bruscamente sin intervención externa. Como afirma Jean Arthus-Bertrand en la película Home, “el misterio no es cómo levantaron esas asombrosas esculturas -eso ya lo sabemos- sino por qué no reaccionaron a tiempo”. ¿Cómo no se dieron cuenta de que se encaminaban a la desaparición? Y si se dieron cuenta ¿por qué no fueron capaces de tomar las medidas oportunas? Y si fueron capaces, ¿por qué no las tomaron?

En apenas unos meses he topado con el caso de la isla de Pascua en dos libros. El primero es Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, de Jared Diamond (DeBolsillo, Barcelona 2006). El segundo, Espiritualidad y política (Kairós, Barcelona 2011), edición a cargo de Cristóbal Cervantes, con artículos de una veintena de autores; entre ellos -que es el que interesa aquí-, Jordi Pigem: Un mundo nuevo quiere nacer.

Una investigación rigurosa y apasionante lleva a Jared Diamond a señalar el deterioro medioambiental, junto con la presión demográfica, como el primer síntoma y causa de derrumbamiento y extinción de civilizaciones. La isla de Pascua es paradigmática en este sentido y por eso su ejemplo es especialmente apasionante hoy, porque no faltan personas que lanzan la voz de alarma ante la innegable crisis medioambiental de nuestro planeta, igualmente aislado en el espacio. ¿Es que no nos damos cuenta del suicidio colectivo al que nos dirigimos? Y si nos damos cuenta, ¿por qué no somos capaces de tomar las medidas oportunas? Y si somos capaces, ¿por qué no las tomamos?

Además de estudiar casos de civilizaciones que han colapsado, el libro también presenta algunos ejemplos de otras que han tenido éxito ante la amenaza de extinción, adelantándose a tomar las medidas oportunas. Uno de estos ejemplos es el de la pequeña isla de Tikopia, en el Océano Pacífico, con tan solo tres kilómetros cuadrados y un aislamiento, si no tan acusado como Pascua, bastante notable. La isla lleva ocupada por el ser humano los últimos tres mil años, en los que la población se ha mantenido asombrosamente estable en torno a los 1.200 habitantes. El gran reto durante tanto tiempo ha sido doble: por una parte producir alimentos suficientes (y conservarlos para sobrevivir en caso de  los frecuentes ciclones -veinte por década-) y evitar el crecimiento de la población. Esto ha sido conseguido, en parte, con métodos que hoy no aprobaríamos (abortos, infanticidios, suicidios) y con otros métodos audaces:

Una trascendental decisión, tomada de forma deliberada alrededor del año 1600 y recogida por las tradiciones orales pero también confirmada por los restos arqueológicos, fue la matanza de todos los cerdos de la isla, que fueron reemplazados como fuente de proteínas por el incremento del consumo de pescado, marisco y tortugas. Según los relatos orales de los habitantes de Tikopia, sus antepasados tomaron esa decisión porque los cerdos asaltaban y hozaban en los huertos, competían con los seres humanos por el alimento, eran un medio poco eficiente para alimentar a los seres humanos (cuesta cinco kilos de vegetales comestibles para los seres humanos producir solo medio kilo de cerdo) y se habían convertido en un artículo de lujo para los jefes. (Colapso, p. 386)

Los tikopianos se dieron cuenta a tiempo. Vieron, por ejemplo, que el consumo de carne de cerdo comportaba desequilibrios ecológicos y estaba asociado con desigualdades sociales. De modo que eliminaron todos los puercos. Los habitantes de Tikopia transformaron radicalmente sus hábitos, su organización y su horizonte. Su cultura pudo continuar porque supo transformarse. (Espiritualidad y política, p. 71)

Seguramente no les resultaría fácil a los habitantes de Tikopia tomar esta decisión. Pero al final, cuando la constatación se hace evidente -o cerdos para una minoría o supervivencia para toda la población- la solución se hace imperativa. Entonces solo hace falta el coraje de ponerla en práctica: Ante ti están la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y vivirás tú y tu descendencia (Dt 30, 19).

¿Podemos aprender algo de las historias de Pascua y Tikopia? La comunidad científica internacional hace tiempo que viene advirtiendo de las consecuencias catastróficas que puede tener el cambio climático acelerado y global que sufre el planeta. Una de las causas de ello es la ganadería y, concretamente, el modelo de producción intensiva de carne, sobre todo bovina: una quinta parte del calentamiento global se debe a ella -el metano que expulsan las vacas es un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO2-. Las terneras de nuestros establos compiten con los seres humanos por el alimento, pues los piensos que comen están elaborados con alimentos aptos para el consumo humano (en mi opinión, ésta es una de las mayores inmoralidades de nuestro mundo hoy, en el que hay tantísimas personas desnutridas), además de sustraer terrenos que podrían dedicarse a otros fines, o simplemente a preservar la Naturaleza evitando la deforestación. Y todo ello agravado por el hecho de que se necesitan diez kilos de pienso, elaborado con vegetales comestibles para los seres humanos, para producir un kilo de carne de ternera (es el animal con el “índice de conversión” más desfavorable).

Cada día hay más personas que vamos sabiendo esto. Sabemos que no podemos seguir mucho más tiempo deteriorando nuestro medio ambiente y, entre otras cosas, conviviendo con un sistema de producción de carne que está compitiendo con el alimento de miles de millones de seres humanos y contribuyendo considerablemente al cambio climático. (el sentido común nos dice también que no podemos seguir fomentando el aumento de la población mundial indefinidamente, pero ése es otro tema) ¿Cómo no nos damos cuenta de estas cosas? Y si nos damos cuenta ¿por qué no somos capaces de tomar las medidas oportunas? Y si somos capaces, ¿por qué no las tomamos?

De acuerdo: no es lo mismo tomar una decisión entre 1.200 personas que hacerlo entre 7.000 millones. No podemos ponernos de acuerdo entre tanta gente y además no sirve de nada que uno deje de comer carne de producción industrial si los demás lo siguen haciendo.

¿No sirve de nada? Sirve, al menos, como minúscula contribución (hay otras cosas que tal vez no podemos hacer, pero dejar de poner en nuestros platos carne -sobre todo de ternera- de producción industrial es algo que está al alcance de la mayoría). Y sirve, además, como gesto que, razonada y humildemente explicado, puede contribuir a que otras personas se sumen a él. Sirve para llamar la atención sobre una decisión trascendental que más pronto o más tarde la humanidad tendrá que abordar. Sirve para ayudarnos a cada uno a ser más conscientes, a ser más coherentes con nuestros valores y a crecer en integridad personal. Sirve para ganar en satisfacción y felicidad personal (y, de rebote, para ganar en salud, que no es poca cosa). Éste y otros gestos que vamos incorporando en nuestras vidas sirven; sin duda.

Imagen extraida de: proyectoa1