Dar la vida para dar vida - Viernes

Dar la vida para dar vida – Viernes

J. I. González Faus

Viernes Santo

«La cruz, resumen de una vida entregada»

Lo primero que conviene destacar es que a Jesús no le matan los malos sino los (oficialmente) buenos. No le condenaron los publicanos, ni las prostitutas, ni los samaritanos, ni los leprosos impuros… sino los sumos sacerdotes y el sanedrín, con ayuda del gobernador civil. Traducido a hoy: no le matan los ateos, ni los co­munistas ni los islamistas, sino la misma institución eclesiástica con la complici­dad del imperio. Urs von Balthasar hace la siguiente descripción del Calvario: el papa (Pedro) ha negado; los obispos (los Apóstoles) han huido; el pueblo que cua­tro días antes gritaba «hosanna al hijo de David», ahora grita «crucifícale». ¿Quién está en el Calvario? Un discípulo excepción, y unas pocas mujeres. ¿Quién le ha ayudado a cargar con la cruz? Uno de fuera (Simón de Cirene). Ahora bien: la pa­sión de Cristo es la pasión del mundo porque recapitula todas las cruces de la his­toria. Y debemos preguntarnos si, en el Calvario de hoy, no sucede exactamente lo mismo.

Después de esto conviene quedarse un buen rato mirando a la cruz. Para muchos ojos es sólo la imagen de uno de tantos “terroristas” que cruzaban las calles de Jerusalén camino del Gólgota. Nosotros podemos preguntarnos cómo es que, de to­dos aquellos, sólo la imagen y el nombre de éste han atravesado el espesor de los tiempos, han llegado hasta nosotros y hoy nos congregan en su entorno. Y, dando un paso más, preguntarnos: ¿me creo de verdad que aquel crucificado que gritaba: «Dios mío ¿por qué me has abandonado?» era el mismo Dios?. Darnos cuenta de lo difícil que es creer eso y enraizarnos hondamente en esa fe. La frase de Tertuliano: «creo quia absurdum» (lo creo porque es absurdo) no es una frase general sobre las re­laciones entre fe y razón como a veces nos quieren colar. Esta dicha precisamente ante el Jesús anonadado. ¿Creo que aquel crucificado era Dios? Lo creo porque es absurdo. Lo cual significa: lo creo porque esa cruz revela la increíble, la “absurda” dimensión del amor de Dios a los seres humanos que, cuando torcemos y destroza­mos su creación, no nos destroza a nosotros sino que viene a nosotros para compar­tir con nosotros las consecuencias de nuestro pecado. Y podemos terminar con este texto de un célebre teólogo japonés (K.Kitamori): «el mensaje de que el Hijo de Dios ha muerto es de los más inaudito. Si no nos sobrecoge el hecho de que Dios ha muer­to ¿qué podrá hacerlo? La Iglesia debe guardar vivo este asombro. Sin embargo, la iglesia y la teología han cesado de admirarse ante este mensaje».

Y en este mensaje no es admirable sólo el hecho sino el modo como Dios ha muerto. Jesús grita: Dios mío ¿por qué me has abandonado?, para luego. Desde esa profunda experiencia del abandono de Dios, volver a gritar: «Padre, en tus manos pongo mi vida». Un cris­tiano puede (debe) pensar sencillamente que ese salto del abandono de Dios a las manos del Padre ha sido el momento más decisivo de toda la historia humana, y lamentar la banalización que hemos hecho hoy los cristianos de la cruz, convirtién­dola en una alhaja (¡o en un arma!), con sólo sacar de ella al Crucificado.

 

Este es un breve resumen de las meditaciones del «Retiro en la ciudad» programado los días 5, 6 y 7de abril de 2012 en la Iglesia del Sagrat Cor – Jesuïtes de Barcelona, ​​podéis encontrar toda lainformación aquí