El nihilismo descafeinado

Francesc Torralba sobre el Cuaderno de CiJ nº 166, de José I. González Faus.  Catalunyareligio.cat. Leo con interés el último cuaderno de Cristianismo y Justicia firmado por José I. González Faus (n. 166). Tiene como título: “Nada con puntillas: fraternidad en cueros. La lucha por la justicia en una cultura nihilista”.

Recomiendo enérgicamente su lectura. El conocido teólogo hace un lúcido análisis del nihilismo que caracteriza nuestro tiempo que describe como descafeinado, cómodo, líquido o, incluso, light. Cita la acertada expresión de Josep Maria Rovira Belloso: “Nada con puntillas”. Me gusta el diagnóstico, me gusta la fundamentación teórica de lo que dice y el recorrido histórico que realiza, desde la muerte de Dios de Friedrich Nietzsche hasta las lúcidas reflexiones de Gilles Lipotvetsky pasando por la modernidad liquida de Bauman. Están todos los escalones.

Me gusta el contraste que hace González Faus entre el nihilismo trágico que Nietzsche pronosticó y el nihilismo indoloro de nuestra hipermodernidad. Dios ha muerto, el hombre ha muerto, las utopías han muerto, la Tierra ha muerto, pero el Vacío no genera la desesperación esperada y pronosticada. Dice el autor: “El insoportable nihilismo teórico nietzscheano, que nos fuerza a definirnos y a comprometernos arriesgadamente (tanto como la fe en Dios), ya no parece que pueda sustituir la tranquila instalación en la finitud propugnada por Tierno Galván” (p. 10). En efecto, tampoco se detecta una perfecta instalación en la finitud, sino más bien, una inquietante existencia amenazada por la incertidumbre.

El vacío no causa desesperación, porque no es pensada, ni afrontada en su raíz. Se pasa de puntillas o, sencillamente, se mira para otro lado. Los mecanismos de evasión, que merecerían otro cuaderno, son el bálsamo de este nihilismo ambiental. No pensamos, porque nos distraemos, porque todo nos llama a no pensar en ello e ir haciendo. Incluso el trabajo es una terapia en el vacío. Nada tiene sentido, pero una jugada de Messi salva la semana. Nada tiene sentido, pero el desliz de un político, es el pretexto para reír un rato.

Escribe el conocido teólogo: “El nihilismo descafeinado que he intentado presentar y que creo que nos caracteriza, parece haber nacido en Occidente de ese miedo de ‘ser desgraciado’. Pero este mismo miedo le ha llevado a la inconsecuencia de no afrontar el riesgo y la seriedad del nihilismo. Y así, después de la total relativización de todo lo auténtico absoluto, relativiza también su propio nihilismo, que se limita a ser un nihilismo cómodo” (pp. 17-18).

Algunos dirán que este nihilismo no es radical, porque el valor del Mercado es el Absoluto que ha sustituido al Dios muerto. Si esto es así, habrá que hacer ver los sufrimientos y las patologías de todo orden que genera esta nueva forma de devoción y culto, las estructuras de pecado que se derivan. La terapéutica en el nihilismo de salón no es sencilla. Es necesario que, en primer lugar, el enfermo reconozca que lo está. Esto quiere decir que piense el vacío existencial, que entre dentro del pozo y abra la linterna, pero justamente eso es lo que no quiere hacer, ni está dispuesto a hacer. “Qui dies passa, anys empeny”. (Quien días pasa, años empuja).

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