Controles de identidad y detenciones de inmigrantes

Controles de identidad y detenciones de inmigrantes

Daniel Izuzquiza. Hace unos meses, en torno al verano de 2009, estuve limpiando una casa con dos amigos. Había muebles, trastos, papeles, ropa vieja… Teníamos que guardar algunas cosas, tirar otras, limpiar todo y pintar las paredes. Como mis dos amigos eran de fuera de Madrid y llevaban muy poco tiempo en la ciudad, les expliqué que aquí tiramos la basura de manera selectiva, separando el plástico, el papel, el metal. Teníamos un problema con los escombros, pues había que buscar un contenedor de alguna obra cercana. Bueno, el caso es que bajamos a tirar la basura. Y entonces nos paró la policía. Yo pensé que nos dirían que no teníamos los permisos necesarios para tirar escombros o que habíamos hecho algo mal. Pero no. No se trataba de recogida selectiva de basuras, sino de recogida selectiva de personas. A ellos les pidieron los papeles y a mi no. Eso es la banalidad del mal.

Fue la filósofa judía Hannah Arendt quien acuñó la expresión “la banalidad del mal”, en un libro titulado Eichmann en Jerusalén (1961). Analizaba allí cómo, en medio de las atrocidades de los campos de concentración, se puede ejercer la maldad de un modo superficial, insípido, banal. La pregunta para nosotros es cómo el mal, la injusticia, la violación de derechos humanos, la quiebra del Estado de Derecho puede tener lugar ante nuestros ojos y con nuestra complicidad, de manera banal. Ante las detenciones y redadas, podemos decir o pensar: “Yo no sabía, yo cumplía órdenes, no iba conmigo,…”

Ayer mismo, al llegar a casa, me encuentro con una carta. Es de un sacerdote de una parroquia vecina. Me comunica, indignado, el acoso policial que ve en su barrio. Entresaco unas líneas de la carta: “El día 11 a la salida del ambulatorio detuvieron a Ángela, dominicana. El día 24 cinco policías entraron en la peluquería y detuvieron a cuatro personas, entre ellas a Antonio”. Por favor, concluye él, “debéis hacer algo ante esta situación y la opinión pública”.

Las detenciones preventivas, los controles masivos de identidad (redadas), las identificaciones selectivas por criterios raciales…son herramientas que apuntan en la dirección de criminalizar a las personas migrantes. En realidad, funciona aquí el mecanismo del chivo expiatorio. Tal como nos narra el libro del Levítico, en el antiguo Israel, el pueblo colocaba todas sus culpas y pecados en los cuernos de un chivo y éste, así cargado, era expulsado fuera del campamento. Hoy, igualmente, cargamos nuestras incapacidades, miedos, inseguridades e impotencias ante la crisis a hombros de los inmigrantes. Los detenemos y los expulsamos. Los mandamos fuera cargando con nuestras culpas, como al chivo expiatorio.

Obviamente, son las personas de origen migrante quienes más lo sufren directamente. Pero no se trata de algo que les afecte sólo a ellas. No. Además de criminalizar a las personas migrantes, estas prácticas buscan colonizar nuestras mentes, contaminar el aire que respiramos. Nos hacen encoger los pulmones, cautivar la mirada (hacernos ver al otro, nuestro vecino, como alguien hostil), secar el corazón, paralizar las manos, segar el suelo que sostiene nuestros pasos, anudar el estómago. Es decir, enrarecer la convivencia, quebrar la cohesión social, impedir la integración, fracturar la vida.

Por todo ello, no podemos resignarnos a convivir con el mal, tampoco con la banalidad del mal cotidiano. Termino, pues, con las palabras del poeta Mario Benedetti, “despabílate, amor, que el horror amanece”.

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