¿Y el "No a la guerra"?

¿Y el “No a la guerra”?

Oscar Mateos. Asistimos impávidos a la muerte sistemática de población civil en Afganistán por parte de las fuerzas de la OTAN. Hace unos días fueron 27 las personas asesinadas en la provincia de Uruzgán (sur); el pasado septiembre fueron 142 los civiles muertos tras el bombardeo efectuado por el contingente alemán en la provincia de Kunduz; otros 140 civiles murieron en mayo de 2009 como consecuencia de un ataque aéreo por parte de las tropas de los Estados Unidos; 40 perecieron en noviembre de 2008 en la región de Kandahar, y unos meses antes un total de 90 personas, entre las que se contabilizaron 60 niños y niñas, fueron asesinadas en la provincia de Herat. Decenas de miles de personas también se han visto obligadas a desplazarse en los últimos años a causa de los ataques de las tropas aliadas.

Además, la última ofensiva podría ser el inicio de otras muchas matanzas de población civil, atendiendo a las declaraciones del general David Petraeus, jefe del Comando Central estadounidense, que aseguró que dicha ofensiva se encuadra en “una larga campaña contra los talibanes que durará de 12 a 18 meses”.

Hay varias cosas que revuelven el estómago ante semejantes noticias. La primera es el recurrente lenguaje con el que suele barnizarse este tipo de muertes y la sutileza con la que se caracteriza a sus perpetradores. Mientras que los talibanes suelen ser etiquetados como “terroristas”, las llamadas fuerzas aliadas justifican estos hechos como “daños colaterales” o “desafortunados errores”. No son sólo los responsable de la OTAN los que utilizan este lenguaje, sino también los medios de comunicación que lo reproducen de forma acrítica o bien porque entienden que “debe ser así” o “es lo que hay” cuando se está combatiendo a los enemigos de la civilización occidental. Llama la atención que a este tipo de hechos no se les pueda denominar también como “atrocidades” o “terrorismo” si tenemos en cuenta el  horror que causan en las familias afectadas o el atropello a la dignidad que supone. Alguien verá en este comentario un intento de equiparar realidades o poner en el mismo saco peras y manzanas, si bien lo único que pretende es constatar la humillante diferencia con la que tratamos a unas víctimas y a otras.

La segunda cosa tiene que ver con nosotros. Ahora se cumplen siete años justos de aquel histórico 15 de febrero de 2003 en el que millones de personas (“la otra gran superpotencia”, que dijo Saramago) salieron a la calle a empuñar el famoso “No a la guerra”. En aquella proclama, que repetimos de manera machacona aunque nadie en el Gobierno de Madrid o de Washington nos escuchara, exigíamos una manera diferente de entender el mundo y rechazábamos la guerra como método de resolución de conflictos. Dijimos que la guerra nunca puede ser un medio que justifique un fin o un mal menor, menos todavía cuando miles de personas inocentes pierden la vida de manera incomprensible. ¿Por qué la guerra en Afganistán no suscita un repudio semejante al de entonces? ¿Por qué partidos y organizaciones que aquel 15 de febrero dijeron ‘No a la guerra’ de Iraq dicen sí a la de Afganistán y miran con resignación cómplice a la muerte inocente de civiles?

La guerra en Afganistán no ha contribuido a hacer un mundo mejor, sino todo lo contrario. Las promesas de “un Afganistán más democrático y en el que las mujeres podrían ser libres” tampoco se han cumplido después de nueve años. En frente de lo que para muchos es simplemente una cuestión irremediable de “daños colaterales”, el “No a la guerra” se erige no sólo como un grito de denuncia urgente ante la violencia de la guerra sino también en una manera de dignificar la muerte de tantos seres humanos.

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