Veinte años tras la caída del muro

Veinte años tras la caída del muro

Luis Sols. Hace algunos días se han celebrado los veinte años de la caída del muro de Berlín. La imagen de los ciudadanos encaramados sobre una tapia pintarrajeada y tratando de destruirla a mazazos, visualiza admirablemente fin de una época. Repentinamente, cuarenta  años de carrera de armamentos, de historia bipolar y de competencia entre sistemas económicos y políticos habían llegado a su fin. Había un vencedor y un vencido. Triunfaba el capitalismo y perdía la economía socializada. Y, aparentemente, triunfaban la democracia y los derechos humanos y perdían el autoritarismo y la dictadura.

Había incertidumbres, pero sobre todo había ilusión, compartida por gentes de ideologías políticas muy diversas. Por fin parecía que sí se podía cambiar el mundo, aunque no fuera en el sentido soñado en los años 60: el sistema internacional, que desde hacía décadas parecía bloquear cualquier avance de la humanidad, acababa de saltar por los aires.

Las expectativas eran enormes. Se hablaba de los “dividendos de la paz” (un descenso generalizado del gasto en armamentos que podía permitir financiar la lucha contra la pobreza) y de un mundo gobernado desde las Naciones Unidas en el que las grandes potencias colaborarían entre sí para evitar los conflictos armados y para abordar los grandes problemas de la humanidad.

Supongo que muchos pecamos de ingenuos, pero lo cierto es que ahora la mirada hacia atrás resulta más bien amarga. No hubo “dividendos de la paz” y el nuevo orden internacional resultó ser mucho más conflictivo que el anterior. Los problemas identitarios, mal reprimidos por el orden bipolar, se desbordaron en muchos casos, dando lugar a numerosos conflictos (Bosnia, Ruanda). El capitalismo, libre ya de la competencia socialista, mostró su peor faz con el auge de las políticas neoliberales. Los EEUU, tras las dudas de la era Clinton, se lanzaron con Bush a un proyecto imperial que acabó por estrellarse en todas partes (Afganistán, Irak, Palestina).

Algo se consiguió, pero mucho menos de lo imaginado. Se disolvió la Unión Soviética y numerosos países del Centro y del Este de Europa se incorporaron a la UE, a pesar de su escaso entusiasmo europeísta. No habiendo ya un bloque soviético con el que competir, muchos ciudadanos se sintieron más cómodos con el liderazgo norteamericano que con el de una Europa excesivamente social, lo que dio alas a un antieuropeísmo que ha acabado por bloquear el proyecto europeo.

Durante los años de Clinton, hubo algún avance en la lucha contra la pobreza (objetivos del Milenio) y contra el cambio climático (protocolo de Kyoto), pero el conservadurismo de Bush devaluó radicalmente ambos procesos. Los avances en democracia y derechos humanos también han sido mínimos en relación a lo esperado.

Con todo, nuestra valoración final no debería ser pesimista. La historia, una vez más,  ha discurrido por senderos distintos a los previstos. Estos veinte años han frustrado muchos sueños, pero también han visto nacer novedades muy relevantes. El proyecto imperial de Bush ha fracasado y la reciente crisis ha desacreditado las políticas neoliberales. Algunos países han emergido como sólidos líderes regionales, mejorando la representación de estas áreas en los foros internacionales. El imparable crecimiento asiático lleva camino de sacar de la pobreza a buena parte de la humanidad.

De modo especial hay que subrayar la emergencia de China, nuevo líder mundial junto a los EEUU. Los “dos grandes” se orientan a la gobernación del planeta, flanqueados por los países del G-20, un foro donde están representados líderes regionales como Rusia, India, Brasil o Sudáfrica junto a potencias tradicionales como Francia, Reino Unido, Alemania o Japón. Un mundo vagamente multipolar bajo la hegemonía de un directorio de dos grandes potencias radicalmente distintas entre sí, pero que se necesitan mutuamente.

Por último hay que recordar cómo, gracias en buena parte a Internet, ha surgido en estos años una opinión pública internacional capaz de organizarse y de presionar a los dirigentes políticos y en la que han arraigado profundamente los valores de la democracia, los derechos humanos y la protección medioambiental. Esa opinión pública somos todos nosotros, los ciudadanos. No será como soñaban los jóvenes encaramados en el muro de Berlín, ni quizás tampoco como lo soñamos ahora, pero el mundo cambiará y en este cambio nosotros, la opinión pública, tenemos ya una presencia determinante.

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