Interés y desinterés por la política. Hechos y palabras

Interés y desinterés por la política. Hechos y palabras

Eduardo Rojo. Recuerdo el interés con el que participé por primera vez en un proceso electoral democrático, el 15 de junio de 1977, las primeras elecciones libres (aunque sobre el concepto de libertad en aquella época habría que hablar mucho y queda para otro comentario). Y recuerdo también como poco antes, con ocasión de la legalización del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), tuve la misma sensación de alegría paseando por las Ramblas de Barcelona que la que tuvieron miles de alemanes el 9 de noviembre de 1989 cuando atravesaron el muro de la vergüenza sin temor a las balas de la policía de la República Democrática Alemana.

No era yo el único que tenía algo más que interés en la política, sino miles de personas que participaban activamente en la vida política, con independencia de su carácter más o menos institucional. Había ganas de cambiar la sociedad y de construir la nueva democracia. Muchos no sabíamos muy bien hacia donde había que ir, pero sí sabíamos que teníamos que ir en otra dirección, radicalmente distinta a la de la triste etapa política anterior.

Teníamos interés por la política, y participábamos con hechos y palabras.

Me gustaría creer que la realidad sigue siendo la misma que entonces en términos de implicación de la ciudadanía en la vida política, pero sería un error cerrar los ojos y querer negar que no vamos por el mismo camino, y que una buena parte de la sociedad considera que “no va con ella” y que desprecia, al menos aparentemente, todo aquello que tenga con el “mundo político” con la vida “de las instituciones”.

Y sin embargo, se sigue haciendo política por buena parte de la ciudadanía en muchos ámbitos, en especial en los más cercanos a la actividad profesional o al territorio de las personas, quizás porque se sienten más directamente implicados e identificados con las decisiones que se adopten, aunque los conflictos acaecidos desde hace un cierto tiempo en algunos ayuntamientos españoles (y comunidades autónomas) no contribuyan precisamente al refuerzo de la participación.

Por ello me parece importante que siga habiendo personas que participen honradamente y con vocación de servicio en la vida política institucional, en los distintos ámbitos territoriales. Y sería importante que su labor fuera mucho más conocida para valorar la nobleza de su actividad. Sí, conozco bastantes personas que obran y actúan de esta forma, y estoy muy contento y orgulloso de compartir con ellos y ellas ideas y debates de cómo mejorar nuestra sociedad.

Pero no nos podemos quedar en un número reducido, al fin y al cabo, de personas que creen y actúan noblemente. También hay un amplio número de personas que participan en actividades que tienen una indudable impronta política aunque no tenga carácter institucional y que deben merecer todo nuestro apoyo (¿cuántos jóvenes, y no tan jóvenes, participan en actividades vinculadas a organizaciones no gubernamentales que actúan para mejorar las condiciones de vida de personas desfavorecidas?).

Y al mismo tiempo, denunciar, sin miedo y con firmeza, todas aquellas actuaciones contrarias al derecho que se producen en la vida política y también en la económica, aunque ambas vayan muy unidas en la mayor parte de las ocasiones. Y esa denuncia debe hacerse aunque se muevan los cimientos de una sociedad que se mira muchas veces el ombligo para no fijarse en la realidad.

Quizás si actuamos de esta forma, la palabra que estamos escuchando cada día hasta la extenuación, la “desafección”, desaparezca del vocabulario cotidiano y sea sustituida por las de “responsabilidad” y “honestidad”.

Por cierto, la mayor parte de la ciudadanía, aquella que sólo quiere vivir su vida sin más mentiras y en paz, recordando la bella canción de Jarcha, no ha participado nunca de chanchullos políticos, y tiene derecho a exigir a todos quienes participen en la vida política que sean meridianamente claros y transparentes en su actividad cotidiana. Y de esta forma, yo también tendré argumentos para recuperar el interés por la vida política de personas cercanas que lo tenían antes y que ahora ya no lo tienen.

No parece que aquello que estoy pidiendo para reducir, no digo ya desaparecer, la desafección política sea excesivamente complejo, aunque la dura realidad del día a día parece demostrar que es más complejo de la que yo pienso.

Pero la utopía, aquello que es posible conseguir con el trabajo sereno y callado de muchos aunque parezca imposible, debe guiar nuestros pasos. Ese es el reto si queremos construir una sociedad más democrática, más participativa y más responsable. Y hay muchas personas que están (estamos) comprometidas con ello.

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.