Inmigrantes

Inmigrantes

Tere Iribarren. Una voluntaria de Cruz Roja ayuda a uno de los 59 inmigrantes que llegaron a la playa de Las Galletas, en el municipio tinerfeño de Arona, en un cayuco. Has llegado en un cayuco, como en lata de sardinas, vestido de colores vivos, con tu rostro oscurecido, del mismo color de esas piedras en las que descansas. Ahora estás sólo, desconcertado, sin tus gentes. Otros se han quedado en el mar, atrapados por el océano.

Llamas a nuestras tierras, llegas a las costas vigiladas. No quiero tener más los brazos cerrados.

No quiero seguir contando a mis hijos y a mis nietos que no sentí ni toqué el alma de algunos de los que llegáis. No quiero decir que no me encontré con vosotros, que no os traté de iguales, que no os sonreí.

Y nosotros con tantas casas deshabitadas, tantos edificios oficiales vacíos, tantas iglesias oscuras, tantos seminarios sin jóvenes, tantos monasterios y conventos envejecidos, tantas viviendas blindadas y cerradas a cualquier necesidad.

¡Es tan fácil sentirse africano viendo todo en el televisor, en esas imágenes virtuales a las cuales estamos tan acostumbrados! Y tú hermano tan real.

¿Cómo luchar y exigir que las leyes sean dignas, cómo colaborar nosotros, ciudadanos de derechos, a que os reconozcan los vuestros?

Una de las parábolas más impresionantes y bellas de Jesús de Nazaret, es la del buen samaritano que preguntaba quien era su prójimo: un herido en el camino ante el cual se paró, no dio un rodeo de excusas, y cargó con él.

Hoy nuestros prójimos estáis cerca, en las pateras, en esas costas inhóspitas, en las calles del extrarradio de la ciudad, en los trabajos más indignos, en la soledad diaria.

Hoy te llevo a mi casa, tú me abres los ojos, tú haces que yo cambie y me comprometa.

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