Construir catedrales

Construir catedrales

Josep F. Mària. Publicado en La Vanguardia. Cuentan de un peregrino medieval que se detuvo un dia en una cantera donde picaban piedra tres hombres. El peregrino les preguntó qué estaban haciendo. El primero replicó: “Estoy picando piedra”. El segundo dijo: “Estoy ganando el pan para mí y para mi familia”. El tercero respondió. “Estoy colaborando a la construcción de una catedral”. Los tres hacían lo mismo, los tres contestaron de forma diferente, y los tres tenían razón. Porque el trabajo es a la vez una actividad física/mental, una forma de sobrevivir materialmente, y un conjunto de acciones que confieren sentido a la persona.

Sin embargo, esta aspiración a construir catedrales debe incluir, como condición necesaria, la resolución de forma satisfactoria de las dos facetas anteriores. En efecto, el trabajo no adquiere sentido si daña irreparablemente la salud física o mental. “Trabajo” viene del latín “tripalium”: un instrumento medieval de tortura con el que se desgarraba al individuo tensando tres cuerdas atadas a sus extremidades y a tres palos. Malas condiciones de salud laboral, el acoso, la esclavitud  o la adicción al trabajo son indicadores de que la salud integral no está siendo respetada. Tampoco se adquiere sentido con un trabajo que impide la supervivencia material del trabajador y de las personas a su cargo. En este tema, las reflexiones de diversas escuelas de pensamiento sobre el salario justo y la práctica sindical son totalmente necesarias.

Pero la salud integral y un salario digno no constituyen condiciones suficientes para encontrar sentido al trabajo. En efecto, las personas nos implicamos enteras en lo que hacemos: también en el trabajo. Quien trabaja hace cosas, y a la vez se hace a sí mismo. Trabajando construimos nuestra identidad, y ello se refleja en el lenguaje cuando decimos: “soy carpintero”, “soy abogado”, “soy maestra”. Sin embargo, para que este trabajo construya nuestra identidad de forma armónica con nuestras condiciones físicas y psíquicas, se requiere un proceso en el que cada persona debe descubrir, entre las diversas opciones que le atraen y están a su alcance, aquélla que más profundamente le satisface. En este sentido, Lutero decía que la profesión (der Beruf) es una vocación (die Berufung): es una llamada interior (der Ruf) que nos realiza como personas.

Descubrir la propia profesión o vocación es algo que no se puede subcontratar. Es una responsabilidad inalienable, una tarea propia de la libertad. Otros pueden sugerir consejos, inspiraciones o pistas, pero finalmente nadie lo puede hacer por mí. El proceso no es sencillo: hay que conocer las posibilidades reales del mercado laboral; hay que probarse a uno mismo en diversos tipos de trabajo; y hay que superar los cantos de sirena que ponen el dinero o el prestigio social por delante de esa llamada interior que se clarifica lentamente.

Una de las tareas más difíciles asociadas a la profesión docente es acompañar -sin manipular- a los jóvenes que se plantean el sentido del trabajo. Aunque difícil, es una tarea realmente útil: porque contribuye a la felicidad de la persona, que desplegando su vocación colabora a la construcción de una sociedad mejor.

Picar piedra y ganarse el sustento es siempre duro, y ninguna profesión se salva de esta dureza. Pero saber que, al mismo tiempo, estás contribuyendo a construir una catedral ayuda a levantarse los lunes sin tanto deseo de que ya sea viernes.

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