¿Por qué hablamos de crisis ahora?

¿Por qué hablamos de crisis ahora?

José Antonio Zamora. Hablar de capitalismo es hablar de crisis. En primer lugar, porque instaura una forma de organizar la reproducción social y material de la sociedad basada en una competitividad que pone a personas y organizaciones constantemente al límite entre el salto hacia delante que asegure la supervivencia y el hundimiento frente a los otros más fuertes y eficientes. Así pues, la situación de crisis es constitutiva de esa forma histórica de producción, se alimenta de ella, la convierte en su motor. En segundo lugar, porque para la mayor parte de la población que vive en el sistema capitalista la amenaza de hundimiento es constante y para demasiados su efectiva realización una realidad cotidiana. Las visiones más positivas de este proceso lo defienden como “destrucción creativa”. Pero nadie niega que se trate de proceso constante de destrucción (y creación), es decir, de crisis.

Otra cosa es cuándo se habla públicamente de crisis en el capitalismo. Suele ser en cuando se hunden las tasas de beneficio o se detiene la acumulación de capital productivo o financiero. Cuando esto no sucede hablamos de “periodos de bonanza”. En esos periodos no deja de haber hambre, paro, pobreza, muerte por enfermedades inofensivas, destrucción de la naturaleza… Pero estas situaciones no son reconocidas como crisis del sistema, sino como crisis “particulares”, para cuya solución sus defensores recomiendan el propio sistema. Naturalmente aumentan las crisis “particulares” cuando el sistema entra en crisis. Pero como si aquellas no existieran también en los “periodos de bonanza”, su aumento termina convirtiéndose en un argumento para la defensa, recuperación o refundación del sistema. Salvar al capitalismo de la crisis aparece como condición para mitigar (los optimistas indómitos hablarían de eliminar) las crisis “particulares”. Sin embargo, por más que cualquier mitigación merezca ser defendida con todas las fuerzas, el análisis de los considerados “periodos de bonanza” del sistema no permiten albergar grandes esperanzas para los que habitan las zonas más tenebrosas del sistema. Parafraseando a W. Benjamin, el ‘estado de excepción’ en el que millones de personas viven permanentemente en el capitalismo es la regla.

Las respuestas que se pretenden dar a la “crisis” prolongan la lógica sistémica del beneficio ampliado como condición de la supervivencia estructural. Se privatizan fondos públicos, se intentan recortar todavía más los derechos del trabajo y su participación en los beneficios, se recomienda un recorte de los gastos sociales, se prometen más beneficios fiscales al capital,… Cuando se trata de salvar al capitalismo, todo sacrificio es poco. Quien ya era víctima antes de la crisis, sabe lo que espera. Quien no lo era, quizás sueñe con que retorne aquella “normalidad” en la que cotidianamente millones de personas sucumbían a sus crisis “particulares”.

Pero el problema no es la crisis, sino el capitalismo mismo. Los cantos de sirena de la regulación entonados por aquellos que hasta hace poco cantaba una loa a la libertad del mercado es un engaño, pues una vez que se ha impuesto el monopolio financiero y que dictan las reglas de juego cantidades astronómicas de capital ficticio acumuladas a base de especulación y endeudamiento, no resulta nada fácil restablecer la prioridad del llamado capital “productivo”, como muchas voces reclaman. La realidad es que los ciudadanos y los Estados altamente endeudados han tenido, para empezar, que comprar cantidades ingentes de capital sin valor. Es como si, repitiendo el gesto de Münchhausen, intentáramos sacarnos de la ciénaga tirándonos de la cabellera. Pero la huida al paraíso del capitalismo especulativo lo que revela son los límites internos del capital y el carácter esencial de sus crisis. Por eso la alternativa sigue siendo “socialismo o barbarie”, aunque lo segundo tenga más visos de cumplirse. “…y este enemigo no ha cesado de vencer” (W. Benjamin).

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